Nacido en la Villa de Santa María del Puerto Príncipe, actual Camagüey, el martes 3 de diciembre de 1833, Carlos J. Finlay y Barrés, fue inscripto como Juan Carlos. Luego comenzó a firmar como Carlos J, siendo esta la grafía que mantuvo, decisión personal para la práctica cotidiana lingüística, la cual considero debe respetarse. Sus padres fueron el escocés Edwar Finlay y Wilson, protestante y la francesa Marie Elizabeth de Barrés de Molard, católica. Con 11 años viajó a Europa, donde estudió en Francia y Alemania. Se graduó de médico, a los 21 años, el 10 de mayo de 1855, en el Jefferson Medical Collage, de Filadelfia.
A pesar de la insistencia de sus profesores para que permaneciera en los Estados Unidos de América el joven galeno decide regresar a Cuba. En La Habana de intramuros, calle Amargura número 13, abre su consultorio al público, también ayudaba a su padre en las operaciones de Oftalmología. Con 25 años, en 1858, inició sus trabajos experimentales sobre fiebre amarilla. Entre 1859 y 1861 realizó estudios en Francia. El 16 de octubre de 1865 se casó en la iglesia de Monserrate con Adelaida Shine, nativa de la isla de Trinidad. El primer fruto del matrimonio, al que pensaban llamarle Pablo, nació muerto. Después tuvieron tres hijos: Carlos, Jorge Enrique y Frank, este último durante la Guerra de 1895 se incorporó a las huestes mambisas.
El 14 de julio de 1872 ingresó, en condición de Académico de Número, a la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana donde se le asignó el sillón 27. Su labor académica fue intensa, se desempeñó como Secretario de Correspondencia, a cargo de las relaciones internacionales, por espacio de casi 14 años; en 1895 fue investido como Académico de Mérito. Una noche, rezaba el rosario, cuando un mosquito comenzó a zumbar cerca de sus oídos; ahí le surgió una idea, que convertida en hipótesis y más tarde en teoría científica, lo llevó a crear la «doctrina finlaísta», postulado científico que lo convirtió en el más ilustre científico cubano de todos los tiempos.
En virtud de sus Reales Órdenes de 25 de octubre y 15 de diciembre de 1880, Finlay fue designado por el gobierno de la metrópoli para representar a Cuba y Puerto Rico, ante la V Conferencia Sanitaria Internacional que se desarrollaría al año siguiente en los Estados Unidos de América. En consecuencia el médico viajó al país del norte, para participar en el cónclave científico efectuado en la ciudad de Washington D.C. Allí en la sesión del 18 de febrero de 1881, presentó el Protocolo No. 7, contentivo de los primeros resultados de sus investigaciones acerca de las condiciones necesarias para que se propagara la fiebre amarilla. Vale recordar que en la época se planteaban dos teorías para la trasmisión de enfermedades: la contagionista aceptaba el contacto con el enfermo, sus secreciones, excreciones o pertenencias, y la anticontagionista, defendía las condiciones del medio natural o la presencia de un miasma, algo así como un efluvio contaminante.
La comunicación presentada fue breve, resumía sus experiencias hasta la fecha, como clínico e investigador. Iba en contra de los contagionistas y de los anticontagionistas, y era categórica al expresar: «Mi opinión personal es que tres condiciones son, en efecto, necesarias para que la fiebre amarilla se propague: 1ª. La existencia previa de un caso de fiebre amarilla, en un período determinado de la enfermedad, 2ª. La presencia de un sujeto apto para contraer la enfermedad, 3ª. La presencia de un agente cuya existencia sea completamente independiente de la enfermedad y del enfermo, pero necesaria para transmitir la enfermedad del individuo enfermo al hombre sano».
Los asistentes si bien escucharon atentos los postulados del médico cubano, no se pronunciaron, recibieron sus ideas con escepticismo. Estos planteamientos científicos solo fueron divulgados por una modesta revista médica titulada Diario Médico Quirúrgico de Nueva Orleans, a través del doctor Rudolph Matas, recién graduado de Medicina, quien había participado, en la comisión mixta hispanoamericana en calidad de intérprete, pues era hijo de españoles.
