Hanoi, 27 de junio del 2026
Por estos días hace 40 años, ya habíamos concluido el curso escolar 1985 – 1986, por lo que como buenos estudiantes adolescentes estábamos a punto de salir de vacaciones y prepararnos a disfrutar del mundial de Fútbol a celebrarse en México y como buena fanaticada seguiríamos cada detalle desde el primer puntapié que se diera en ese verano. De repente recibimos la visita del Gallego Fernández (José Ramón Fernández, Ministro de Educación en Cuba por aquellos tiempos), las cuales eran bastante frecuentes a la escuela, pero esta vez nos reunieron a todos en el área de formación y él nos habló con ese tono que nos hablan los padres cuando tienen que conversar algo muy importante con sus hijos.

El Gallego Fernández junto a la Directora de la escuela Alida Torres nos estaban “consultando” si estábamos de acuerdo con retrasar la salida a casa por uno o dos días más. La razón era que el COMANDANTE EN JEFE nos había prometido visitar la escuela que había sido declarada Vanguardia Nacional ese año y lo habíamos estado esperando todo el curso y él quería cumplir con nosotros, pero se había interpuesto una tarea impostergable, por lo que nos pedía, a nosotros niños de entre 11 y 14 años permiso para poder retrasar nuestro encuentro por uno o dos días más.
Cuanta grandeza la del Comandante y la del Gallego, pedir permiso a niños en edades adolescentes!!! Por supuesto que la respuesta no se hizo esperar, todavía resuena en mis oídos aquel Siii a coro que ni la mismísima Carmen Rosa López hubiera logrado en un coro de 300 niños totalmente improvisado. Soy incapaz de recordar la fecha de la visita del Gallego, pero lo que si puedo asegurar es que el 5 de julio de 1986 tenía delante de mí al GIGANTE de las 7 leguas conversando en medio de un campo de melocotones sobre las 11:00am preguntándonos que estábamos haciendo porque por nuestras caras y sonrisas lo menos que estábamos haciendo era trabajando en el campo.
Hago una pausa para decir que estudié en una Esbec: Escuela Secundaria Básica en el Campo, donde la idea fundamental era seguir el principio de Martí de combinar el estudio con el trabajo en sesiones alternadas. Por lo general los grados iniciales y último se iba al docente en la mañana y trabajar en el campo en la tarde el primer semestre y el segundo se alternaba, esta sin dudas era la variante más agotadora.
Por suerte el día de la visita, después del trabajo en el campo la salida era directo para nuestras casas a comenzar el ciclo de vacaciones merecidas por haber concluido el curso escolar. Hecha esta pausa aclaratoria, retomo el intercambio, recuerdo que a mi lado estaba Yuzimí González, la Jefa de trabajo por el colectivo Pioneril a ella el COMANDANTE EN JEFE le preguntó si había visto en las noticias la inauguración del nuevo centro de investigaciones y ella muy intrépida respondió que si, uno que estaba en Artemisa, ahí mismo el Comandante en tono jocoso le pregunto cuál era el periódico que ella leía, porque el Centro lo habían inaugurado en el oeste de la ciudad y ese fue el inicio de una conversación que con mis 11 años sería incapaz de entender y que solamente me hizo prometerme a mi misma que era allí y solo allí donde me iría a trabajar toda vez terminados mis estudios universitarios.
El tiempo que estuvimos conversando con el Comandante tampoco lo recuerdo, lo que sí quedó grabado en mi mente además de aquella auto promesa fueron sus manos, esas que años después quedaron inmortalizadas por el gran pintor ecuatoriano y amigo de Fidel: Oswaldo Guayasamin. Posterior a la visita en el campo, Fidel fue a las áreas deportivas y allí dicen que jugó un poco de pelota, basket y volleybol. Al pobre muchacho que le tocó pitchearle se le aflojaron las piernas pensando que pudiera pasar si le daba al Comandante un deadball.
Dicen que Fidel parecía de la misma edad que los muchachos, solo su uniforme de verde olivo y su estatura física lo distinguían de toda la muchachera que lo acompañaba. Pasó el mundial y las vacaciones del 86, Argentina campeón, pasaron los años de la secundaria, del pre “Ernesto Che Guevara”: Ceiba 1. Allí tuve un Profesor de Biología que nos habló de los priones y un día nos dejó de tarea buscar si en Cuba se trabajaba en esa dirección; razón por la cual ni corta ni perezosa me aparecí por primera vez en la Garita 1 del CIGB. Llegando hablé con la que después se convertiría la abuela negra de mis hijas: Mechu. Cuando ella vio que una estudiante de pre se le apareció con aquel desenfado preguntando por los Priones, no hizo otra cosa que llamar al profe Cremata.
