Dicen los mayores que la memoria de un país también se construye desde las voces de quienes lo han acompañado en silencio. Para Antonio Gómez Delgado, más conocido como El Loquillo ─camarógrafo de la televisión que laboró durante años como corresponsal de guerra─ la humanidad del General de Ejército Raúl Castro Ruz se revela en cada recuerdo compartido.
No se trata solo de un dirigente, sino de un hombre común que supo combinar disciplina con gestos sencillos. En sus palabras, detrás de cada memoria, se filtra la mirada de quien, junto a su inseparable cámara, acompañó al Líder de la Revolución en espacios decisivos. Aún los atesora como si hubieran sido ayer.
Entre bromas y gestos sencillos
“Raúl es un bromista empedernido, siempre encontraba la manera de arrancarnos una sonrisa”, comentó El Loquillo. De inmediato vienen a sus recuerdos escenas que parecieran pequeñas pero que definen al Líder de la Revolución.
Una de ellas ocurrió en pleno vuelo, cuando el General de Ejército pidió una foto y convirtió la solemnidad del viaje en camaradería. “Nos acomodamos como pudimos, y él insistía en que la foto saliera bien, aunque el avión se moviera. Al final, todos terminamos riendo más por la ocurrencia que por la imagen misma.
“Y una vez sacó un plato de arroz con dulce y lo compartió como si estuviéramos en familia”, abundó. En medio de actos oficiales, declaró, Raúl siempre encontraba espacio para la sencillez. Ese gesto, mínimo en apariencia, es la muestra de su disciplina y sensibilidad. Era, para Loquillo, la marca de un hombre que sabía acercarse a sus trabajadores sin perder autoridad.
Para esta pequeña isla caribeña y para el mundo, la estirpe de Raúl Castro Ruz viene acompañada de grandes logros que marcaron al país. Entre ellos resalta su conducción hacia la modernización de las Fuerzas Armadas Revolucionarias; impulsó transformaciones económicas en tiempos difíciles y abrió caminos diplomáticos que situaron a Cuba en escenarios internacionales complejos.
No olvidemos, además, su participación durante toda la lucha revolucionaria, junto a otros héroes y mártires de esta tierra que, liderados por el Comandante en Jefe Fidel Castro alcanzaron el triunfo aquel ilustre Primero de enero del 1959.
Esa mezcla de rigor estratégico y cercanía humana es la que se percibe en los recuerdos de quienes lo acompañaron. Y es desde esa doble dimensión —el estratega, compañero y amigo─ que Loquillo evoca sus memorias de Nicaragua y Panamá, donde la dureza de la guerra convivía con la humanidad de un dirigente que nunca dejó de estar atento a los suyos.
La dimensión de un líder
“Gracias por estar conmigo, coño”, le dijo en un instante de tensión, y aun la recuerda el Loquillo como símbolo de gratitud. El corresponsal lo narra con tono jocoso, que incluso esta periodista y el fotógrafo tuvimos que sucumbir a la risa, como quien revive la chispa de un momento humano en medio de la seriedad.
Las memorias de Nicaragua y Panamá aparecen con crudeza: dormir bajo un carro durante la invasión, ver caer compañeros o llegar a sentir la pobreza extrema. Loquillo lo narra sin adornos, consciente de que esas escenas no necesitan exageración. “Me habían arañado las palizas ─ expresión que usa para referirse a los golpes recibidos”— señaló. Esa mezcla de disciplina y cercanía se enlaza con la imagen que otros han trazado de él: un hombre de palabra precisa, leal y generoso.
Pero detrás de esas anécdotas se percibe también su dimensión histórica. Los buenos momentos se recuerdan con alegría (aquellas fotos, las bromas, los gestos de confianza). Los malos, incluso en su crudeza, también dejan recuerdos que valen la pena volver al pasado. Heridas que no desaparecen del todo, pero que se vuelven parte de uno mismo para siempre.
Las escenas que Antonio Gómez Delgado comparte no son simples anécdotas: son fragmentos de una historia que revela cómo la disciplina y la sensibilidad pueden convivir en un mismo líder. En cada gesto sencillo —una broma, un plato compartido, una palabra de gratitud— se dibuja la cercanía de Raúl Castro Ruz con los suyos, y se confirma que la grandeza de un dirigente también se mide por la capacidad de inspirar confianza en los momentos más cotidianos.
Pero esas memorias personales se enlazan con la dimensión colectiva de un país que lo reconoce como estratega y compañero. Su legado no se reduce a las batallas ni a los cargos, sino a la certeza de que la Revolución se sostiene en la mezcla de rigor y humanidad. Recordar a Raúl desde la cámara de El Loquillo es recordar que la historia de Cuba se escribe tanto en los grandes hechos como en los gestos mínimos que mantienen viva la fe en sus líderes y en la continuidad de un proyecto social que aún enfrenta desafíos.