Guillermo Santos Matos regó la noticia de que pronto iba a morir. Los amigos más cercanos fueron a despedirse y para sorpresa de ellos, el hombre tenía más luz que nunca en los ojos.
“Estas loco, todavía te quedan muchos años por vivir”, le dijo Andrés, compañero de los mejores tiempos de juventud.
“No, estoy seguro de que no llego a la próxima semana. Mi corazón está débil, ya casi ni lo siento”, respondió sin ninguna alarma en su voz, resignado a aceptar el destino.
La confusión total para Guillermo fue cuando su pequeña nieta le dijo sin miramientos: “Abuelito, nunca había visto tus ojos brillar tanto”. Entonces, fue al baño y se miró largo rato ante el espejo. No entendía por qué en el instante final, sus ojos se resistían a acompañarlo.
Tal como lo había anunciado, el séptimo día de aquella semana, Guillermo Santos Matos murió. En ese mismo instante, la luciérnaga que había anidado en sus ojos, salió y voló en busca de otro hombre que todavía tuviera deseos de vivir y soñar.