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Revolución

Asoma el Día de la Rebeldía Na­cional. Ese amanecer que en las calles de Santiago de Cuba y Ba­yamo cambió a una nación hace 73 años. Eran jóvenes, guiados por un líder que hasta el último momento guardó el secreto de la acción a dos de las fortalezas militares del país: los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

Foto: Tomado de X: Yuniel Espinosa Reyes

Vuelve a nosotros cada recuer­do. Las palabras de Fidel a quie­nes él mismo había seleccionado, minutos antes de salir de la Gran­jita Siboney; la patrulla que no se contaba pasaría a esa hora; el fuego cruzado desde la posta 1; la heroicidad de los grupos de apoyo en el Hospital Civil Saturnino Lora y el Palacio de Justicia; la falla del factor sorpresa y la orden sensata de retirarse para encontrarse lue­go en las montañas de la Sierra Maestra.

El Día de la Rebeldía Nacional encarna las esperanzas de un pueblo. En aquel 26 de julio de 1953 se expresaba en derrotar a la dictadura de Fulgencio Batista, construir una sociedad más jus­ta y sin tutelaje estadounidense y continuar una Revolución que Martí preparó en 1895, pero había quedado inconclusa hasta la Ge­neración del Centenario.

La celebración en seis días de esta fecha en Pinar del Río tam­bién implica orgullo y cubanía. Son tiempos muy duros y llenos de limitaciones, en los cuales un nuevo asalto revolucionario, esta vez de la mano de transformacio­nes económicas y sociales bien profundas, tiene el reto de de­mostrar que la sangre derramada por muchos jóvenes en el Monca­da no fue en vano.

Sobre aquella gesta, Fidel re­flexionó en varias ocasiones. La primera vez que lo hizo tras el triunfo de 1959 fue enfático: “…La Revolución no fracasará por ninguna contingencia, porque somos lo suficientemente fuer­tes para defenderla (…); porque tenemos a los guajiros con sus machetes (…); porque tenemos a los obreros, porque tenemos a los profesionales, porque tenemos a los estudiantes, porque tenemos a todo el pueblo, salvo unos cuan­tos egoístas, (…) que no tienen noción de lo que es la generosi­dad humana, ni el amor a sus se­mejantes, ni el amor a la patria”.

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