Tras un primer capítulo que recibió más comprensión y entendimiento que críticas (la esencia no era fustigar a los triciclos eléctricos, sino solo pedir cordura en sus precios) seguimos la serie SALGO A CAMINAR. Ahora con otro tema bien caliente
¿Cómo prendo el carbón para cocinar?
Hace tan solo unos días la conversación entre varias compañeras del periódico no giraba sobre una nueva receta de pollo, lo caro que siguen las papas o alguna otra variante para no hacer el picadillo de la misma manera. La pregunta de una de ellas era insistente: «¿Cómo puedo encender mejor el horno de carbón para cocinar?».

Y es que la cocción de los alimentos en Cuba adquiere hoy tantas variantes como preguntas puedan caber en un libro. Los afortunados que tienen gas manufacturado (el famoso gas de la calle) son quizás los más salvados de estos tiempos. Los que dependen de las cotizadas «balitas o calabacitas» de gas se estiran los pelos para que alcance, aunque acaban simultaneando con otros modos, pues la reposición demora semanas, meses.
Quienes se armaron de todo eléctrico hacen maravillas para en las dos, tres o cuatro horas de corriente hacerlo todo: arroz, potaje, vianda alguna proteína y hasta hervir agua. Finalmente queda entonces la opción del carbón vegetal y la leña, porque es mejor eso que no comer. Cocinas rústicas, olor que se impregna en la ropa por varios días y un sabor especial en la comida son las credenciales de presentación para estas dos últimas opciones.
Muchos coincidiremos que cocinar así quedaba reservado, casi siempre, para zonas campesinas o en celebraciones especiales: el puerquito en fin de año, una comida colectiva en campismos o la fiesta de amigos en la playa, por solo recordar tres momentos en que usé el carbón gustosamente. Ahora toca hacerlo no siempre tan gustoso en plena ciudad, en cocinas no adaptadas para ello, en patios de cemento y también en plena calle, aunque ya eso roza la falta de civismo y convivencia social, por más necesidades que tengamos todos.
Vuelvo entonces a la pregunta de cómo encender mejor el carbón, pues hay quienes nunca lo hicieron y ahora acuden por obligación; otros lo han hecho siempre con un poquito de alcohol o luz brillante (y eso está perdido también); en tanto están los novatos, que compran el saco de carbón a 2000 o 2500 en La Habana, o las jabas a 500 (sí, ya sé que en otras provincias el precio es mayor, propio del aprovechamiento de las circunstancias) y se le gasta más rápido de la cuenta porque tampoco saben prenderlo como es, con la dosis de aire que también lleva para que no ahogue la candela.

Por supuesto, yo también escuché las orientaciones y sobre todo cómo colocar las ollas, las cafeteras y cómo bajar el calor cuando se trata de hacer el arroz. «Lo que no soporto luego es el tizne y el fregado», decía en el diálogo una de las más experimentadas, que aprendió los trucos del carbón con su madre nada más y nada menos que en la Ciénaga de Zapata.
Lo cierto es que cocinar con carbón (hay quien sienta cátedra en cuanto a si el de marabú es el de mayor calidad) se ha extendido al lugar más insospechado del país buscando una alternativa más a la elaboración de los alimentos. No es puro folclor ni tampoco retorno a la edad de piedra. Es la dura, durísima consecuencia de la escasez de combustible.
Levantemos aquí también monumentos a nuestras madres, abuelas, tías y hermanas que mayoritariamente asumen desde el café de las mañanas hasta el potaje de la noche cocinando con carbón. La huella de los dedos en la cara les deja firmemente un tatuaje negro de hidalguía, valor y cubanía.
No hay de otra, seguimos caminando.
Acerca del autor
Máster en Ciencias de la Comunicación. Director del Periódico Trabajadores desde el 1 de julio del 2024. Editor-jefe de la Redacción Deportiva desde 2007. Ha participado en coberturas periodísticas de Juegos Centroamericanos y del Caribe, Juegos Panamericanos, Juegos Olímpicos, Copa Intercontinental de Béisbol, Clásico Mundial de Béisbol, Campeonatos Mundiales de Judo, entre otras. Profesor del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, en La Habana, Cuba.



