La serie fotográfica de Izuky Pérez Hernández —Banes, Holguín, el 12 de septiembre de 1982—, inspirada en el universo del ballet, constituye una propuesta de notable valor artístico y estético. En ella confluyen, de manera armónica, la disciplina de la danza clásica, la sensibilidad de la fotografía y el patrimonio arquitectónico y cultural de La Habana. A través de su lente, el artista no se limita a registrar la belleza formal de una bailarina en movimiento: construye un diálogo visual entre el cuerpo, la ciudad y la memoria, en el que cada imagen funciona como una metáfora de la identidad cubana.

Uno de los principales méritos de la serie reside en la minuciosa representación de las poses de la bailarina, interpretada por Yaíma Navarro. Ataviada con tutú y zapatillas clásicas, la intérprete adopta posiciones emblemáticas del ballet que remiten a la precisión, la elegancia y el rigor técnico de esta manifestación artística. Sin embargo, las fotografías no se reducen a una reproducción literal de las posturas tradicionales. En cada una de ellas se percibe la intención de revelar, simultáneamente, la fuerza y la fragilidad, la tensión y la ligereza, el esfuerzo corporal y la ilusión de ingravidez que definen la experiencia de la danza.
No estamos, por tanto, ante un registro estático, sino ante un estudio del movimiento suspendido. El fotógrafo captura el instante en que el gesto alcanza su mayor intensidad expresiva y convierte la quietud en una forma de acción. Cada postura parece prolongarse más allá del encuadre, como si el cuerpo continuara desplazándose en un espacio imaginario. Esta capacidad para congelar el dinamismo sin anularlo constituye uno de los rasgos más sugerentes de la propuesta. La bailarina se transforma así en el centro de composiciones abiertas a diversas interpretaciones, donde el espectador es invitado a descubrir los significados latentes en cada imagen.
La sensibilidad de Izuky Pérez le permite superar el simple retrato de la figura danzante y fundirla con el paisaje urbano y patrimonial habanero. En numerosas fotografías, los escenarios seleccionados corresponden a espacios emblemáticos de la capital cubana. La arquitectura histórica de la ciudad no aparece como un fondo pasivo, sino como un elemento activo de la composición y de la narración visual. Fachadas ornamentadas, balcones de hierro forjado, arcos, columnas y muros cargados de historia establecen un contrapunto con la fluidez del cuerpo femenino y con la luminosidad de su vestuario.
Poderosa sinergia estética
La relación entre la bailarina y estos espacios genera una poderosa sinergia estética. La arquitectura aporta permanencia, densidad y memoria; la danza, en cambio, introduce movimiento, ligereza y transformación. Entre ambas dimensiones se establece una tensión fecunda: la ciudad parece animarse gracias a la presencia de la intérprete, mientras que el cuerpo de la bailarina adquiere una nueva resonancia al inscribirse en el tejido histórico de La Habana. El resultado es una serie en la que lo urbano y lo corporal se complementan y se enriquecen mutuamente.
En este diálogo también desempeñan un papel significativo los automóviles antiguos, integrantes inseparables del paisaje citadino cubano. Su aparición recurrente añade a las imágenes una dimensión nostálgica y testimonial. Estos vehículos, con sus variadas formas, colores y huellas del tiempo, funcionan como signos de una memoria colectiva y como referencias a la continuidad de una ciudad que ha aprendido a convivir con distintas épocas. Además, su presencia contribuye al equilibrio de las composiciones, al establecer relaciones cromáticas y geométricas con el vestuario, la postura de la bailarina y los elementos arquitectónicos circundantes.
El automóvil antiguo puede entenderse, asimismo, como una metáfora del tiempo. Frente al cuerpo joven y disciplinado de la danzarina, su presencia recuerda el desgaste, la persistencia y la transformación. Ambos —la bailarina y el vehículo— encarnan formas diferentes de resistencia: una desde la perfección del movimiento; el otro, desde la supervivencia material y simbólica. La fotografía consigue reunirlos en un mismo espacio y hacer visible la convivencia entre lo efímero y lo duradero.
Otro aspecto destacable de la serie es la diversidad de ambientes en los que se desarrolla. Izuky Pérez transita con solvencia desde las escenas urbanas hasta los interiores domésticos y las composiciones de carácter fantástico. Esta amplitud temática revela una concepción fotográfica abierta, capaz de explorar distintas atmósferas sin perder la unidad conceptual del conjunto. Las ambientaciones coloridas y cuidadosamente concebidas demuestran un evidente dominio de la puesta en escena y una particular habilidad para construir universos visuales complejos, sugerentes y cargados de simbolismo.
