El 27 de noviembre de 1871 el pueblo cubano sufrió uno de los episodios más luctuosos de su historia, el fusilamiento de ocho estudiantes de Medicina de la Universidad de la Habana. Este oscuro hecho fue un escarmiento ejemplar que quiso dar España ante el auge de la insurrección, para desatar el terror y demostrar los extremos a los que podía llegar un sistema colonial que agonizaba. Era un momento en que las armas cubanas alcanzaban importantes victorias contra las fuerzas españolas.

Los alumnos del primer año de la carrera fueron acusados de profanar la tumba del periodista español Gonzalo Castañón Escarano. En un primer juicio, unos quedaron absueltos y otros tuvieron penas menores; pero la furia del Cuerpo de Voluntarios y la inmoralidad del gobierno colonial español se combinaron para anular la sentencia. En un segundo juicio, verdadera farsa caracterizada por la maldad, donde no se pudieron mostrar evidencias que probaran la acusación, de los cuarenta y cinco estudiantes juzgados, dos quedaron absueltos y se decidió condenar a ocho a la pena de muerte.
Los penalizados fueron seleccionados de forma arbitraria: cuatro que habían estado en el cementerio de Espada o de San Lázaro, como también se le llamaba, jugando con el carro que transportaba los cadáveres; un adolescente de 16 años que arrancó una flor y los otros tres sacados al azar, entre ellos, un estudiante que el día del incidente no estaba en La Habana. Ninguno de ellos había alcanzado 22 años de edad. De los otros treinta y cinco estudiantes, cuatro fueron condenados a seis meses de cárcel; veinte, a cuatro años y once a seis años.
Entre los condenados a seis años de prisión se encontraba Fermín Valdés Domínguez y Quintanó, quien había nacido en La Habana, el 10 de julio de 1853, es decir, tenía 18 años. Al año siguiente de los trágicos sucesos de noviembre de 1871, fue firmada la condonación de la causa por el rey Amadeo I, en Madrid, el 9 de mayo de 1872. Gracias a este indulto Fermín viajó a España donde terminó los estudios de Medicina. En la península ibérica se encontró con José Martí, su compañero desde la infancia en el colegio de San Anacleto que dirigía Rafael Sixto Casado García de Alayeto. Al conmemorarse el primer aniversario del fusilamiento, Fermín concibió la primera acción en defensa de los estudiantes de Medicina. Así pues, circuló en la capital española una hoja impresa que recordaba a los jóvenes cubanos fusilados; el documento, firmado por Fermín Valdés-Domínguez y Pedro de la Torre Núñez, fue escrito por José Martí.
Al año siguiente, 1873, Fermín publicó un emotivo e impresionante libro que tituló Los voluntarios de La Habana en el acontecimiento de los estudiantes de Medicina. Cuenta Fermín de una tarde fría en Madrid, cuando sentado junto a Martí en su mesa de estudio, él le daba los originales que Martí leía llorando; luego se abrazaron y Fermín concluyó el volumen con una sentencia: «libro que empieza el martirio, debe cerrarlo la poesía». En ese libro se incluyó el poema de Martí A mis hermanos muertos el 27 de noviembre. Luego salieron otras ediciones bajo el título El 27 de noviembre de 1871.
Fermín se incorporó a la Guerra Necesaria el 24 de julio de 1895, ese día desembarcó por punta Caney, Tayabacoa, en la costa sur de Las Villas. Viajó como miembro de la expedición del vapor James Woodall, luego renombrado José Martí, bajo el mando de los generales Carlos Roloff y Serafín Sánchez. Fue designado jefe de Sanidad del 4º cuerpo de Las Villas, el que comenzó a organizar el 11 de agosto de 1895. Estaba en la ciénaga de Zapata cuando fue herido en ambas piernas en un ataque de las tropas españolas. Asistió como representante a la Asamblea Constituyente de Jimaguayú, en septiembre de 1895, donde fue elegido subsecretario de Relaciones Exteriores. El 19 de diciembre de 1895 fue nombrado jefe de Sanidad del 1er cuerpo de Oriente. Destaca su trabajo como jefe de despacho del general Máximo Gómez Báez, terminó la guerra con grado de coronel.
Con el tiempo, el coronel médico realizó otras acciones que lo convirtieron en el verdadero reivindicador de sus compañeros asesinados. Además de las dos señaladas, realizadas en Madrid, destacan el encuentro con el hijo de Castañón quien le firmó una carta demostrando que el nicho, donde descansaban los restos de su padre, no había sido profanado; el descubrimiento del lugar donde fueron enterrados los ocho jóvenes; la creación de un monumento para guardar sus restos; las múltiples conferencias y conversatorios durante la República para recordar a los jóvenes, entre otras.

