
Defender la principal cita de la cultura cubana implica también preguntarse por las formas en que la literatura hoy llega a sus lectores. Una feria contemporánea ya no puede ser únicamente el lugar donde se exhiben, compran y venden ejemplares impresos. Los hábitos culturales han cambiado y, con ellos, las maneras de buscar, adquirir, leer y compartir literatura. Los libros electrónicos, las plataformas digitales, los nuevos canales de comercialización y las posibilidades que ofrece Internet para promover autores y contenidos forman parte ya del universo editorial y abren caminos que es necesario seguir explorando.
La presencia de tales alternativas en esta edición resultaron especialmente significativas para Cuba. Los problemas que atraviesan hoy la producción, impresión y distribución de libros hacen imprescindible ampliar las vías de acceso a la lectura. Lo digital no tiene por qué entenderse como una amenaza o como la sustitución del libro físico. Puede ser, por el contrario, una herramienta complementaria capaz de llevar determinadas obras hasta lectores que difícilmente podrían encontrarlas en una librería; favorecer la promoción de escritores y editoriales y contribuir a la circulación de un patrimonio literario que precisa aprovechar todos los caminos posibles para llegar a sus destinatarios.
Hay, además, una dimensión que trasciende la simple disponibilidad de contenidos. Las nuevas tecnologías permiten pensar la Feria como un sitio de mediación cultural más amplio.
En ese propósito de ampliar horizontes se inscribe igualmente la presencia de Rusia como País Invitado de Honor, una elección que abre el diálogo con una de las grandes tradiciones literarias universales. Acercarse a la literatura rusa supuso reencontrarse con nombres fundamentales, y también descubrir otras voces, épocas y perspectivas sobre el ser humano. Una Feria del Libro tiene precisamente esa capacidad: convertir la lectura en una forma de acercamiento entre culturas y demostrar que las fronteras físicas pierden importancia cuando los libros consiguen establecer el diálogo.
Por eso este evento merece ser defendido y, al mismo tiempo, repensado. Su envergadura no depende solamente de la cantidad de títulos que consiga reunir ni de los escollos que logre sortear, sino de su capacidad para mantenerse como un territorio abierto al conocimiento y adaptarse a las nuevas formas de circulación cultural. Mientras exista el deseo de leer, conversar y pensar, habrá razones para que los libros sigan hallando su camino, ya sea sobre el papel o a través de una pantalla. Ese era, en definitiva, uno de los sueños de Fidel Castro, a quien, por el centenario de su natalicio, está dedicada la Feria.