Ernesto Che Guevara de la Serna, el incansable Guerrillero Heroico, mantuvo en su accionar cotidiano, un merecido tributo a José Martí. Antes de conocer a los cubanos, recitaba de memoria los versos de Martí, así como también los textos de Pablo Neruda; sus conocimientos sobre literatura le permitían mantener un fluido diálogo sobre los poetas y otros escritores de la época. El 6 de julio de 1956 le escribe a sus padres desde México y se despide con una frase del poeta turco Nazim Hikmet, correspondiente al poema Carta a mi esposa: «solo llevaré a la tumba la pesadumbre de un canto inconcluso».
Durante la campaña guerrera en la Sierra Maestra se preocupaba porque los combatientes estudiaran. En Minas del Frío organizó la superación de los rebeldes. Cuenta Harry Villegas: «Yo tenía sexto grado, pero estaba más preparado que Hermes y Argudín que eran analfabetos. Me usaba de monitor para enseñar a mis compañeros a leer y a escribir. Los libros los llevaba en su mochila y a mí me tocaba distribuirlos. Tenía como método hacer lecturas comentadas sobre Martí e Historia de Cuba y nos ponía a interpretarlas. También leíamos poesía de Pablo Neruda y novelas costumbristas sobre los indios de América». Esos indios, de los cuales el Che enseñaba a sus subordinados, son los de Martí en Nuestra América, ensayo medular del Apóstol cubano perteneciente al movimiento literario modernista, donde se fomentan valores, y se defiende la idea de lo propio, lo autóctono, la lucha por la identidad y unidad entre los pueblos latinoamericanos.
El 23 de noviembre de 1957, desde la Sierra Maestra, le escribe a Mario, miembro del Movimiento 26 de julio, quien se encontraba cerca de la zona donde operaba la columna 4, dirigida por el propio Che. En la epístola comenta que estaba en proyecto un periódico y la construcción de un hospital para el que ya tenían los materiales y solo esperaban a que pasara un poco la ofensiva gubernamental. Le solicita papel de mimeógrafo, tinta, esténcil, y, entre otras cosas, resalta: «necesitamos libros de consulta de historia de Cuba y de vida de Martí, Maceo y Gómez, para el periódico».
En 1961, al conmemorarse el 90 aniversario del asesinato de los ocho estudiantes de medicina, por falsas acusaciones de la metrópoli española, el Che, reunido con estudiantes universitarios, en la escalinata de la Universidad de La Habana, expresó: «[…] desde su raciocinio de las bestias acostumbradas a despreciar la vida humana, tenían razón; había que matar en germen a aquellos que estaban naciendo […] Y quizás allí fusilaron a algún Martí en ciernes, fusilaron a algún patriota; de todas maneras, aniquilaron ‘cachorros de bandidos’, y tenían razón, porque eran muy jóvenes los hombres que en ese momento estaban luchando contra el poderío español, y tenían razón, porque los niños de 15 años, cuando hay de por medio una revolución, no son niños, ¡sino que son soldados de la Patria!».
Continúa el Che: «Y no solamente se cobró en esos días la sangre de los estudiantes fusilados. Como noticia intrascendente que aún durante nuestros días queda bastante relegada, porque no tenía importancia para nadie, figura en las actas el hallazgo de cinco cadáveres de negros muertos a bayonetazos y tiros». Es interesante que además de reforzar los valores históricos, aborda con apertura, el problema racial, tan frecuente en los postulados martianos. Vale señalar que —por primera vez— después del triunfo de la Revolución, se señala la participación de los negros abakuá en los tristes sucesos de 1871, mérito que le corresponde al Che.
Un año después, el 7 de diciembre de 1962, en el discurso de conmemoración por el 66 aniversario de la caída en combate de Antonio Maceo Grajales, esgrimió: «hemos llegado a un momento donde el machete de Maceo vuelve a estar presente y vuelve a adquirir su antigua dimensión […] Y este pueblo, digno de Maceo, de la estirpe de Maceo, de Martí, de Máximo Gómez, no tembló, ni siquiera vaciló». Muy claras son sus palabras, hay que educar guiándose por el ejemplo de los próceres que han defendido la patria en todos los tiempos.
Harry Villegas en la introducción a su libro Pombo. Un hombre de la guerrilla del Che. Diario y testimonios inéditos. 1966-1968, enunció: «Che sintetiza esos sentimientos martianos, bolivarianos, decide ser coherente con todo lo que había propugnado en el llamado que hiciera a través de la Conferencia Tricontinental, en enero de 1966, para ayudar a ese pueblo […] y a vietnimizar la lucha, a buscar la solidaridad de los revolucionarios del mundo para la creación de uno, dos, tres y muchos Vietnam». Para el Che, quien asumió múltiples funciones como expresión de su consagración a la Revolución cubana, era también un deber luchar por la libertad de otros pueblos como camino certero para contribuir al mejoramiento humano que defendió José Martí.
Valores patrios desarrolla cuando parafrasea al Apóstol y dice: «[…] la mejor manera de decir, es hacer». Hace gala de esta frase del Héroe de Dos Ríos que lo acompañó en toda su vida, para él nada era imposible de hacer, siempre fue el primero en cada tarea. El Che actuaba desde lo personal e íntimo hasta lo más elevado de su ascendencia revolucionaria siempre coherente con su humanismo martiano. Asimismo, se proponía enseñar lo más genuino de nuestra historia, nuestras raíces, profundizar en los ancestros para contribuir al desarrollo de valores en las nuevas generaciones, que es como decir a la educación moral de lo que él llamó el hombre nuevo.
Vale señalar que desde muy joven el médico tenía claro su decisión de luchar por la libertad de los pueblos, esa libertad que al decir de Martí: «cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio». En carta, fechada en México el 15 de julio de 1956, comenta a su madre: «además, es cierto que después de deshacer entuertos en Cuba me iré a otro lado cualquiera y es cierto también que encerrado en el cuadro de una oficina burocrática o en una clínica de enfermedades alérgicas estaría jodido». Nótese que sus ideas libertarias estaban por encima de su trabajo como cuadro en una oficina o como médico en una clínica.
En consonancia con lo anterior, decide marchar a otras tierras del mundo. La carta de despedida a sus hijos es un ejemplo de los principios martianos que quiere trasmitirles; ahí les dice: «Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro ha sido leal a sus convicciones […] Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Recuérdense que la Revolución es lo más importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo». Así era el Che, capaz de ofrecerlo todo, hasta su propia vida por conquistar toda la justicia, como aprendió de José Martí.