Después de varios días entre las lógicas vacaciones y una reincorporación al trabajo muy apretada en tiempo, regresamos a este espacio de comunicación con una nueva serie de post sobre la realidad cubana. Así comenzamos ya:
En la mañana se paró temprano en la esquina de Infanta y Manglar. Hace mucho que no iba a la parada de la guagua del parque La Normal porque allí hace mucho que no pasa nada y cuando lo hace es pura adivinanza de horas. El triciclo eléctrico venía despacio por Infanta y con solo dos asientos ocupados. «Chofe, ¿llega hasta San Lázaro?».
La respuesta afirmativa estuvo acompañada de un precio que duplicaba el de hace una semana. ¿Algo cambió? ¿Subió el kilowatt de electricidad o alguien de la Solinera o la casa donde se carga el triciclo impuso una nueva tarifa para sumarle más inflación y presión a la caldera? «Ustedes son una bendición, pero tengan cordura con la gente», le dijo la abuelita jubilada mientras subía al transporte tras cobrar su jubilación en el banco y tres horas de cola.
No hay ficción en lo narrado. Ocurrió este martes 8 de septiembre. Sin duda el transporte eléctrico, mayoritariamente particular, es hoy el que mueve la dinámica diaria de La Habana y de muchos territorios del país. No son cómodos (a veces van 6 muy apretaditos), van lentos (no pasan de 30 a 40 km/h) y hasta piqueras cuasi oficiales comienzan a pulular para cubrir los tramos más concurridos.
La verdad mas incuestionable es que estos vehículos de tres o cinco ruedas han permitido al menos movernos desde hace meses, porque el combustible anda perdido y los carros que quedan son de miles de pesos… miles de pesos que solo pagan los «nuevos ricos» y no el trabajador de una fábrica, el maestro de una escuela o el médico del hospital.
Ya se ensamblan en el país algunos de estos triciclos y se ponen en función de la vida social. Hay provincias con experiencias visibles y muy agradecidas por el pueblo.
Otros son importados y ni siquiera los dueños son quienes lo manejan, sino personas que se contratan y deben entregarle una cuota diaria de dinero al jefe. Hay quienes prefieren alquilarse para transportar mercancías y aunque ganen menos al día se eliminan los problemas con los pasajeros, que reconocen su necesidad, pero les aprieta el bolsillo un ascenso del precio solo por especulación o decisión unipersonal.
Eso sin contar que no todos los chóferes de esos triciclos tienen licencia de conducción, invaden las carrileras izquierdas cuando deben circular por la derecha y hasta algunos se han virado por giros bruscos o pesos excesivos. Los hay también quienes ya ponen paneles solares en sus techos y hasta música, que por suerte no siempre es reguetón.
De cualquier manera los triciclos eléctricos llegaron para quedarse en la Cuba de hoy. Y quizás hasta del mañana. Solo que la jubilada que montó en Infanta y Manglar tenía toda la razón para inspirar esta crónica: «son una bendición, pero tengan cordura con la gente».