Concluyó Ojo de agua y comenzó Entre aguas. Como ocurre desde hace décadas con cada telenovela cubana de estreno, la comparación entre una y otra no se hizo esperar. Apenas bastaron los primeros capítulos para que aparecieran los inevitables balances y las expectativas. Es una reacción natural frente a uno de los espacios televisivos que todavía consigue reunir a millones de personas alrededor de una misma historia.
Se mantiene el viejo hábito nacional: comentarlas. Durante mucho tiempo esas conversaciones tuvieron como escenario las paradas de ómnibus, los centros de trabajo, las colas y los barrios… Hoy buena parte de ese intercambio se ha trasladado a las redes sociales, en las que se han conformado auténticos foros de discusión.

Allí se debate sobre actuaciones, guiones, conflictos, personajes y, sobre todo, sobre la telenovela que cada cual quisiera ver.
Conviene, sin embargo, hacer una precisión. Sería un error identificar esas opiniones con la totalidad del público. La teleaudiencia cubana está lejos de ser una masa uniforme. Existen generaciones distintas, gustos diferentes, expectativas incluso contrapuestas. Hay espectadores que desean historias más tradicionales; hay quienes celebran los intentos de renovación; otros privilegian la factura visual o los que conceden mayor importancia a la fuerza del relato.
Las redes sociales amplifican determinadas voces, pero no sustituyen la complejidad de un público mucho más diverso.
Aun así, Ojo de agua deja enseñanzas interesantes. La novela intentó apartarse de esquemas habituales del melodrama, especialmente en la construcción de determinados personajes y en la manera de distribuir las responsabilidades morales entre héroes y antagonistas. Ese riesgo creativo merece ser reconocido, porque ningún género permanece vivo si renuncia a renovarse.
No obstante, también quedaron a la vista problemas de escritura y de concepción dramática. Hubo conflictos que se prolongaron más de lo necesario, personajes cuyo comportamiento resultó poco convincente, situaciones que rozaron la inverosimilitud y un desarrollo narrativo que, por momentos, perdió cohesión.
Esos aspectos fueron señalados por numerosos espectadores y constituyen observaciones legítimas sobre una obra que aspiraba a dialogar con un público amplio.
Muchos sintieron que la producción se alejaba de ciertos códigos que históricamente han definido la telenovela. No se trata de reglas inamovibles que prefijen la calidad artística de una obra, sino de convenciones que permiten al espectador reconocer el género, sentirse cómodo dentro de él y establecer una relación emocional con la historia.
Este no solo propone conflictos; también ofrece un espacio de descanso, de identificación y de acompañamiento en medio de la rutina cotidiana.
Ese debate conduce a una pregunta más amplia: ¿qué telenovela necesita hoy la Televisión Cubana? La respuesta difícilmente será única. Lo que sí parece indispensable es avanzar hacia estándares de calidad, tanto formales como conceptuales, que otorguen mayor coherencia a ese espacio de ficción.
No se trata de uniformar las propuestas ni de limitar la libertad de los autores, sino de consolidar una cultura de realización donde el rigor dramatúrgico, la dirección de actores, el ritmo narrativo, la puesta en escena y la factura audiovisual respondan a niveles de excelencia.
Ese propósito, además, debe analizarse desde las circunstancias concretas de la Televisión Cubana. Hoy producir este tipo de programa en el país supone enfrentar limitaciones económicas, dificultades tecnológicas, carencias de recursos materiales y un contexto social particularmente complejo. Mantener un espacio estable de ficción nacional en esas condiciones constituye, por sí mismo, un esfuerzo que merece reconocimiento.
Precisamente, porque el panorama es tan adverso, resulta aún más valioso que la Televisión insista en contar historias propias y sostener un género que forma parte de la memoria afectiva de varias generaciones. Ese esfuerzo no debe ser minimizado, aunque tampoco excluye lo indispensable de aspirar siempre a una mayor solidez artística y narrativa.
La experiencia de otras industrias televisivas demuestra que es posible construir estándares de calidad. El caso brasileño suele citarse porque, más allá del éxito mayor o menor de cada producción, existe una continuidad en los procesos de escritura, realización y producción que el público identifica con claridad. Cuba no dispone de esos recursos materiales ni responde al mismo esquema industrial, por lo que cualquier comparación debe hacerse con cautela. Pero justamente por eso resulta ineludible definir, desde nuestras propias posibilidades, principios dramatúrgicos y de realización que fortalezcan la identidad de la telenovela cubana sin limitar la libertad creativa de sus autores.
En ese empeño hay una certeza que no debería perderse: la Televisión Cubana necesita seguir contando nuestras historias; nacidas de nuestra realidad, de nuestros conflictos, de nuestros afectos, de nuestras maneras de hablar, de nuestras familias y de nuestros modos de entender el amor.
Puede dialogar con los problemas del presente e incluso contribuir a generar reflexión sobre ellos, pero no está llamada a sustituir al periodismo ni a convertirse en una crónica permanente de las urgencias nacionales. Su territorio natural sigue siendo el melodrama, las pasiones humanas y las emociones que han convertido al género en uno de los más populares de la Televisión.
Tal vez esa sea la principal lección que deja el intenso debate suscitado por Ojo de agua. Más allá de las críticas puntuales, la reacción del televidente demuestra que la telenovela cubana sigue importando. Pocos programas ocasionan hoy semejante nivel de conversación, de análisis y hasta de polémica. Esa vitalidad es una fortaleza que la Televisión no debería desaprovechar.
Entre aguas comienza su recorrido. Todavía es demasiado temprano para emitir juicios concluyentes sobre una historia que apenas inicia sus conflictos. El tiempo dirá cómo logra transitar en medio de tantas demandas y si consigue encontrar ese delicado equilibrio entre la necesaria renovación del género y la esencia que buena parte de los espectadores continúa esperando este producto televisivo.

