Vuelvo a compartir un texto de mi libro para niños Este amor de todo el mundo, publicado por Ediciones Unión en 1987, el primero de mis volúmenes con crónicas de viajes y vínculos por correspondencia. Al compartir el anterior relato un querido colega que conoce ese libro completo, me comentaba con acierto que son estampas que reflejan una época, la de los años de los intercambios nuestros con niños y jóvenes de la comunidad socialista europea, hoy inexistente, y que muchas cosas han cambiado en nuestro universo desde entonces.
Es verdad. Incluso sin contar con esas variaciones en el mapa político y social del orbe, el propio paso del tiempo impone lógicamente sus modificaciones. Han pasado varias décadas y ya, por ejemplo, Vitia dista bastante de ser aquella muchachita. Terminó sus estudios, trabajó en su profesión durante años, se casó y asumió otro apellido, como es costumbre en muchísimos países. Se relacionó activamente con la vida literaria de su entorno y es hoy una escritora reconocida tanto por su obra en narrativa como por su obra en versos, tal y como puede apreciarse en su perfil de Facebook: Vítězslava Felcmanová.
Seguimos relacionándonos: Años atrás ella vino a Cuba de visita y la llevé a conocer a mi familia, breve temporada en que tuvimos varios encuentros. Ahora nos comunicamos mediante las redes sociales y ya es una igualmente deliciosa relación de escritor a escritora.
Pero si comparto al cabo de tantos años estos pasajes recogidos en Este amor de todo el mundo, es porque soy un convencido de que el cariño entre los seres humanos, por muchos cambios que haya en el planeta, puede vencer el paso del tiempo y todas las adversidades del mundo de hoy, las cuales no podrán nunca opacar la movilizadora luz de aquellos encuentros.
Y los dejo con la crónica del libro:
NO SOLO LA PUERTA DE SU CASA
Desde que recibí la primera carta de mi amiga checoslovaca Vitia Doksanská, comprendí que ella es de esos amigos que se dan a querer pronto, porque comienzan una amistad como abriéndote la puerta de su casa.
Cuando tenemos esa impresión de alguien, por lo general resulta interesante conocer a su familia, porque detrás de una persona muy amistosa casi siempre hay una familia cariñosa y acogedora. Pero desde luego, en los primeros tiempos yo ni soñaba con ver a Vitia y a los suyos.
Carta tras carta nos fuimos conociendo. Así supe que ella estudiaba Farmacia, que militaba en las filas de la Unión Socialista de la Juventud como su hermana mayor, y que sus padres eran militantes comunistas; el papá, oficial del Ministerio del Interior, y la mamá, maestra.
Más adelante supe de su pasión por la poesía y la literatura en general, que escribía con mucha elegancia y que sus padres le habían enseñado el amor a la Unión Soviética, a los países socialistas y a los pueblos que luchan, y que también le habían inculcado la confianza en el futuro comunista de la humanidad.
Una vez me contó una anécdota hermosa: Era el mes de mayo y florecían las lilas, que a ella siempre le recuerdan la libertad. En su cuadra se hizo un concurso. Los niños pintaban con tiza en el asfalto sobre el tema de la paz. Una dibujaba flores de vivos colores, otro representaba palomas blancas y azules, acaso alguno pintaba el rostro de papá o mamá. De pronto un niño tomó una tiza gris y dibujó un tanque de guerra.
Vitia sintió curiosidad y se acercó, en el momento en que el niño tomaba otra tiza y pintaba sobre el tanque una estrella roja. Entonces ella comprendió. Así me lo explicó en su carta: «Ese niño ama la paz y sabe bien quién nos la trajo: los soldados soviéticos que entraron a las calles de Praga, en sus tanques de guerra con la estrella roja, combatiendo a los nazis. Eso fue en mayo de 1945, cuando comenzaban a florecer las lilas. Por eso a mí las lilas siempre me recuerdan la libertad».
Con la publicación de aquella anécdota, comenzó Vitia a ser colaboradora de nuestro Semanario Pionero. Los dos estábamos orgullosos de nuestra amistad. Y sin esperarlo, un día supe que debía visitar su ciudad de Praga.