El Crema al que años después dedicaría mi tesis de doctorado, por la candidez y ternura con la que me explicó que en el CIGB no trabajaban con priones, sino con las modificaciones del ADN para expresar proteínas recombinantes que después se convertirían en productos para la salud humana. En ese momento tampoco entendí nada, pero fue otra de las razones por las que me convencí que ese y no otro, era el lugar al que regresaría un día a trabajar.
Al fin llegó la universidad y con ella el primer anuncio de Periodo especial, razón no del todo suficiente para entrarle con ganas a los estudios universitarios curriculares y extracurriculares. La profe de entonces y amiga después para toda la vida Odette Hernández agrupó a unos cuantos muchachos dispuestos a vincularse a un curso de Biología Molecular que impartiría el ingeniero Emilio Margolles; con el tiempo supe que la Biología molecular podía ser cosa no solo de los ingenieros, sino también de físicos, cualquiera de las especialidades nucleares, matemáticos, siempre y cuando se cumpliera con dos requisitos: amar la biotecnología y tener buenas manos.
Cursaba el primer año y en enero del 92 me fui al Biocen a hacer mis primeras prácticas laborales, después de un viaje interprovincial encontré un lugar recién acabado de inaugurar, allí estuve 15 días, pero no fueron suficientes para seducirme y abandonar la idea central de esta crónica varias veces contada pero nunca plasmada en un papel. Iniciaba el mes de febrero de 1992 y llegó el día de la primera vez en el CIGB. Su magnánima entrada con sus jardines bien cuidados, el lobby abierto con las esculturas de Sosabravo, entre cristales con sus rojos asientos de entonces, en medio de un silencio ancestral y sobrecogedor como si allí no trabajara nadie, ese que te absorbe y te enamora tal cual un amor a primera vista que después, aunque te sea infiel no puedes deshacerte de él.
Nos llevaron a lo que se conocía por la pecera, allí estaban los equipos de última generación, también el hermano de un amigo del pre que nos contaba de sus hitos científicos en Japón y que después tuve el honor de conocer y trabajar con él. Durante la etapa estudiantil universitaria transité por varios temas de investigación como la encapsulación de enzimas para introducirlas en procesos industriales del azúcar y hacerlos más factibles, la fermentación de la proteína recombinante BM86: principio activo de la vacuna contra la garrapata GAVC y por último la tesis la hice en la fermentación del EGF en los tanques agitados de la planta de fabricación que estaba iniciando su puesta en marcha en el CIM, porque resulta que cuando llegué al quinto año en el CIGB no tenía plaza para quedarme.
Tuvo el destino a bien de regalarme la oportunidad de que José Brito me llamara por teléfono por el mes de junio diciéndome que había una plaza vacante, el único inconveniente era que el tema de trabajo no era el mismo que el que me venía preparando en mi época de estudiante, la decisión no se hizo esperar, pues ya desde aquel entonces era novia del que después se convirtió en mi pareja de toda la vida.
El 19 de julio de 1996, mi sueño se haría realidad, oficialmente Jorge Seoane el fotógrafo del CIGB me tomó la foto que llevaría en el solapín que me identificaba como trabajadora del CIGB, ese mismo día entraron Santiago Dueñas, hoy vicepresidente de BCF y Gillian Martínez Gerente del Proyecto Jusvinza, por varios años seríamos colegas de trabajo en la ciencia y en los negocios, hasta que con el paso del tiempo otras misiones nos serían designadas para seguir caminos diferentes, pero siempre dentro de BioCubaFarma.
Han pasado casi 30 años y cada día agradezco a FIDEL haberme comentado por primera vez de lo que sería el CIGB, a esos agradecimientos se suman los de haber tenido la oportunidad de trabajar con personas tan admiradas y queridas que lamentablemente han pasado a otra dimensión como Cremata, Tony Enriques, Raúl Díaz, Emilio Narciandi, tres excelentes ingenieros de los cuales aprendí muchísimo, Jorge Gavilondo excelente científico y fotógrafo del cual seguiré siendo su aprendiz de por vida.
Este miércoles 1 de julio del 2026, mis primeros pensamientos sin dudas serán para el CIGB, estar a más de 15000 km de distancia nos compromete cada día más a entregar nuestros esfuerzos, no solo al CIGB, sino también a todos los centros que forman parte de BioCubaFarma. Agradeceré en silencio a cada uno de los que ha aportado en mi formación, no menciono nombres, ellos y ellas saben quiénes son.
Por supuesto pensaré también en el Heroico Pueblo de Cuba motor impulsor de todas las horas entregadas en cada uno de los proyectos que he estado y estoy involucrada. El día de trabajo lo iniciaré colocando unas flores dedicadas a FIDEL en la planta de melocotón sembrada en la entrada de la Empresa Genfarma* que es donde trabajo hoy representando a BioCubaFarma y mientras coloque las flores repetiré:! Felicidades en tus 40 CIGB!.
Miladys Limonta Fernández