Ahora llego al callejón de Pijirigua y casi no conozco los rostros de muchas personas. Los viejos han partido, casi todos a la vez: Chicha, la que curaba el mal de ojo, Emelina, quien quitaba el empacho y mi abuelo, capaz de cortar con la tijera un rabo de nubes. La calle se torna angosta, con huecos por doquier, y el poco asfalto se ha diluido entre la tierra y los pedruscos. Por suerte, al lado izquierdo, donde estuvo la vieja cerca de piedras, están los árboles: el ateje que se niega a desaparecer, y aunque lo corten, vuelve a retoñar; también permanecen los algarrobos, el almacigo y las matas de coco.

A lo lejos, las montañas de la Sierra del Rosario, están intactas, como eternas guardianas. Ellas no saben de tiempo, siguen igual de hermosas, unas veces azules, otras de color verde, cobijadas de palmas que a la distancia parecen hombres que nunca dejan de caminar.
La mata de ateje merece ser inmortalizada en una pintura. Bajo su sombra se han fraguado amores, se han contado penas; otros se deleitaron comiendo chicharrones y bebiendo tragos de ron; y también se ha llorado a los muertos. Ahí se enamoraron mis padres, y luego mis hermanas.
Si fuera capaz de hablar, no sé cuántos secretos pudiera descubrir, porque hubo días en que bajo su sombra los amores prohibidos calmaron sus calenturas y algunas cartas apasionadas estuvieron escondidas bajo las centenarias piedras que ahí duermen.
De vez en cuando, retorno al camino de mi infancia. Ahí están los olores, recuerdos, y añoranza. Está la familia, que es como una vieja ceiba, que siempre atrae, pues uno forma parte de sus ramas. Y aunque algunos de sus vástagos ya no están, otros quedan para perpetuar el futuro.
Esta vez no iba a un encuentro feliz. El patriarca de la familia había partido, después de varios meses de irremediable enfermedad. Faltaban pocos días para que cumpliera 85 años. Hasta los 80 fue un hombre activo, andaba en su bicicleta y a la distancia parecía un joven, estirado como una palma, con su sombrero de guano para protegerse del sol; siempre fumando su tabaco, porque un hombre que se respeta, fuma un buen tabaco al día, decía, aunque en casa, todos le exigían que dejara ese dañino vicio.
Al final, la nicotina le provocó graves dificultades con la circulación sanguínea, al punto de que hubo que amputarle uno de sus pies. Eso, unido a la muerte de abuela María, indujo una gran depresión.
Ahora, el callejón era silencio, así ocurría cuando morían sus grandes hombres. Hermenegildo León lo había sido, aunque su vida no estuviera inmortalizada en canciones ni libros. Era un guajiro que hizo leyenda entre los suyos, con su bondad, gracejo y laboriosidad.
Más allá de siglos, se mantenía la costumbre de velar a los muertos en las casas, y era lógico que el olor a azucena se regara por todas partes y se impregnara en la piel de las personas. Aquel día, mientras avanzaba para despedir a mi abuelo, todos los fantasmas del pasado pasaron frente a mí e hicieron revivir los mejores años.
No lo podía evitar. Los recuerdos son como fantasmas que anidan en los rincones más recónditos de la mente. En ocasiones, surgen inesperadamente, sin previo aviso, y traen emociones de antaño que creíamos olvidadas.
Hay buenos y malos recuerdos; están aquellos que nos hacen sonreír y otros que nos sacan las lágrimas de los ojos como si todo estuviera ocurriendo de nuevo. Y cada quien tiene sus fantasmas, aunque intente ocultarlos.
Un día de enero, el viejo taburete donde abuelo se sentaba a contemplar las lomas de la Sierra del Rosario y a revivir sus historias, quedó llorando su ausencia. Allí me senté cuando la despedida, pero no fue igual. Miré hacia el ateje, símbolo del callejón, y recordé cuando me dijo que cada uno de sus anillos tenían una historia que contar.
“Si un día quieres encontrar los fantasmas del pasado, solo tienes que detenerte bajo su sombra, de seguro en algún momento aparecerán, no tienes que desesperarte. En cualquier momento un fantasma aparece en el callejón”.
Acerca del autor
Graduada en Licenciatura en Periodismo en la Facultad de Filología, en la Universidad de La Habana en 1984. Edita la separata EconoMía y aborda además temas relacionados con la sociedad. Ha realizado Diplomados y Postgrados en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí. En su blog Nieves.cu trata con regularidad asuntos vinculados a la familia y el medio ambiente.

