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No puede fallar ningún eslabón

Si la bancarización en Cuba se hu­biera implementado respetando su diseño original, quizás no sería tan cuestionada por gran parte de la po­blación, que reconoce las ventajas y las facilidades que les brinda a las personas naturales y jurídicas en materia de relaciones financieras.

No es ocioso recordar que cuando fue presen­tada, el Banco Central de Cuba remarcó que se iría implementando en la misma medida en que las diferentes instituciones fueran creando las condiciones materiales, que, por supuesto, inclu­yen el soporte tecnológico, cajeros automáticos y equipos de puntos de venta (POS).

Uno de los asuntos que más tiene en contra fue la imposición del salario en tarjetas magnéticas a trabajadores de la agroindustria azucarera y de otros sectores con residencias y puestos de trabajo en zonas remotas, donde las transacciones comer­ciales siguen siendo en efectivo.

He participado en varios debates sobre el tema y los afectados han explicado cómo ese proceder les alteró su sistema de vida, de traba­jo y hasta nervioso. Para acceder al salario deben salir de los campos productivos, pero escasea el transporte y cuando aparece es bastante caro; en otras oportunidades después de recorrer muchísi­mos kilómetros por caminos malos llegan a la ciu­dad y a veces los bancos no tienen fluido eléctrico o se cayó la conexión, y la existencia de efectivo es casi siempre muy poca.

Cuentan que es un día agotador e improducti­vo, y aunque la ausencia al puesto laboral no cla­sifica como indisciplina, por esas horas perdidas no reciben remuneración de ningún tipo.

Y como si fuera poco, en los mercados, tiendas y puntos de venta hay dueños que no aceptan el pago de sus ofertas mediante las pasarelas digita­les legalmente establecidas, ponen solo la opción de transferencia o la condicionan a determinadas cantidades de dinero, y hay casos en que les im­ponen multas que implican un egreso superior al valor de lo comprado.

¿Argumentos o ardides? Tratan de justificar la violación de la legislación vigente que ampa­ra jurídicamente esta práctica que es universal, y se parapetan en la negativa de los proveedores a aceptar el pago digital y en que el acceso a las divisas es en el mercado subterráneo. Enun­cian la imposibilidad de sostener sus emprendi­mientos en estas condiciones.

Lo cierto es que la bancarización tiene que funcionar como un sistema, no puede fa­llar ninguno de sus eslabones, y el chequeo y el control sistemático deben trascender el co­mercio minorista y poner bajo las mismas re­glas a los mayoristas.

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