
En estos días iniciales de agosto cumplió años mi hermana bielorrusa Ela Olina: https://www.facebook.com/ella.olina/posts/28196526236639048
Se trata de una hermandad surgida mediante cartas, allá por los finales de los 70 y principios de los 80, cuando ella era pionera y yo tenía funciones de dirección en el Semanario Pionero, que simultaneaba con mis desempeños como periodista y poeta.
Años después nuestra fraterna experiencia —que se vio reeditada por la casualidad como verá el lector más adelante— quedó recogida en dos textos de mi libro para niños Este amor de todo el mundo, publicado por Ediciones Unión en 1987, uno de mis varios volúmenes con crónicas de viajes y vínculos por correspondencia.
Aunque nunca nos hemos visto, varias décadas después nuestra hermandad sigue viva y palpitante, hoy alimentada por nuestros intercambios en las redes sociales. Y de vez en vez echamos mano a los recuerdos y a aquellas, mis dos crónicas iniciales:
Ese maravilloso cristal que es una carta
Mi hermanita soviética Ela Olina es sencillamente linda, como un poco de escarcha o como una flor de invierno.
No lo digo solo por su rostro, que no conozco más que por fotografías. Lo digo sobre todo por sus cartas, donde, además de leer lo que me dice, puedo saber si sus ojos claros están alegres o tristes.
Las cartas son siempre como un cristal para asomarnos al corazón de las personas. Pero cuando es limpio y hermoso el corazón de un ser humano, entonces a través de sus cartas se puede ver más fácilmente, como se ve a través del agua cristalina cuando es limpio y despejado el fondo del arroyo.
Por eso, aunque nunca nos hemos encontrado, yo puedo ver a Ela cuando leo sus cartas. La veo chispeando de alegría, el cuerpo grácil, recién salido de la infancia, como vestida de fiesta.
Eso ocurre cuando ha tenido buenas notas en la escuela, o cuando alguien en la familia ha logrado éxitos en su trabajo, o cuando yo, su hermano cubano, le he contado algo bueno y hermoso. O cuando un pueblo oprimido, con la fuerza invencible de sus hijos, ha derribado al tirano y ha alcanzado la libertad para su patria.
Contenta, así, la vi aquella vez en que recibió cientos de cartas de los pioneros cubanos, después de que su dirección fue publicada en el Semanario Pionero. No sabía qué hacer con tantos nuevos amigos, pero la alegría no le cabía en todo el cuerpo.
También la he visto emocionada: sonriente, pero con un brillo especial escapando de sus ojos. Así la vi cuando me respondió una carta en la que yo me había preocupado por su futuro profesional: «Gracias por tus consejos, hermano mío. No tengo palabras con que agradecerte que te ocupes tanto de mí».
Pero la tristeza forma parte de la vida, y yo he visto a Ela triste. Por ejemplo, cuando el periódico ha traído una noticia dolorosa de la vida en el mundo, o cuando alguien ha enfermado en su familia o en la mía.
Así fue cuando su abuela estuvo mal del corazón y tuvieron que ingresarla en un hospital. Me contaba que los médicos la atendían muy bien, pero la abuela estaba mal de ánimo.
Yo sentí su tristeza como mía, y en mi carta le pedí que le trasmitiera a la anciana mi cariño y mis deseos de una pronta recuperación.
Poco después, recibí respuesta de Ela: la abuela se había emocionado porque alguien de tan lejos se preocupara por ella. Se había puesto muy contenta, y su salud comenzaba a mejorar.
Y es que ese cristal que es una carta, tiene además un poder maravilloso: el de llevar a un lugar lejano los más puros sentimientos, para acompañar a alguien en su suerte o su desgracia, para transportar un beso hasta la frente de un enfermo, o para que un cubano pueda decirle a su hermana soviética que ella es linda, sencillamente linda como una flor de invierno.
Dos veces la misma historia
Cuando Ela Olina solicitó su ingreso a la facultad de Periodismo de la Universidad de Minsk, su ciudad natal, presentó un álbum que dejó a todos admirados.
Era una recopilación de las informaciones y reportajes que le habían publicado en diferentes revistas pioneriles y estudiantiles, desde que llevaba al cuello pañoleta hasta su último curso escolar preuniversitario. ¡Quién le iba a discutir su vocación por el Periodismo!
Pero no era solamente la cantidad el motivo del asombro. En la colección que presentaba aquella muchacha de ojos claros como un día de agosto, no solo había recortes de publicaciones de la URSS, sino también de un país hermano, a miles de kilómetros de las fronteras soviéticas: Cuba.
Sí, Ela había publicado varios textos en el Semanario Pionero, en la tierra de Martí y Fidel.
A mí me tocó ser su intermediario. Era una pionera de noveno grado cuando recibí su primera carta en nuestra redacción. Le gustaba estudiar español y escribir las noticias de su destacamento y su colectivo para mandarlas a los periódicos. Nos escribió para contarnos también a nosotros sus actividades, y para que la ayudáramos a tener amigos en Cuba.
Publicamos su dirección. Unos meses más tarde, volví a tener carta suya: ¡Le habían escrito cientos de pioneros cubanos! Ela repartió aquellas cartas entre sus compañeros y dejó un pequeño grupo para ella. Se había convertido, de momento, en una activista de la amistad entre los pioneros de nuestras dos patrias.
Pero de todos modos, ella quería seguir carteándose conmigo, y comenzó a enviarnos sus informaciones y reportajes. Se convirtió entonces en una eficiente colaboradora del Semanario Pionero.
Con el paso de los años, nos sentimos más que amigos, hermanos, verdaderos hermanos a través de la distancia. Y un día me comunicó, con alegría, que había decidido dedicarse a mi profesión, la profesión, decía, de su hermano mayor.
La aceptaron en la Universidad de Minsk. Ya en primer año me escribía:
«Lo más interesante de los estudios no son las conferencias, sino la atmósfera de actividad creadora en que vivimos. Participamos en todos los actos de nuestra universidad. No nos perdemos ni un encuentro ni un suceso. De otro modo no puedo yo concebir mi vida, porque el periodismo no es una profesión, sino una forma de vivir, un estilo especial de existencia».
Y yo, contento de haber ayudado con mi aliento a tal relevo, por encima del océano.
Bonita historia, ¿verdad? Si la vida fuera una persona encargada de asignarle a cada quien la historia que le toca vivir, yo llegaría a la conclusión de que es una persona olvidadiza: me hizo vivir dos veces la misma historia.
Cuando Ela estudiaba su primer semestre universitario, recibí en la redacción una carta de la pionera de noveno grado Lisa Bicheva, de Leningrado: estudiaba español, le gustaba escribir y quería que la ayudáramos a tener amigos en Cuba.
Nuestra correspondencia siguió el mismo camino que la de Ela: Lisa también recibió un montón de cartas, se hizo colaboradora del Semanario Pionero y un sentimiento de hermandad nos brotó de misiva en misiva.
Lisa, que había nacido —linda coincidencia— un 8 de septiembre, también decidió estudiar Periodismo.
Pensé entonces que Ela podía ayudarla. Les escribí a las dos pidiéndoles que se conocieran, que compartieran sus inquietudes universitarias y sus aficiones, que son las mismas. Que se abrazaran como hermanas, porque tenían un hermano común: este cubano que nunca las había visto.
Así lo hicieron. Y un verano me llegó, de Leningrado, una carta a dos manos: «Terminamos bien este curso y pasamos ahora juntas las vacaciones. Paseamos, tomamos té, buscamos en las librerías obras de la literatura cubana en castellano… y te recordamos».