
Quiero comenzar esta breve intervención parafraseando una canción del trovador Silvio Rodríguez: Quién fuera. Y digo: ¡Quién fuera el mítico Leal! ¡Quién fuera como él, un gran orador!
Hace años, mi hijo Daniel, con esa curiosidad tan genuina de los adolescentes, me preguntó: “Papá, ¿cómo hablaba Martí?”. La pregunta me sorprendió, pero la respuesta me llegó como un destello. Le dije: “Daniel, escucha a Eusebio Leal cuando su voz se enciende en la tribuna. Así hablaba Martí”.
Porque Eusebio no hablaba, declamaba; no alertaba, convencía; no emocionaba, estremecía. Quienes tuvimos el privilegio de escucharlo más de una vez sabemos que su palabra era fuego vivo, lección magistral, canto a la vida. Era como si en su garganta resucitara la voz del Apóstol. Declamaba la historia como quien recita un poema épico, y cada piedra de La Habana, cada rincón de Cuba, cada suceso de la historia, cobraban bajo su aliento una musicalidad y una espiritualidad únicas. Escucharle no era una emoción pasajera, era un latir que nos sacudía el alma, porque en su palabra palpitaba la esencia de nuestros orígenes, nuestras penas más hondas y nuestras esperanzas, quebrantadas unas, otras más vivas que nunca.
Leal a la Patria, al trabajo y a la virtud, Eusebio supo ganarse el afecto y la admiración del pueblo cubano, entre otros méritos, por su ingenio y maestría al rescatar de la ruina y el olvido tantos espacios emblemáticos de la capital y sus contornos. Ese hombre, que tanto nos entregó, nos legó una obra de piedra, de letras y de espíritu. Pero su huella más perdurable no reposa solo en los muros restaurados ni en los libros escritos, sino en la conciencia que supo despertar con su ejemplo de humanidad, de amor al prójimo y de consagración al trabajo creador, y en la certeza que sembró en lo más hondo de nosotros de que la identidad se fragua en el amor a las raíces, y de que la defensa del patrimonio es, en esencia, acto de soberanía y resistencia. Por ello, al evocarlo, asumamos el compromiso de proseguir soñando y luchando por una Cuba próspera, más justa, más libre y más humana.
Esta fotografía, tomada por mí en la Plaza de la Revolución el Primero de Mayo de 2013 durante el desfile del pueblo habanero, aparece en el libro Nuestro amigo Leal de Ediciones Boloña, junto a estas palabras que escribí para él, y que en su brevedad resumen mi sentir:
“Aunque no poseo el don de la oratoria y la escritura, podría pasar horas elogiando a quien con perseverancia y pasión ha empleado toda su vida en levantar de las ruinas espacios que parecían insalvables, y hoy devienen majestuosos monumentos de la historia, la cultura y la vida de la nación cubana. Pero no, que sea la Ciudad quien lo premie, la Patria quien lo honre y Dios quien lo bendiga. Ya aparecerá la mano virtuosa, que en vida y no después, lo funde en bronce o lo talle en piedra y lo plante en el centro de la ciudad para que su efigie, y no solo su alma, permanezca eternamente entre nosotros. Así quien visite la hermosa capital podrá estrechar su mano y ofrendarle una flor”.
Transcurrieron algunos años, y lo que entonces fue un anhelo, o acaso una profecía, es hoy, por fortuna, una realidad. Las manos virtuosas del escultor José Villa y su colaborador Gabriel Cisneros modelaron el bronce, aunque no en vida como hubiéramos deseado. Quiso el destino que fuera para la memoria y la posteridad. Y ahí está la efigie de nuestro insigne historiador, plantada a las puertas de este museo que custodia su alma inmortal, velando por la calle de madera y la puerta que tantas veces transitó —y cruzó— en su cotidiano peregrinar.
Hoy al salir, podremos ofrendarle la flor de nuestro eterno reconocimiento y expresarle en silencio nuestra infinita gratitud.
¡Hasta siempre, amigo Leal!

