Sonó el timbre, y por un instante, el silencio que había reinado en el aula durante dos meses se rompió en mil pedazos. No fue un timbre cualquiera; fue el de las ocho de la mañana de un lunes de septiembre, ese que huele a pintura fresca y a cuaderno nuevo. Y todos, absolutamente todos, corrieron. No por disciplina, sino por una especie de urgencia colectiva de reencontrarse, de comprobar que el verano había terminado y que la vida, con su rutina, volvía a tomar el control.
Porque las vacaciones fueron largas, sí, pero también extrañas. Fueron días de playa, de arena pegada a la piel y de sal marina en el cabello. Días de una salida con amigos por el malecón, donde la brisa se llevaba las conversaciones y las risas se mezclaban con el rumor de las olas. Fueron tardes de ver el mundial de fútbol, con la pasión a flor de piel, celebrando cada gol como si fuera propio, aunque la señal de la TV llegará a trompicones.
Pero, sobre todo, las vacaciones fueron un ejercicio de resistencia. Fueron los días de los apagones interminables, esos que se volvieron nuestros compañeros inseparables. El ventilador que se detiene, el televisor que se apaga, el teléfono que se queda sin batería y la nevera que llora en silencio. Los “apagones” que no son un simple corte de luz, sino un personaje más de la historia, un molesto invitado que se instaló en cada casa, en cada esquina, en cada conversación. “¿Tú tienes luz?”, “¿Cuándo la dan?”, “Se fue otra vez”.
Y aun así, entre la penumbra de las velas y el calor sofocante, la vida siguió. Se jugó dominó a la luz de un foco, se contaron cuentos bajo la luna, se compartió el agua fresca de un termo. El cubano, como siempre, se las ingenió para convertir la adversidad en una anécdota, la escasez en una historia de ingenio.
Y ahora, con la mochila al hombro y el uniforme impecable, corren hacia las aulas. No llevan solo libros y libretas; llevan la experiencia de un verano que fue a la vez hermoso y difícil. Llevan la esperanza de un año nuevo, la ilusión de aprender, la certeza de que, pase lo que pase, la escuela es un refugio, un lugar donde el futuro se construye con tiza y pizarra.
El timbre dejó de sonar. Las aulas se llenaron. Y en el aire, mezclado con el olor a borrador y a lápiz de grafito, flota la promesa de un nuevo comienzo. El curso escolar 2026-2027 ha comenzado. Y aunque los apagones sigan siendo parte del paisaje, aquí, en la escuela, la luz del conocimiento se enciende cada día.