En estas composiciones, la disposición de los objetos, la selección cromática y la iluminación no cumplen únicamente una función decorativa. Cada elemento participa en la creación de un espacio emocional. La bailarina no posa simplemente dentro de un escenario: se relaciona con él, lo transforma y, en ocasiones, parece surgir de su propia lógica. Las texturas y los colores contribuyen a configurar una atmósfera que puede oscilar entre lo íntimo, lo teatral y lo onírico.
En algunas imágenes, Yaíma Navarro aparece inmersa en entornos que trascienden la realidad tangible. Su figura se desplaza entonces hacia el territorio de la fantasía, donde la fotografía deja de ser una representación directa para convertirse en una experiencia metafórica. El cuerpo de la bailarina puede sugerir una aparición, un recuerdo o una criatura perteneciente a un universo paralelo. Este tratamiento introduce una dimensión subjetiva que amplía las posibilidades de lectura de la serie y permite abordar el ballet no solo como disciplina física, sino también como lenguaje de la imaginación.
La coexistencia de espacios arquitectónicos sobrios y escenarios fantasiosos constituye una de las tensiones más productivas del proyecto. La severidad de los edificios históricos contrasta con la libertad cromática de las composiciones interiores; la solidez de los muros se opone a la fragilidad aparente del cuerpo; la realidad documental de la ciudad convive con la ficción. De este modo, las imágenes no ofrecen una interpretación única, sino que abren distintos caminos para comprender la relación entre arte, memoria, identidad y deseo.
El cuerpo como instrumento de expresión, disciplina, exposición y resistencia
La representación de la figura femenina ocupa igualmente un lugar esencial dentro de la serie. Los semidesnudos de la bailarina, especialmente en la parte superior del cuerpo, están tratados con cuidado, sutileza y respeto. Lejos de responder a una mirada meramente objetual, estas imágenes proponen una reflexión sobre la corporeidad, la vulnerabilidad y la fuerza. El cuerpo aparece como instrumento de expresión, pero también como territorio de disciplina, exposición y resistencia.
En este sentido, los semidesnudos contienen un erotismo delicado que no deriva en la vulgaridad ni en la provocación gratuita. La desnudez parcial se convierte en un recurso para destacar la belleza clásica de la anatomía y la plasticidad de la danza. El interés de la imagen no se concentra en la sexualidad del cuerpo, sino en su capacidad para comunicar estados emocionales y tensiones estéticas. La piel, la postura, la iluminación y el gesto conforman una unidad expresiva en la que lo íntimo se relaciona con lo universal.
La paradoja entre vulnerabilidad y fortaleza se hace especialmente visible en estas fotografías. La bailarina se muestra expuesta, pero nunca indefensa; delicada, pero al mismo tiempo dueña de una voluntad y una presencia firmes. Esa dualidad pertenece tanto al ballet como a la creación artística: detrás de la aparente facilidad existe un arduo proceso de preparación, resistencia y control. La cámara de Izuky Pérez consigue hacer visible esa complejidad sin recurrir a explicaciones explícitas.
En conjunto, la serie constituye una exploración poética de la danza, la ciudad y el cuerpo. Sus fotografías no solo celebran la belleza del ballet, sino que también interrogan la relación entre movimiento y permanencia, historia y presente, realidad y fantasía. La Habana aparece como una ciudad viva, capaz de dialogar con el gesto de una bailarina y de convertirse, junto a ella, en protagonista de una narración visual.
La capacidad de unir elementos diversos y convertirlos en un lenguaje coherente
Izuky Pérez construye así un repertorio de imágenes en el que cada fotografía puede ser entendida como una metáfora visual. El ballet aporta la disciplina y el vuelo; la arquitectura, la memoria; los automóviles, el paso del tiempo; los interiores fantásticos, la dimensión del sueño; y el cuerpo femenino, la posibilidad de articular belleza, fuerza y vulnerabilidad. La serie alcanza su mayor valor precisamente en esa capacidad de unir elementos diversos y convertirlos en un lenguaje coherente, sensible y profundamente cubano.
Cada imagen contiene una narrativa visual propia y sugiere múltiples niveles de interpretación: el cuerpo como instrumento de la danza, como espacio de disciplina y sacrificio, pero también como territorio de identidad, sensibilidad y libertad expresiva.
En cuanto a la técnica fotográfica, resulta necesario destacar la elección consciente de los ángulos y encuadres. Por lo general, Izuky trabaja a la altura de sus modelos, recurso que favorece una visión directa, próxima y humana, y facilita la identificación del espectador con la escena. Sin embargo, su propuesta no se limita a esta perspectiva. En determinadas obras recurre a puntos de vista que enfatizan la monumentalidad del espacio; en otras, opta por aproximaciones que privilegian la intimidad del gesto o la precisión de un detalle corporal. Esta variedad configura una poética visual capaz de ampliar el sentido inherente a cada imagen.
