Mimosa y Doña Alicia: actitudes contrapuestas

Mimosa y Doña Alicia: actitudes contrapuestas

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Aunque en tiempos de crisis se exacerban en muchas personas comportamientos negativos, pérdida de valores y actitudes deshonestas y muy cuestionables, me resisto a creer que tal fenómeno sea mayoritario en el país, a pesar de la afectación y trascendencia mediática de esos hechos, repudiados por la mayor parte de los cubanos.

 

Lamento no haber pedido su nombre al joven que me devolvió el dinero. Pero, felizmente, ofrezco su foto. (Fotógrafo: Gabino Manguela Díaz)
Lamento no haber pedido su nombre al joven que me devolvió el dinero. Pero, felizmente, ofrezco su foto. (Fotógrafo: Gabino Manguela Díaz)

Lo cierto es que en no pocas ocasiones comprobamos ejemplos que demuestran la existencia también de elevados valores morales, lo que me sucedió la pasada semana en calurosa tarde habanera.

Ese día junto a mi esposa visité La Mimosa, famosa pizzería en el centro de la capital cubana, y donde, sin objeción y sí con mucha amabilidad —como debe ser—, el cliente escoge la forma de pago que desee utilizar, ni tampoco se cobra por concepto de propina el ya extendido y obligatorio 10% del consumo total.

Por supuesto, me acogí al Pago en Línea, pero al momento del pago, el ya tradicional apagón en la zona provocaba la aparición constante en el teléfono móvil del anuncio: Error de Conexión.

No me faltó el apoyo del dependiente y otros trabajadores de La Mimosa, pero nada pudimos resolver, por lo que decidí pagar en efectivo, pues comenzaba a sentir pena con quienes me ayudaban. Salí entonces del local y me fui a una dulcería aledaña, donde, aunque no pude comprar algunos dulces para llevar a la casa, me facilitó el tiempo necesario para lo que ocurrió después.  Mire usted.

Al regreso, y casualmente, debimos pasar nuevamente por frente a La Mimosa, donde uno de los dependientes que me ayudaron en mi aparentemente infructuoso Pago en Línea buscaba afanosamente con la mirada por ambos lados de la calle. Al vernos, entusiasmado, me llamó. A continuación, el diálogo que sostuvimos:

“Qué suerte que lo veo, lo buscaba, porque nos entró su Pago en Línea y tenemos que devolverle lo que pagó en efectivo”, dijo.

Confieso que me asombró esa muestra de honestidad y responsabilidad. “No entiendo”, balbucee como respuesta.

“Usted pagó doble, en efectivo y en Línea, que al inicio daba error constantemente, pero al final nos entró el dinero digital y tenemos que devolverle el efectivo que pagó. Es nuestra obligación”, explicó.

Quizás yo nunca hubiera sabido que mi pago fue doble. Eso queda a la especulación, aunque difícilmente hubiera habido una reclamación de mi parte. Ciertamente la acción era respetable, así como la suma de dinero que me devolvían.

Entre admirado y sorprendido pedí entonces una foto al joven dependiente, y tuve que ser insistente para convencerlo. “No es necesario, esa devolución forma parte de la ética de La Mimosa. El mérito es de este colectivo que siempre actúa de esa manera”, explicó el joven, en quien vi integradas las honestidades, la colectiva y sobre todo, la individual, ambas de crucial importancia en los tiempos que corren.

En Doña Alicia: “¡No pago! Llamen a la policía”

La misma tarde del pasado 12 de agosto, camino a casa, entro a la céntrica dulcería habanera Doña Alicia en busca del ansiado dulce, y donde a diferencia del buen momento anterior en La Mimosa, el encuentro fue convulso, ácido, indelicado.

 

Siempre me ha parecido que la calidad de los dulces de Doña Alicia es superior. Los precios también me parecen muy superiores, prácticamente inaccesibles. Allí los precios oscilan desde los 8 mil 400 (el más bajo) hasta los 18 mil, el más caro. (Fotógrafo: Joaquín Hernández Mena)
Siempre me ha parecido que la calidad de los dulces de Doña Alicia es superior. Los precios también me parecen muy superiores, prácticamente inaccesibles. Allí los precios oscilan desde los 8 mil 400 (el más bajo) hasta los 18 mil, el más caro. (Fotógrafo: Joaquín Hernández Mena)

 

Escogí el producto de mi preferencia y saqué mi teléfono para efectuar el Pago en Línea, pero la joven dependienta me dijo que en ese lugar solo podía pagar digitalmente el 30% del total de la compra y en efectivo el 70% restante.

Confieso que de inmediato desaparecieron en mi la alegre sorpresa y la admiración que momentos antes colmaron mi ánimo en La Mimosa. Por suerte, no hubo alteración de voz, ni insultos, ni improperios, pero sí expresé, creo que con muchísima firmeza y determinación: “Así no pago. Llame al dueño o al Gerente del lugar y dígale lo que acabo de decirle a usted. Y, además —le agregué—que llame a la perseguidora, pues aunque tengamos que ir para la estación de Policía, no pago así”.

Toda la razón estaba de mi parte, entonces, en medio de mi disgusto, dije para que todos me oyeran que eso era una violación de lo establecido legalmente “Así se viola el fisco”, dije también.

Tras un tiempo prudencial de espera, salió una compañera del trasfondo y me pidió movernos de lugar y que hiciera con ella el Pago en Línea. No pregunté, pero me pareció una directiva del lugar. Accedí e hice mi pago. Aparentemente todo resuelto.

Según mi apreciación, la compañera que me pidió hacer con ella el Pago en Línea sabía perfectamente que el asunto, dada la firmeza del cliente y las violaciones que cometía el lugar, adquiría matices que no le convenían al centro.

Evidentemente tenía en cuenta el anuncio de que el 1 de agosto se oficializaron numerosas medidas para contribuir a que las unidades comercializadoras permitieran el pago digital a los consumidores a través de las pasarelas de pago existentes en el país, eliminándose además los subterfugios aducidos por dichos centros.

Mi pago, de hecho, constituyó una prueba fehaciente de que la razón estaba de mi parte, que allí en Doña Alicia se producían violaciones de la política estatal al respecto, las mismas que han conllevado a que hoy más de 450 unidades comercializadoras en todo el país hayan sido sancionadas con su cierre.

Además prueba también que quien primero tiene que defender su derecho es el propio cliente, el mayor afectado. Con responsabilidad lo sugiero: ojalá cada día muchos, cientos, miles de clientes más prefieran irse a la estación de policías y denunciar, que contribuir con su aceptación a una violación que a todos nos afecta.

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