Fidel Alejandro Castro Ruz constituye uno de los grandes referentes de todas las épocas para los revolucionarios del mundo. Su estatura como líder político, estadista e intelectual impactó de manera profunda en el imaginario de los pueblos, a partir de que su quehacer estuvo identificado con las mejores causas del orbe.
Estudiar su pensamiento es una necesidad inexcusable para las actuales y futuras generaciones, de uno a otro confín de la geografía planetaria y, principalmente, para los pueblos de Nuestra América.
El accionar llevado adelante por el Comandante en Jefe, de forma límpida, es síntesis de las mejores tradiciones de lucha emprendidas durante centurias; al tiempo en que también confirma la manera singular mediante la cual bebió del ideario de los seres humanos más prominentes, a lo largo de la historia.
Estamos abocados, de forma impostergable, y creadora, a adentrarnos, con rigor, en el torrente de su pensamiento fecundo. No hay algoritmo computacional alguno que permita aquilatar la talla de su ideario. Somos conscientes de que sumergirnos en el colosal acervo que emana de su figura legendaria es imposible de alcanzar en texto alguno. Estamos también obligados a examinar su actuación, en diferentes ámbitos, a través de una trayectoria de lucha sin par.
Fidel es un hombre universal, sin el cual no se puede entender nuestra historia, ni vencer en los complejos escenarios futuros. Es un tesoro de todos los que luchan, por un mundo mejor, en cualquier latitud. Su bregar, incansable en el terreno de las ideas, es inspiración y compromiso en aras de alcanzar una sociedad emancipada, donde la equidad y la justicia, además del desarrollo, se conviertan en pilares de ese ordenamiento superior.
Sus contribuciones enormes, en el pensamiento y la acción, jamás serán un espejismo. Por el contrario, su impronta marca, de manera indeleble, la historia contemporánea y lo proseguirá realizando, con energías renovadas, hacia las épocas que aún no divisamos.
Su vida, imperfecta como la de todo ser humano, pero gloriosa por sus aportaciones y entrega en favor de la felicidad de millones de personas, es una exhortación a no quebrarse, por más complejos que sean los obstáculos a vencer. Lo es también a encontrar soluciones audaces, y transgresoras que, desde la fortaleza en los principios, nos conduzcan a la victoria.
Fue un fundador de un tiempo nuevo. Como el Che, siempre pertenecerá al futuro. Su legado, desde una mirada dialéctica, el único modo en que es posible acercarse a las huellas que colocó en cada sendero, tiene que ser revisitado constantemente.
A él no se le puede invocar desde la repetición fatua. Tampoco con maniqueísmos y posicionamientos rígidos. Como creador genuino, desde la mayor organicidad concebible, hizo añicos dogmas, sobre los que se parapetaron otros que nadie puede recordar sus nombres.
Para él no hubo, ni habrá, verdades reveladas. Ni fórmulas mágicas, ni versículos a declamar, ni adoraciones a un panteón de dioses para que solucionaran, desde el llamado desesperado, lo que le corresponde realizar a los que luchan, sobre el terreno, asumiendo todos los riesgos.
Él fue fragua, semilla, surco, y mucho más, en medio de tormentas y tiempo para el sosiego activo. En todo momento, en el cenit del combate, y en la calma aparente para emprender nuevos itinerarios, mantuvo la ecuanimidad y el arrojo.
No temió errar y cuando se equivocó, con la frente en alto, no cayó en devaneos estériles. Tomó las riendas del asunto en cuestión y, con humildad y gallardía, se propuso no solo enmendar los desaciertos en cuestión, cualesquiera que estos fueran, sino que se enroló en una empresa interminable: convertir el revés táctico en una victoria estratégica.
En ello sentó cátedra, más de una vez, por la hondura con la que asumió la mirada analítica hacia lo que no salió bien, y la potencia que le insufló a lo que debía alcanzar cotas elevadas.