Seis meses después de su participación en la conferencia, el domingo 14 de agosto de 1881, el galeno de 47 años, a quien ya algunos le llamaban «el médico de los mosquitos», asistió a la Academia cubana. A las ocho de la noche comenzó la sesión; la presidió, por sustitución, el Académico de Mérito Ambrosio González del Valle y participaron solo 11 de un total de 40 académicos. Finlay, quien vestía traje negro, dio lectura con naturalidad a su trabajo El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla.
El científico ratificó lo planteado en Washington D.C y añadió que el agente trasmisor de la fiebre amarilla era la hembra de la especie de mosquito Culex fasciatus, que hoy conocemos como Aedes aegypti. Terminada la sesión permaneció de pie en el podio esperando alguna intervención, nadie solicitó la palabra, hubo un silencio profundo. A propuesta del secretario general, doctor Antonio Mestre, el documento quedó sobre la mesa a disposición de los académicos que quisieran examinarlo con mayor detenimiento. De regreso a casa el científico comentó a su esposa Adelaida: «hubiera deseado que refutaran cada concepción, punto por punto, para debatir, hablar y convencerlos, o que me convencieran a mi». Ese mismo año la revista Anales de la Academia de Ciencias de Cuba publicó el trabajo.
Finlay no se decepcionó, continuó trabajando junto con su colaborador, el médico español Ramón Claudio Delgado y Amestoy, quien había estudiado Medicina en Cuba. Entre 1881 y 1900, realizaron varios experimentos para tratar de verificar la trasmisión por mosquitos. De las 104 inoculaciones experimentales efectuadas, provocaron, al menos, 16 casos de fiebre amarilla benigna o moderada (entre ellos uno muy «típico») y otros estados febriles, algunos no descartables como de fiebre amarilla. Todas las inoculaciones fueron correctamente protocolizadas, los pacientes observados cuidadosamente bajo estricto control clínico lo que le permitió arribar a conclusiones que confirmaron su teoría. Había probado que su concepción sobre el contagio de la fiebre amarilla era correcta y que su método experimental era idóneo.
Vale subrayar que su contribución destaca en dos aspectos: uno, la teoría científica metaxénica de trasmisión de las enfermedades por agentes biológicos y, otro, la identificación del mosquito Culex fasciatus, conocido actualmente como Aedes aegypti, como agente de trasmisión de la fiebre amarilla. El primero es el aporte teórico conceptual, lo segundo es su significativa aplicación práctica.
Desde los Estados Unidos se enviaron a Cuba cuatro comisiones para investigar sobre la fiebre amarilla. Las tres primeras, en los años 1879, 1889 y 1899, no prestaron atención a los planteamientos del cubano. La cuarta comisión fue creada en 1899 por el cirujano general del Ejército estadounidense, George Miller Sternberg, a solicitud del gobernador militar de Cuba, Leonard Wood, quien también era médico, y cuyas medidas de higienización habían fracasado frente a las epidemias de fiebre amarilla. El general de brigada, doctor Sternberg, era miembro corresponsal de la Academia cubana y había integrado la primera comisión, él conocía las ideas de Finlay pero no las compartía. Esta cuarta comisión llegó a la Isla en junio de 1900; estaba presidida por Walter Redd, e integrada por James Carroll, Arístides Agramonte (cubano que residía en el país norteño) y Jesse William Lazear.
Fue precisamente Jesse Lazear, el único miembro de la comisión familiarizado durante su estancia en Europa con trabajos sobre vectores biológicos, quien convenció a los otros integrantes para que se atendieran los postulados de Finlay. Así pues, en agosto de 1900, visitaron en su casa al sabio cubano; él con toda bondad, entregó varias de sus publicaciones, hizo recomendaciones y les donó huevos de mosquitos obtenidos en su laboratorio doméstico. Lazear, sin el consentimiento de Redd, quien había viajado a los Estados Unidos, propició que varios voluntarios y él mismo, fueran picados por mosquitos obtenidos de los huevos suministrados por Finlay, que habían ingerido sangre de pacientes de fiebre amarilla, unas dos semanas antes.