Allá nos encontramos, en un otoño que teñía de oro las hojas de los árboles. Nos estrechamos las manos y aún no podíamos creer que estuviéramos uno frente al otro. A veces la conversación —en ruso, pues ni ella hablaba español ni yo hablaba checo— se interrumpía, quedábamos en silencio y parecía que queríamos restregarnos los ojos. Ella me regaló una muñequita checoslovaca y yo le di todos los regalos que llevaba en mi maleta de viaje.
—Te vengo a buscar mañana con mi papá para que conozcas a mi familia —me dijo al despedirse, y la invitación no me causó sorpresa. Para mí la puerta de su casa hace tiempo estaba abierta.
Vinieron a recogerme a la hora acordada, porque también es cosa amistosa ser puntual. Cuando estreché la mano de su padre, me pareció que aquel hombre mayor que me sonreía era también un viejo amigo.
Ya en la casa, me instalaron como a un hijo en el mejor asiento de la sala. El padre sacó dos botellas y me dijo: «Escoge tú cuál abro». La madre me preguntó cómo hacer café cubano para mí. Ella y Vitia cantaron a dúo canciones de su tierra y me hicieron cantar algo de la música tradicional cubana.
Me enseñaron cada rincón del hogar, como para que yo me aprendiera de memoria aquella casa. Mi amiga me mostró un buró y me dijo: «Aquí escribo yo tus cartas». El viejo me enseñó cómo fabrica tapices por afición y Vitia me trajo los vestidos que la madre cose con delicadeza. Luego se apareció con un muñequito de su cuarto:
—Esta marioneta representa el otoño. Te lo regalo porque te ha gustado nuestro tiempo otoñal.
—Es un lindo muñeco —le dije— ¿Quién lo hizo?
—¡Yo! Aprendí a hacerlos cuando estaba en el Palacio de Pioneros.
Y se fue de nuevo al cuarto para volver con otros tres.
—Este es el verano, este la primavera y este el invierno. Los cuatro han estado junto a mi cama desde que era una niña.
—Son muy lindos, pero me gusta más el del otoño porque es ese el que me has regalado —le respondí, un poco abrumado ya por el cariño.
—No, chico —respondió Vitia— yo te regalo los cuatro.
—¡Pero Vitia! ¡Si son recuerdos de tu infancia!
—¿Y quieres algo mejor para mí que ahora estén contigo?
Me quedé con los cuatro muñecos entre los brazos, como aturdido por el amoroso desprendimiento de Vitia.
—Eso no es todo —me dijo el padre, sacándome de la sorpresa—. También debes llevarte estos recuerdos míos —y me puso en las manos varios regalos más.
Es difícil decir cuál es el momento más emocionante en la vida de una persona. Pero yo al menos puedo afirmar que aquel encuentro fue una de las emociones mayores que he vivido.
Llegó después el momento de la partida. Traté de responder con mis mejores palabras a aquellas atenciones:
—Pasado mañana regreso a Cuba. Pero quiero que sepan que aquí, junto a ustedes, queda el fiel corazón de un amigo cubano.
—Y el nuestro te lo llevas en esos regalos —me ripostó Vitia.
Parece que estaban dispuestos a dejarme sin aliento.
—Nada, nada, muchacho —me dijo dl padre con una tranquilidad que contrastaba con mi emoción—. Todo es muy sencillo: nosotros en esta casa somos cuatro. Y hoy somos cinco.
No había remedio. Ni con palabras podía yo ganarles a ver quién quiere más.
Me llevaron de regreso al hotel. Al despedirme, cuando abracé a aquel hombre, me pareció por un momento que el cuerpo que tenía entre mis brazos era el de mi padre.
Fueron a verme por última vez al aeropuerto. Nos fotografiamos todos, tomados de brazos, como el hijo que marcha apretado en un adiós entre los suyos.
Ha pasado algún tiempo, pero todavía hoy, cuando escribo estas líneas, me parece estar viendo sus manos agitándose en la terraza, hasta el último momento, hasta el último peldaño de la escalerilla del avión. Eran las mismas manos que me habían abierto, no solo la puerta de su casa, sino las puertas mismas de su corazón.