Es menos conocida la carta abierta que dirigió al español Tesifonte Gallego García. El ibérico había nacido en Ávila, región Arévalo de Montejo, en 1860. Doctorado en Derecho, se dedicó al periodismo y fue redactor de El Liberal y del Heraldo de Madrid. En 1885 llegó a Cuba y años después, en 1890, publicó la obra Cuba por fuera. En 1896 fue elegido diputado por el distrito de Pinar del Río. Más adelante, regresó a España, donde fue diputado por Huelva y Albacete. En aquellos años se mantuvo en su labor política hasta que, en 1910, fue nombrado director general de Agricultura, Minas y Montes del gobierno de Canalejas. Dos años después publicó el libro Memoria del director general de Agricultura, Minas y Montes. Por los servicios prestados, recibió la Cruz del Mérito Militar, falleció en Hellin (Albacete) el 19 de noviembre de 1918.
En 1897 Tesifonte publicó, en Madrid, el libro La Insurrección Cubana. Crónicas de la Campaña. La preparación para la guerra. El segundo capítulo del referido texto, titulado El grito de Yara, incluye el acápite Voluntarios y estudiantes, donde justifica el crimen al considerar que «en medio de tan grande excitación de las pasiones se fusilara a algunos de los estudiantes que profanaron el sepulcro de Castañón, un insigne patriota a quien asesinaron en Cayo Hueso el 31 de enero de 1871». Ante tal infamia, Fermín respondió con una carta abierta, documento que apareció publicado en el periódico Las Villas que circulaba en la manigua.
Vale subrayar que enviar cartas abiertas a los periódicos era costumbre de la época, así se establecían querellas que encontraban respuestas en los próximos números de los rotativos; además, constituían otra forma de promocionar la circulación y el interés por la prensa. Fermín va directo a la defensa de sus compañeros e inicia con estas palabras: «Hay un libro escrito y publicado por mí en La Habana, bajo el mando del general don Sabás Marín y titulado El 27 de noviembre de 1871 en el que he probado que en el cementerio de Espada nadie profanó la tumba de don Gonzalo Castañón, y hay en La Habana, en la necrópolis de Colón un monumento blanco erigido en memoria de los niños asesinados por los Voluntarios en donde se lee este epitafio: ¡Inocentes!, escrito allí por mi mano después de haber sacado de la fosa común —en terreno no sagrado— los restos de mis hermanos».
Luego comenta la declaración de Fernando Castañón, hijo de Gonzalo, en la que expresa su convencimiento de que no hubo tal profanación y que por eso oyó sus palabras en el cementerio de Espada, la mañana en la que se exhumaron los restos del periodista español y que su hijo estrechó la mano de Fermín. De inmediato le realiza una interrogante a Tesifonte: «¿Por qué usted al publicar en Madrid su nuevo libro […] miente y lanza cobarde injuria sobre la memoria de mis hermanos muertos?». Fermín conocía la acogida que habían tenido en España las tres ediciones de su libro; en consecuencia, resultaba poco probable que Tesifonte, en su condición de escritor y político que había radicado en Cuba y publicado un libro anterior sobre la Isla, no conociera el texto de Fermín; por eso, el patriota cubano lo criticaba y afirmaba que, para defender la dominación, era preciso mentir.
Continúa Fermín denunciando a los responsables directos de los hechos: el gobernador político Dionisio López Roberts y Romualdo Crespo de la Guerra, quien firmó la sentencia. Asimismo, acusó a los diez mil voluntarios que, desde los alrededores de la cárcel, como lobos, pedían carne fresca. Luego insistió en cumplir su misión de vengar a sus hermanos y castigar a los viles de ayer, que eran los cobardes de hoy. Más adelante, se refirió al evidente objetivo del escritor español, es decir, buscar aplausos y dinero entre las turbas de La Habana, entre los voluntarios asesinos, e insistió en que mentía, porque ello convenía a su especulación; todo lo anterior formaba parte del juego para satisfacer a aquellos que habían gritado reclamando «¡carne fresca!»; también destacó la bochornosa pena del escritor ibérico por no haber podido estar aquella noche luctuosa del 27 de noviembre de 1871.
Más adelante llama a Tesifonte especulador vulgar, y le duele que no fuera suficiente hombre para poder pedirle cuentas por su vileza. Apela a la ética del escritor, ausente en Tesifonte, a quien «[…] no debo permitir que se mienta así para medrar faltando de ese modo al decoro del escritor público, y que se quiera llevar a la historia páginas zurcidas con saña y cobardía».
Destaca la precisión del patriota cubano al escoger las palabras exactas con que describió al español y su texto; lograba así un punto medio de términos publicables, pero que expresaran de forma adecuada, con vigor y valentía, su sentir patriótico, su clara posición con respecto a la verdad. Fermín fue meridianamente justo y no consideraba que todos los españoles fueran iguales; por eso, señalaba a los hispanos honrados que, en España y en Cuba, habían estado a su lado, ayudándolo en su obra de reivindicación. También recordó a aquellos que se habían sentido avergonzados ante el monumento erigido a la memoria de las víctimas. Llamaba a esa guerra reparadora y justa, y tenía fe en que todas las cuentas quedarían liquidadas.
Otro mérito de la carta es que, con toda justicia, Fermín recordaba al pobre y valiente soldado español que luchaba y caía con heroísmo en los campos de Cuba, y criticaba a Tesifonte, que se olvidó de ese soldado de fila, su coterráneo, que había llegado a tierras caribeñas a defender los ideales de la metrópoli. Como colofón, puso en solfa al escritor español al terminar su epístola con una sentencia: «Para expresar el desprecio que me merecen los que como usted piensan —y sólo para eso— escribo ahora».
Acerca del autor

Dr. C. Ricardo Hodelín Tablada*
Médico e Investigador histórico. Doctor en Ciencias Médicas. Académico Titular de la Academia de Ciencias de Cuba. Neurocirujano del Hospital Provincial Clínico Quirúrgico Docente “Saturnino Lora”. Santiago de Cuba. Miembro de la Uneac, de la Unhic y de la Scjm.

