Cuando el 31 de enero de 1920 el presidente Mario Menocal inauguró oficialmente como sede del ejecutivo al Palacio erigido en la Avenida de las Misiones, en la capital cubana, le estaba proporcionando una nueva y más suntuosa residencia a la politiquería, la corrupción, el latrocinio y el entreguismo. Desde entonces y hasta 1959 ejercieron en ese lugar funciones ejecutivas veintidós personas de las cuales solo cinco ocuparon la primera magistratura por elecciones, algunos estuvieron en el poder poco más de 24 horas como Carlos Hevia en 1934, y hubo quien no llegó a ser siquiera rey por un día como le ocurrió en ese mismo año a Carlos Márquez Sterling.
El despacho presidencial del Palacio fue testigo de la firma de innumerables leyes y decretos antipopulares, de los planes de asesinato de dirigentes revolucionarios, de las bochornosas amnistías a los asesinos de Jesús Menéndez y Aracelio Iglesias, y de la bárbara orden de asesinar a diez prisioneros del Moncada por cada soldado muerto en combate.
Cuba gobernada desde un acorazado yanqui
En las postrimerías del gobierno de Menocal se produjo un vergonzoso episodio de injerencismo por parte de Estados Unidos para garantizar el pago de los préstamos leoninos hechos a Cuba por los banqueros yanquis.
A la Mayor de las Antillas llegó el 6 de enero de 1921 el general Enoch Crowder a bordo del acorazado Minnesota.
Como existía un embajador acreditado en el país el hecho generó críticas pero el recién llegado argumentó que conforme a las relaciones entre Cuba y Estados Unidos era normal que no se pidiera autorización para enviar un delegado personal del presidente Harding, y Crowder empezó a dar órdenes desde el acorazado a Menocal y a su sucesor Zayas.
El robo más descarado
En el gobierno de Grau se dio uno de los casos más escandalosos de malversación, el del titular de Educación José Manuel Alemán, protegido del presidente, quien al»meter mano» en el presupuesto del Ministerio no olvidaba enviar donaciones al Palacio.
Una de sus fuentes de enriquecimiento era el llamado inciso K, creado por el Congreso de la República para establecer un presupuesto anual destinado a las plazas de maestros y profesores y a las escuelas que fueran creándose. Mientras este fondo era saqueado la enseñanza atravesaba una situación caótica, los maestros tenían que pagar para conseguir un puesto, las escuelas carecían de los recursos más elementales y algunas, como denunció el periódico Hoy, sufrían desalojo porque el Estado no pagaba el alquiler del local a sus propietarios.
Estos hechos contrastaban con la cortina del ministro Alemán, cuyas inversiones en Miami eran del orden de millones de pesos.
Cuando en una comparecencia televisada le preguntaron a Grau sobre estos negocios respondió con cinismo: «Yo sabía que José Manuel era un muchacho muy ahorrativo».
El Palacio le paga a los gánsteres
Al presidente Carlos Prío, como denunció Fidel Castro en el periódico Alerta, los pandilleros armados lo escoltaron a lo largo de su campaña y subió al poder saturado de compromisos. La presión popular lo obligó a aprobar una ley contra el gangsterismo que declaraba ilegales a todas sus organizaciones y establecía las penas más severas, pero la influencia de estos elementos era tan fuerte que en un momento dado el presidente hizo trizas la ley, reconoció la beligerancia de los pandilleros y entró en tratos con todas las organizaciones.
Todos los meses desde el palacio se les enviaban sobres con efectivo que llevaban el membrete del Presidente de la República y la nota ‘Asunto personal».
Ello representaba una suma mensual de 18 mil pesos, cantidad que como precisó Fidel, superaba la cifra empleada en el hospital Calixto García para alimentar a los enfermos.
Lo que parecía imposible
La mayor entrega del país a la oligarquía financiera yanqui, la eliminación de las libertades democráticas, persecuciones, asesinatos y el más desenfrenado robo del tesoro público caracterizaron el último mandato del dictador Fulgencio Batista. Bajo su administración no solo se sentían seguros los magnates de los monopolios yanquis, sino también las figuras del hampa norteamericana que habían tomado en sus manos el negocio del juego.
«Parece, decía la revista Time, que para los pandilleros del este de los Estados Unidos que se encuentran operando nuevos casinos de juego en La Habana este invierno será la zafra de mayor bonanza».
El Palacio fue también escenario de una acción heroica que si bien no logró el éxito esperado estremeció a la capital: el asalto del 13 de marzo de 1957 por parte de un comando del Directorio Revolucionario, combinado con la toma de la emisora Radio Reloj para convocar al pueblo a la insurrección una vez ajusticiado el tirano.
El Directorio estaba liderado por el prestigioso líder estudiantil José Antonio Echeverría, quien perdió la vida ese día y constituía el cumplimiento contraído con el Movimiento 26 de Julio en la Carta de México.
Sin embargo, no pasaría mucho tiempo para que esos males tuvieran fin con la victoria del Primero de Enero de 1959.
Ese mismo año, desde la terraza norte del Palacio, el legendario comandante Camilo Cienfuegos se dirigió por última vez al pueblo habanero y declamó combativos y emocionados versos del poeta Bonifacio Byrne:
Si deshecha en menudos pedazos
llega a ser mi bandera algún día…
¡nuestros muertos alzando los brazos
la sabrán defender todavía!…
