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Heroína sin edad

Pinar del Río.— Desde que concertamos la en­trevista precisó detalles de la ubicación del edificio en el que reside para no bajar a recibir­nos, y no hay falta de cortesía en ese acto, nos esperaba en la puerta de su apartamento, en el cuarto piso: “¿Está dura la escalera? Imagina cómo llego yo aquí arriba”.

Con 89 años Edilia no piensa en alejarse de la docencia: “Mientras esté lúcida y las fuerzas me lo permitan, ahí estaré”. Como las buenas heroínas su energía no envejece. Foto: Pedro Paredes

Y es que Edilia Fuertes Díaz cumplirá 89 años el próximo 23 de agosto, aunque nadie adivinaría su edad por la vitalidad de sus mo­vimientos y la lucidez de las palabras. Precisa­mente, esta mujer es una de las pinareñas que el pasado mes de abril recibió el Título Honorífico de Heroína del Trabajo de la República de Cuba.

Algo impensable para la niña campesina, nacida en el bohío de la familia, en el municipio de Candelaria, en aquel entonces pertenecien­te a la provincia de Pinar del Río. Fue la más pequeña de cuatro hermanos. “Éramos muy po­bres, mi padre tenía un conuquito y mi mamá lavaba para la calle, con eso subsistíamos; aun­que ella era analfabeta, hasta la Campaña de Alfabetización, siempre se preocupó porque sus hijos estudiaran”, comentó.

Los maestros insistían en que Edilia estu­diara y vino a vivir con una tía en la ciudad de Pinar del Río. “En la Escuela Superior cursé el séptimo, y el octavo grado en una escuela pri­vada de Candelaria; hice la oposición e ingresé en la Escuela Normal de La Habana”.

Sin lugar donde residir pasó por varias ca­sas de amigos, incluidas la de una compañera de aula y también de familiares. “Ya en el úl­timo año, mi hermana se había casado y el es­poso trabajaba en una de las tiendas de la calle Muralla, en La Habana Vieja y vivían por allí; entonces me mudé con ellos y terminé mi carre­ra de maestra primaria”, afirmó.

 

Sed de conocimiento

“Inmediatamente matriculé en la universidad. Ya hacía sustituciones de maestros en Cande­laria por aquellas que tenían licencia de ma­ternidad o por los que estaban enfermos, y ga­naba mi dinerito. Así pude seguir estudiando. Ingresé en 1955, y en el 56, se cierra la Univer­sidad de La Habana.

“Cuando triunfa la Revolución me uní a un movimiento que Fidel convocó del Depar­tamento de Ayudas Técnicas y Materiales al Campesinado Cubano. Íbamos ingenieros agrí­colas, arquitectos, médicos, enfermeros, maes­tros, nos repartimos por las montañas, estu­ve en San Pablo de Yao, fuimos los primeros maestros voluntarios.

“Ahí permanecí un año, pero comenzaron las oposiciones para ocupar plazas de maes­tros, y me presenté. Avisaron que viniera a ha­cerme cargo de una escuela en propiedad, que era como se llamaba antes, y empecé a trabajar de maestra rural, en una escuelita cerca de la costa, en Candelaria. En el año 1960 volví a in­corporarme a la universidad, y terminé mi ca­rrera de Doctora en Pedagogía. Después seguí los estudios, me ha gustado mucho estudiar”.

Recuerda que simultáneamente a la vida laboral se inició como dirigente sindical, a su juicio fue desde esa organización que ocupó cargos administrativos. “Me desempeñé como directora municipal de Educación, en Candela­ria, luego subdirectora provincial para la En­señanza Primaria, hasta que fui sustituida.

“Regresé a Candelaria como maestra de montaña, y durante mucho tiempo fui dirigen­te de la brigada Frank País, hasta que el Parti­do me lleva como miembro del Buró Municipal, para atender Educación y otras esferas por fal­ta de cuadros”.

 

Más estudios y un nuevo inicio

En la década de los setenta le propusieron pa­sar un curso en la entonces Unión Soviética. “En tres años nos hicimos licenciados en Cien­cias Sociales. Nunca paré, seguí investigando y estudiando: soy Doctora en Ciencias Económi­cas, lo hice en ese país, pero yendo y viniendo, en el último curso permanecí allí durante 10 meses.