Cambiar lo que deba ser cambiado fue una cosmovisión incesante. No como formulación teórica, sino como aplicación cotidiana. El enemigo, todo el tiempo, quedó desconcertado con un hombre, de esta galaxia, con la capacidad de reinventarse, sin claudicar en sus convicciones, y emerger de cada resurrección terrenal mejor dotado para las batallas a librar.
Fue, y es, un elegido. Dimensión que alcanzó no porque se la concediera ninguna deidad extraterrenal, sino porque representó el tributo que le otorgaron los más humildes del planeta. Lo divino en él fue su apego a los más pobres. No como dádiva, sino a manera de aprendizaje.
Como también dijo el Che, estableció con su pueblo, y con los que lo escucharon desde la misma trinchera, en todas las geografías, una caja de resonancia. Con esas vibraciones se ganó el respeto de los adversarios, y el cariño irrenunciable de los agradecidos.
No fue un pagador de promesas, sino un ejecutor de hechos y realizaciones concretas. Creyó, al igual que las mentes más lúcidas del devenir histórico universal, en la fuerza indetenible de la cultura y de las ideas.
Nunca estuvo, jamás podríamos colocarlo allí, en pedestales ni sitios inaccesibles. A Fidel lo necesitamos cara a cara, dialogando de frente con los que nos empeñamos en seguir adelante.
Fue un visionario, y un anticipador en innumerables cuestiones. Lo hizo, no desde la especulación sino desde lo más raigal de la producción intelectual de la que fue portador; depositaria a la vez de la mejor tradición humana, de la que se nutrió desde la más temprana juventud.
Todo el tiempo participó, con su pujanza telúrica a cuestas, en la edificación de una sociedad diferente. No para devastar, sino para estremecer a los inertes y remover las lacras que no se extinguen todavía.
Fidel no puede ser canonizado. Ello resultaría una herejía sideral. Es de carne y hueso, e inacabado, en tanto ello acrecienta, hasta la estratósfera, su grandeza y vitalidad perenne.
En los momentos actuales resulta un imperativo que entre al ruedo con el protagonismo que le corresponde. No de manera periférica o a media luz. En la puesta en escena de la vida diaria su rostro no puede desdibujare. Mucho menos su ideario proteico.
Por fortuna el gran público, desde la policromía ética, económica, social, geográfica, sexual y de toda clase, clama por su presencia. Una y otra vez aplaude sus discursos y reflexiones. Lo sabe vivo, en la pelea, con argumentos irrebatibles, fundando proyectos, a contracorriente de los poderosos.
Fidel tiene que permanecer, entre nosotros, aportando en cada jornada. Claro que apenas el más sencillo de los encuadres, a la obra fidelista, es un lente a través del cual se capta buena parte de lo más granado de las ideas, y de la historia de nuestras raíces. Él es ventana, para acercarnos, y alumbramiento, para desentrañar entuertos, sobre innumerables asuntos y problemáticas.
El centenario del momento en que viera la luz, en el Birán donde se fusionaron la sangre cubana y gallega, es una oportunidad, y motivación, para esta travesía. Los pretextos se desvanecen muy rápido. Llevan intrínseca la fragilidad. Las oportunidades, y motivaciones, poseen aliento duradero.
Conmemorar cien años de que naciera el mejor discípulo de José Martí, y junto a él también el más grande de los cubanos, es un catalizador moral para los que estamos seguros de que Fidel tiene mucho que decir, en Cuba, América Latina y el Caribe, África, Europa y el mundo todo.
Los revolucionarios necesitamos un Fidel que funja como guía hacia nuevos derroteros, desde la certeza de que su ejemplo posee el calado para que languidezcan las maquinaciones imperiales. Traer a la cotidianidad a ese Comandante, laborioso e irreductible, es responsabilidad de todos; la cual tiene como único requerimiento hacerlo desde el espíritu que brota de sus enseñanzas, y no a manera de decálogos o estrofas a pronunciar.
Fidel está vivo, en el corazón de millones de personas, y prosigue inspirando y llamándonos a la lucha de ideas, en defensa de la existencia digna de la especie humana.