Hay historias que la política insiste en complicar y que la cultura, con una naturalidad admirable, se empeña en simplificar. Pocas expresiones lo demuestran mejor que el jazz, ese lenguaje universal que, desde hace más de un siglo, ha tejido una sólida red de vasos comunicantes entre Cuba y Estados Unidos, resistente a bloqueos, tensiones diplomáticas, campañas de hostilidad y cambios de administraciones en Washington.
No deja de ser una hermosa coincidencia que, cuando en Estados Unidos se celebran los 250 años del Día de la Independencia, La Habana vuelva a convertirse en escenario de un abrazo musical. Este 2 de julio, la Plaza de San Francisco de Asís, en el Centro Histórico, acogerá un gran concierto encabezado por el saxofonista César López y un grupo de invitados que volverán a demostrar que la buena música no entiende de fronteras ni de prohibiciones.

No se trata de ingenuidad. La historia entre ambos países dista mucho de ser un idilio. Desde que Cuba conquistó su independencia formal, sucesivos gobiernos estadounidenses han intentado condicionar, tutelar o, sencillamente, controlar el destino de la mayor de las Antillas, esa estratégica Llave del Golfo cuya posición geográfica siempre despertó apetitos imperiales. La ocupación militar, la Enmienda Platt, las agresiones, el bloqueo económico y las permanentes políticas de presión son capítulos demasiado conocidos como para ignorarlos.
Pero precisamente por eso adquiere mayor valor el otro relato: el que han escrito los artistas.
El jazz no sería lo que es sin Cuba. Tampoco la música cubana sería exactamente la misma sin el intercambio permanente con los músicos estadounidenses. Desde comienzos del siglo XX, los puertos de La Habana, Nueva Orleans, Tampa y Nueva York fueron escenarios de un diálogo sonoro incesante.
Mario Bauzá abrió caminos decisivos al incorporar los ritmos afrocubanos al jazz moderno. Machito y sus Afrocubans revolucionaron las grandes orquestas. Luego llegaría el histórico encuentro entre Dizzy Gillespie y Chano Pozo, cuyo resultado fue “Manteca”, una obra fundacional del llamado jazz afrocubano y una de las piezas más influyentes del siglo XX. Aquella descarga no solo mezcló ritmos; confirmó que dos culturas podían dialogar desde la igualdad creativa.
La lista resulta interminable. Bebo Valdés, Chico O’Farrill, Arturo Sandoval, Chucho Valdés, Gonzalo Rubalcaba, Paquito D’Rivera, Irakere… Todos, desde posiciones y trayectorias diversas, han dejado una huella profunda en la evolución del jazz mundial. Del otro lado aparecen nombres imprescindibles como Charlie Parker, Thelonious Monk, Miles Davis, Herbie Hancock o Wynton Marsalis, músicos que encontraron en la riqueza rítmica cubana una fuente permanente de inspiración.
Hoy ese intercambio continúa. Jóvenes instrumentistas cubanos colaboran con universidades, festivales y agrupaciones estadounidenses. Músicos de ambos países siguen compartiendo escenarios, grabaciones y proyectos, incluso cuando la política intenta levantar nuevos muros. Cada concierto conjunto desmiente la narrativa de la confrontación inevitable.
Por eso el encuentro de este 2 de julio posee una carga simbólica que trasciende lo estrictamente artístico. César López y sus invitados no solo ofrecerán un excelente concierto. También recordarán que existen espacios donde el respeto mutuo resulta mucho más productivo que la prepotencia, y donde el diálogo sustituye a las sanciones.
La cultura no resuelve por sí sola los conflictos entre los Estados. Sería ingenuo afirmarlo. Pero sí demuestra algo esencial: que la convivencia es posible cuando prevalece el reconocimiento de la dignidad del otro. Quizás ahí radique una de las mayores lecciones del jazz.
Improvisar no significa actuar sin reglas. Significa escuchar al otro, respetar sus tiempos, aportar la propia voz sin intentar silenciar las demás. Esa filosofía, que ha permitido a músicos cubanos y estadounidenses crear algunas de las páginas más brillantes de la música contemporánea, podría servir también como referente para una relación bilateral que lleva demasiado tiempo desafinando.
Cuba nunca ha renunciado a defender su soberanía. Tampoco ha dejado de tender la mano al pueblo estadounidense, con el que comparte mucho más de lo que algunos discursos políticos están dispuestos a admitir. Entre ambos existen lazos familiares, académicos, deportivos y culturales imposibles de borrar.
El jazz lleva décadas recordándolo con la mejor elocuencia: la de las notas musicales. Mientras la política insiste en levantar barreras, un saxofón, un piano, una tumbadora y una trompeta siguen encontrando el camino para conversar.
Quizás ese sea el verdadero mensaje que, en medio de las celebraciones por los 250 años de la independencia estadounidense, resonará esta noche en la Plaza de San Francisco de Asís: que ningún proyecto de dominación puede borrar los puentes que los pueblos construyen cuando hacen de la cultura un territorio de libertad.