A veces es tan difícil encontrar una palabra para definirlas que preferimos mirarlas, sonreírles, abrazarlas y preguntarnos solamente de dónde sacan tantas fuerzas cuando a muchos les falta; cómo llenan su alma de ternura en medio de tanta escasez; qué otra prueba tienen que superar para seguirlas calificando de únicas.

Nuestras madres, abuelas, hermanas, tías, hijas, primas, compañeras de trabajo o amas de casa están a solo días de celebrar los 66 años de la organización que las agrupa en nuestra sociedad: la Federación de Mujeres Cubanas. Y aunque vivimos tiempos apretados los cumpleaños para ellas no pasan sin al menos una canción que las alegre de su tensión diaria.
Hoy la complejidad es más grande. La corriente les reprograma horarios de comida, lavado, limpieza, fregado; el agua que demora en llegar días, a veces semanas, rompe su dinámica habitual y la de la familia; los alimentos les exigen nuevas recetas para aprovecharlo todo sin que se eche a perder nada; la educación de los niños demanda más tiempo en casa y creatividad; la salud hay que cuidarla con celo.
La organización femenina que está de aniversario este 23 de agosto también se ha propuesto repensar su estilo de trabajo y acercarse al barrio justo cuando más lo necesitan las jóvenes, adolescentes y quienes quizás quedaron interruptas laboralmente, pero pueden organizar cursos de costura, de peluquería, de cocina, entre otros, en esos lugares en los que siempre son respetadas y queridas como nadie.
Bien lo decía José Martí: “Toda mujer debiera llamarse Maravilla”. Para las nuestras, que además de todo lo anterior son científicas, doctoras, profesoras, carboneras, abogadas, parlamentarias, deportistas, periodistas, agricultoras, emprendedoras, etc. la palabra del Apóstol es exacta. Ser y hacer maravillas en la Cuba de hoy, con muchas dificultades sobre sus hombros, lleva su nombre.

