El 13 de agosto de 1926 a las dos de la madrugada, exactamente después que cantó el primer gallo, llegó al mundo Fidel Alejandro Castro Ruz. Fueron muchos los esfuerzos de Lina, la madre, para que con la ayuda de una partera naciera su tercer hijo. El escenario fue la casona de madera de la familia, construida en 1915, asentada sobre horcones de caguairán, al estilo de Galicia. Era la casa principal en la pequeña localidad de Birán, poblado que debe su nombre a un vocablo de origen Arauco; en aquella época pertenecía al Término Municipal de Mayarí, en la antigua provincia de Oriente, Cuba.
Al amanecer el bebé sintió por primera vez el mugido de las vacas que los trabajadores ordeñaban en el sótano de la casa. Ángel, su padre, quien bien temprano había sembrado unos cedros, lo cargó con cuidado entre sus brazos, el infante disfrutó el aroma de esos árboles entre los dedos del padre y fue ese, desde entonces, el olor que con nostalgia siempre le recordaba los días de su niñez. Allí entre el cariño de la familia y los asalariados del batey, el niño conoció el gruñido de los puercos, el relinchar de los caballos, el trabajo en el campo, los árboles, la caña de azúcar, las aves, el baño en el charco del Jobo y las costumbres de los haitianos.
Como era de inteligencia natural, a los seis años, sus padres lo enviaron junto a su hermana mayor, Angelita, a la ciudad de Santiago de Cuba, donde podrían comenzar a labrarse un futuro luminoso, según los criterios de Eufrasita, la maestra de Birán. El cambio fue brusco y triste, la primera casa que habitaron fue en Santa Rita número 51, cerca de La Alameda; posteriormente se trasladaron a la parte alta de la misma calle, en la cima de la Loma del Intendente, en el barrio El Tivolí. Era una casita de paredes de tabla y techo de tejas rotas, llovía más adentro que afuera y se colocaban palanganas para recoger el agua.
Allí Fidel conoció el hambre; además de los miembros de la casa llegó una campesina llamada Esmérida que fungía como criada, y por último su hermano mayor, Ramón; eran siete personas para alimentarse de una cantinita de comida. Los turrones de coco y los durofríos eran sus alimentos preferidos para mitigar el hambre. Fue también en Santiago donde vio el mar por primera vez, quedó asombrado con el azul intenso del mar Caribe.
Ángel visitó Santiago, al ver a Fidel tan desmejorado le dijeron que había tenido sarampión; el padre lo creyó, no imaginaba las privaciones sufridas por sus hijos, cuando él, a pesar de las dificultades económicas, enviaba puntualmente el dinero. Fidel añoraba a su madre, sobre todo cuando sentía malestares de la infancia. Lina curaba esos padecimientos, lo mismo indicaba un purgante de Agua de Carabaña, que cucharadas de aceite de ricino, mezclado con malta de cebada para aminorarle el mal sabor.
Un día se rompieron sus zapatos y el niño tuvo que arreglarlos, partió la aguja de coser, por lo que fue severamente castigado. En las noches extrañaba el brillo de las estrellas de Birán, llegaba la tristeza y le dolía la cicatriz secundaria a la úlcera purulenta, que le quedó como marca de la vacuna contra la viruela. En otra visita a los hijos, fue la madre quien viajó a Santiago. Angelita le contó lo sucedido, Lina lloró al escucharla y decidió regresarlos a Birán; antes los llevó a la cafetería La Nuviola, donde degustaron ricos helados. Asimismo, les compró un saco de mangos Toledo, chiquitos, sabrosos, que devoraron al instante.
Al día siguiente en la casa de Birán, la mesa servida fue una fiesta para la familia. Tiempo después la maestra Eufrasita se disculpó y los niños regresaron a Santiago. Con ocho años de edad Fidel fue bautizado en la Iglesia Catedral de Santiago de Cuba; su padrino fue el cónsul de Haití y la madrina su esposa, la profesora de piano, hermana de la maestra. Fidel matriculó en el colegio de los Hermanos La Salle, allí violó los reglamentos y en enero de 1936 lo internaron en el centro. Fue una etapa feliz, cantó en el coro de la escuela, jugaba pelota, baloncesto, nadaba, pescaba, realizaba largas caminatas y exploraciones en las montañas.
En esa institución docente conoció la agresión física, una tarde tuvo una riña con un estudiante; el Hermano Bernardo, quien protegía a ese alumno, sin darle la oportunidad de explicarse lo abofeteó. La actitud del profesor se repitió en dos ocasiones más. La tercera vez Fidel se rebeló y ripostó la golpeadura. Al término del curso el director les comunicó a Lina y a Ángel que sus hijos eran los tres bandidos más grandes que habían pasado por la escuela.
Luego matriculó en el colegio Dolores de los jesuitas donde aprendió el sentido de la dignidad personal y del honor. En Santiago supo que los estudiantes estaban en contra del dictador Gerardo Machado y le dolió ver soldados repartiendo culatazos, ese día descubrió el color de la injusticia; fue en esa urbe que comenzó a crecer su rebeldía, su ética y su sentido de igualdad. Operado de apendicitis, la herida se infectó y estuvo tres meses ingresado en La Colonia Española. En los tres años que pasó el Día de los Reyes Magos en la ciudad le trajeron el mismo regalo: una corneta.
Fidel convenció a sus padres para cursar los años finales del bachillerato en el Colegio de Belén de los jesuitas en La Habana. En la capital se graduó de abogado y comenzó su carrera más larga: reparador de injusticias en el mundo. Noventa años después de su nacimiento en Birán, el niño aquel volvió a Santiago de Cuba el 3 de diciembre de 2016, esta vez convertido en las cenizas del Comandante en Jefe. Regresó para, junto a su maestro José Martí, mantener encendida la llama eterna de la patria en el cementerio patrimonial Santa Ifigenia, altar sagrado de la nación cubana.