De los voluntarios inoculados tres contrajeron la enfermedad, fueron ellos dos miembros de la comisión, James Carroll y el propio Lazear, así como un soldado de apellido Dean. Carroll y Dean sobrevivieron, Lazear falleció; durante los trece días que estuvo enfermo desde la inoculación hasta su muerte el 25 de septiembre de 1990 anotó con detalles toda la evolución, por lo que tiene el mérito de haber realizado la primera comprobación experimental de la teoría del mosquito, independientemente de los experimentos llevados a cabo por Finlay. Walter Redd, regresó de inmediato y a partir de los apuntes de Lazear, presentó en un evento científico desarrollado el 22 de octubre de 1900 en los Estados Unidos, una comunicación sobre los resultados de la comisión que presidía.
En el texto publicado con el título «Nota», aceptó la teoría de Finlay, pero criticó que éste no había logrado demostrarla, a pesar de que el cubano había reportado, en 1881, un caso no fatal, tan típico como el de la nota. Asimismo, añadió que Finlay había utilizado mosquitos que todavía no habían incubado el germen de la enfermedad, por lo que sus resultados debían ser desechados. De esta manera, los 20 años de trabajo del cubano fueron relegados; años más tarde, en 1932, quedó demostrado que la velocidad de la incubación del virus por el mosquito depende de la temperatura ambiente, por lo que algunos de los mosquitos empleados por Finlay en sus experimentos sí podían habían haber incubado el virus de la fiebre amarilla.
En 1893, 1894 y 1898, Finlay dio a conocer, incluso internacionalmente, las principales medidas que se debían tomar para evitar las epidemias de fiebre amarilla, las que tenían que ver con la destrucción de las larvas de los mosquitos trasmisores en sus propios criaderos. Estas fueron las medidas higiénicas aplicadas por el médico estadounidense Williams Crawford Gorgas, en la campaña de 1901, en La Habana que lograron eliminar virtualmente la fiebre amarilla, demostrando convincentemente los postulados de Finlay. Así lo reconoció Gorgas, en carta que dirigió al cubano desde Panamá donde también puso en práctica, durante la construcción del canal, las medidas propuestas por Finlay. Otras ciudades como Río de Janeiro, Veracruz y Nueva Orleans también se beneficiaron con esas medidas sanitarias.
En 1902 Finlay fue nombrado jefe superior de Sanidad; desde este cargo le correspondió liderar la epidemia de fiebre amarilla que se registró en La Habana en 1905. El galeno aplicó con eficiencia los postulados de su doctrina, la eliminación de la epidemia en solo tres meses fue otra prueba ineludible de la verdad científica a la que el ilustre cubano le había dedicado tantos años de experimentación, investigación y aplicación clínica.
Ante los intentos de despojar al científico cubano de su descubrimiento, se ha aceptado por unanimidad, en los congresos internacionales de Historia de la Medicina (X, XIV y XV), que Finlay fue el primero en establecer científicamente, el 14 de agosto de 1881, el principio de transmisibilidad de las enfermedades infecciosas por insectos chupadores de sangre, del hombre enfermo al sano, no inmune. A lo anterior se pueden añadir las opiniones de otros médicos e historiadores que también distinguen la primacía del cubano.
El doctor Carlos J. Finlay falleció de una enfermedad cerebrovascular a los 81 años, el 19 de agosto de 1915. A 145 años de la exposición de su teoría a la comunidad científica cubana, rindamos tributo al galeno cuya doctrina finlaísta abrió cauces en la medicina universal con sus postulados sobre el contagio, el método seguido en la estructuración de su investigación científica y la aplicación en la práctica social de su descubrimiento para la erradicación de enfermedades.
