
La participación de los sindicatos y la Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores (Anir) en las transformaciones aprobadas por el Gobierno no puede ser mecánica ni lineal. Es necesario ponerle la impronta de efectividad que requieren, pero primero hay que conocerlas a fondo para explicarlas y compartirlas, abiertos a nuevas ideas o soluciones donde se presenten.
Las preocupaciones mayores están relacionadas con el impacto de esas medidas en el sector presupuestado y la población jubilada, así como con la urgencia de resolver la galopante inflación, la bancarización real en todas las áreas económicas, la fortaleza de la empresa estatal en igualdad de condiciones a la privada y el aprovechamiento al máximo, tras quitarse ataduras burocráticas, de la producción agrícola, el turismo, el comercio y la inversión extranjera. Por ahí deben estar también las coordenadas guías del trabajo sindical.
Por supuesto, no olvido que la labor con todos los actores económicos, especialmente el privado, sigue siendo prioridad no para aumentar únicamente el número de afiliados a la organización. Una representación certera y la pelea por derechos conquistados en la Revolución que quizás alguien intente violar en medio de ríos revueltos, serán imprescindibles para preservar lo que tanto abogó Lázaro Peña: “el sindicato tiene que actuar con criterio propio, (…) para tener autoridad moral, para exigir deberes y derechos”.
La ruta escabrosa de la que hablamos estará llena de no pocas contradicciones y también de esos buenos ejemplos, de esos héroes anónimos y de los que portan sus sellos; de esa juventud creativa, de obreros, intelectuales y campesinos que aspiran a vivir en una Cuba mejor. ¿El Congreso acabó o acaba de empezar otro?