“Cuando terminé la licenciatura vine de profesora de la Escuela Provincial del Partido de Pinar del Río Abel Santamaría Cuadrado, y ahí estoy desde que se inauguró. Me jubilé, pero estoy reincorporada, no quiero dejar de traba­jar. Porque después uno se pone viejo. Cuando dejas de hacer lo que te gusta, a lo que te entre­gas, salen los achaques”, subrayó.

El amor por la institución lo simplifica en que nunca quiso irse no obstante las ofer­tas que tuvo, especialmente de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca, donde laboró contratada y de intercambio, pero sin dejar su centro, porque es su fundadora, así como del Partido Comunista de Cuba. “Para mi orgullo, voy a cumplir el primero de septiembre 71 años de servicio, sin parar”, dijo.

Siente satisfacción por lo hecho: “Es un re­sultado tuyo, cuando los ves después como mé­dicos, dirigentes, hasta del Comité Central, mi­nistro, viceministro, y dices, ese fue mi alumno, es algo que te hace sentir mejor. Y estimula para estudiar y saber mucho más”.

Lamenta la reducción de las tiradas impresas de los periódicos, lo que para ella, que carece de teléfono celular, era una forma de actualización; nunca ha perdido el vínculo con la lectura de tex­tos impresos, remarca lo que le resulta interesan­te, y anota conocimientos para los alumnos.

 

Un reto

“Estas transformaciones me tienen…”, hace una pausa y añade: “porque hay que explicar eso. No todo el mundo entiende. Como econo­mista hay cosas que estoy buscando, dónde está el razonamiento, la teoría… Eso me tiene estudiando. Hay que seguir trabajando más la teoría, no es decir que estamos en socialismo, sino demostrar que estamos construyendo ese socialismo”.

Los recuerdos de su prolífera vida laboral, junto a los reconocimientos derivados de ella, los atesora con celo. Foto: Pedro Paredes

La pasión con que habla sobre la necesidad de enseñar invita a la pregunta sobre la voca­ción y estudiar el magisterio. “Para ser sincera, era lo único que podía estudiar, quizás me hu­biera gustado hacer otra cosa, pero ser maestra, enseñar a jóvenes, inculcar el amor a la patria, los conocimientos, me enseñó mucho y como maestra primaria aprendí a tratar a los niños.

“Tenía un aula de primero a cuarto grado. Era jovencita, 18, 19 años, y en los primeros mo­mentos usaba formas indebidas, hasta un día en que estaba presionando a un niño para que me leyera, vi aquellas lágrimas salir de sus ojos; juré que jamás trataría a un niño así y eso me enseñó a amar esta carrera”.

 

La otra Edilia

Con tanto tiempo frente a un aula y méritos ganados en la academia, Edilia no necesita presentación en esos ámbitos, pero hay otra, la anciana que vive sola, aunque cuando tuvo el chikungunya precisó estar dos meses en casa de su única hija, trabajadora de la salud. Confiesa que en la crianza de ella fue muy socorrida por su hermana y madre, con los ojos humedecidos reconoce “gracias a ellas pude hacer tanto”.

Es la abuela de cuatro nietos y bisabuela de igual cantidad; la mujer que a sus años lidia con los apagones “porque el panelito que nos dieron a los Héroes, no da para mucho”; la misma que cuando llueve se ve expuesta a inundaciones por las filtraciones del techo de su apartamento, la que sube a un cuarto piso, pero presume de ha­cerlo todo en casa y bromea que con los esposos no tuvo suerte: “Ninguno me aguantó más de cinco años”.

En ella está la alfabetizadora, la internacio­nalista, la agradecida de todos los estímulos que ha recibido desde la primera medalla en 1973 y ahora con la de Heroína del Trabajo. “Yo digo que nunca es tarde si la dicha es buena. Ese es el orgullo más alto que hay, tener un reconoci­miento de ese tipo y que el Presidente de la Re­pública te ponga esa medalla, fue muy grande para mí”.

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