La selección del encuadre, por tanto, no responde a una decisión arbitraria. Su función es concentrar la atención en los elementos esenciales y establecer una relación dinámica entre figura y fondo. En unas fotografías, el entorno actúa como marco arquitectónico y cultural; en otras, se convierte en una prolongación del cuerpo de la bailarina. De esta manera, el espacio deja de ser un simple escenario para adquirir una dimensión narrativa propia.
Este cuidado compositivo se complementa con un dominio técnico riguroso de variables fundamentales como el diafragma, la velocidad de obturación y la profundidad de campo. Su manejo permite enfatizar detalles específicos de la vestimenta, destacar las texturas del entorno, aislar a la modelo de cualquier distracción o integrar todos los componentes en una composición equilibrada. La profundidad de campo desempeña, en este sentido, un papel esencial: crea distintas capas dentro de la imagen, genera sensación de volumen y espacio, y fortalece la carga emotiva y simbólica de cada escena.
Las decisiones técnicas no cumplen únicamente una función formal. En manos de Izuky, se convierten en recursos narrativos y conceptuales. La nitidez extrema puede subrayar la exigencia física del ballet; la relación entre luces y sombras puede evocar tanto la teatralidad de la danza como sus zonas de esfuerzo y sacrificio. Cada procedimiento contribuye, así, a la construcción de una obra visual coherente y abierta a diversas lecturas.
Metáforas visuales profundas y susceptibles de múltiples interpretaciones
Las fotografías de Izuky son, esencialmente, metáforas visuales profundas y susceptibles de múltiples interpretaciones. Los colores, intensificados mediante el empleo cuidadoso de herramientas digitales como Adobe Lightroom y Photoshop, expresan estados emocionales y contribuyen a crear atmósferas cargadas de significado. Estos procesos no buscan alterar la esencia de la imagen original, sino enriquecerla mediante una regulación precisa de las luces, los contrastes y las texturas. El resultado preserva la fidelidad de la escena y, al mismo tiempo, potencia su dimensión estética y expresiva.
El empleo deliberado de filtros, entre estos el polarizador, añade dramatismo a los cielos y permite realzar la intensidad lumínica y cromática de determinados espacios. La intervención digital, aplicada con equilibrio, favorece una textura orgánica y una mayor cohesión visual. En lugar de constituir un recurso meramente ornamental, la posproducción forma parte del lenguaje artístico del fotógrafo y prolonga las decisiones tomadas durante la captura.
Todo este bagaje se refleja en la madurez técnica y conceptual de la serie inspirada en el ballet. En ella confluyen elementos ya presentes en trabajos anteriores —el tratamiento del cuerpo, la exploración del paisaje urbano, la atención a la luz y la búsqueda de una atmósfera simbólica—, pero reinterpretados desde una perspectiva renovada, audaz y coherente.
La referencia constante a una estética culta y sensible convierte este proyecto en un homenaje tanto al ballet, disciplina fundada en el rigor, la constancia y la belleza, como a La Habana, ciudad cuya arquitectura, cuyas calles y cuya historia se hacen visibles en cada imagen. Esta doble exaltación propicia una experiencia que rebasa la contemplación estética e invita a reflexionar sobre la relación entre cuerpo, espacio y cultura. La serie establece un puente entre tradición y contemporaneidad, entre arte corporal y paisaje urbano, entre precisión técnica y emoción subjetiva.
Propuesta visual rica en matices
En este sentido, el conjunto constituye un testimonio ejemplar del poder de la fotografía para condensar complejidades culturales, emocionales y estéticas. Mediante la combinación de poses emblemáticas del ballet clásico, la evocación del patrimonio habanero, la diversidad de los espacios y la excelencia técnica, Izuky Pérez construye una propuesta visual rica en matices. Su obra no solo reafirma su lugar dentro del panorama fotográfico cubano contemporáneo, sino que también contribuye a valorar el ballet y la ciudad que lo acoge desde una perspectiva renovada.
El artista ha recibido, entre otros reconocimientos, varios premios en Canadá: el Premio en la categoría Desnudo del concurso Photoshoot Awards, en 2014; el reconocimiento de Finalista de Plata en Desnudo Académico, en 2016; Finalista de Bronce en la categoría Conceptual-Localización, en 2017; y Finalista de Plata en la categoría Danza, en 2020. En Rusia obtuvo, en 2023, el octavo premio entre treinta y cinco conferidos en el VI Concurso Anual Internacional de Fotografía, certamen en el que, durante su edición anterior, también fue reconocido en la categoría Retrato Emocional.
Asimismo, ha participado en numerosas exposiciones colectivas celebradas en importantes galerías de Cuba y Venezuela. Su trayectoria y la diversidad de sus búsquedas justifican plenamente la organización de una gran muestra retrospectiva que permita apreciar la amplitud y evolución de su obra. Sus creaciones pueden consultarse en su página web: https://izukyphotography.com/


