Veo a mi dueña alejarse. Solo diviso una espalda encorvada y unos frágiles brazos que sostienen dos maletas y la jaula de mi amigo Rey, un husky siberiano. Su silueta, debilitada por los años de historia que carga, se tambalea al avanzar con prisa, como si con ese ritmo quisiera dejar atrás el pasado y no solo el archipiélago. Antes de subir al taxi vuelve la mirada por un segundo hacia donde estoy, intento acercarme, pero un vecino sujeta mi correa y evita que siga a quien alguna vez fue mi refugio. Es el último recuerdo que tengo de ella.

No sé cuánto tiempo ha pasado desde aquel instante; probablemente un mes, si me guío por la señora que pasa con los mandados de la bodega.
“Qué sato más mugriento”, dice, aunque no entiendo a qué se refiere si solo estoy yo en la calle. Aun así, me arroja un pan que no dudo en devorar. Mis cenas se han convertido en aprovechar todo lo que cae al suelo, desde una croqueta mordisqueada hasta el trozo de pizza que un niño deja caer antes de recibir el regaño de su madre: “La comida está muy cara, no se puede desperdiciar, y menos por un simple animal”.
Me acerco a un charco; gracias a los días de lluvia he podido mantenerme hidratado. Al observar mi reflejo en el agua me percato de que debí bañarme bajo el aguacero de ayer. Mi pelaje, que siempre lucía limpio y peinado porque Carmen, mi antigua cuidadora, solía cepillarlo a diario, ahora está sucio y enredado. En ciertas partes me falta pelo y tengo marcas en el estómago; seguro fueron causadas por los golpes que me lanzó un borracho.
Con paso lento me dirijo hacia un portal, mi guarida durante estas noches. Es el único lugar del barrio del que no me han echado, quizás porque la casa está vacía; escuché decir que la familia está en la finca de una abuela que necesita cuidados. ¿Cuidar? Ya ni recuerdo qué significa esa palabra, mucho menos lo que es recibir el beneficio de ese acto. Mis días aquí no han sido tranquilos, a pesar de que me considero el protector de esta humilde morada. Los vecinos, al pasar, me lanzan miradas de desagrado; algunos arrugan la nariz e incluso se la tapan al verme. “Deja que vuelva Carlos, de un tirón te sacará”, me gritó Marcelo, un vendedor ambulante a quien mi dueña siempre le compraba pan de lunes a viernes. “Nada más los trae frescos esos días”, me decía Carmen mientras colocaba en una vasija la minúscula masa para que yo comiera.
Mi estómago gruñe; cierro los ojos para intentar olvidar el hambre. “¡Puchi!”, creo escuchar mi nombre a lo lejos. Había olvidado lo bien que se siente que alguien me llame.
—¡Puchi!—. El grito es tan fuerte que despierto de golpe; los rayos del sol me impiden distinguir la figura. Lentamente, mi vista se acostumbra y reconozco a la niña que vive a cinco casas de distancia de la que era mía, ahora agachada frente a mí.
—Puchi, ¿eres tú? ¿Qué te ha pasado? Estás irreconocible— susurra ella, y luego va a buscar a sus padres.
Observo con cautela, temiendo que me echen a patadas, pero ese momento nunca llega. Abren la puerta y me invitan a pasar. Entro. Al fin recuerdo lo que es ser cuidado por alguien.
Me encuentro en medio de mi recorrido diario con Carlos, el papá de la joven que me adoptó. Por un minuto me detengo y recorro con la vista la casita amarilla con grandes ventanas en la que viví por años. Por impulso corro hasta ella y araño el portón. No hay nadie. Ella ya no está; la mujer, con un rostro lleno de arrugas y una dulce sonrisa, me abandonó. Suelto un gruñido lastimero y vuelvo junto a mi paseador. Poco a poco el recuerdo de Carmen se desvanece; la imagen se transforma en la de una pequeña de diez años, de ojos inocentes. Ya no estoy solo.

