Madres, heroínas de la tragedia en Venezuela

Madres, heroínas de la tragedia en Venezuela

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Alejandra García Elizalde, (Publicado en Cubaperiodistas)

 

Diez días antes de la trage­dia en Venezuela, mi madre me hizo llegar una agenda. En la primera página, con su puño y letra, se lee: “‘Extra­ño tu mano en la mía, como un sapito dormido’. Esto lo escribí cuando tú naciste. En ello pensaré cuando cierre los ojos por última vez”.

 

foto: Telemundo

 

El pasado 24 de junio, la geografía venezolana crujió bajo el impacto sucesivo de dos terremotos de magnitud 7.2 y 7.5. Tras el estruendo, el polvo y el pánico, mi primer instinto fue marcar su núme­ro. Al escuchar su voz al otro lado de la línea, a miles de kilómetros de este desastre, le dije una certeza dolorosa: “Mamá, muchos no podrán llamar hoy a sus madres para decirles que están bien”.

Más de 300 réplicas han sucedido luego de esa lla­mada, que nos recuerdan que el suelo continúa en movimiento.

Hoy, Venezuela es un país que se mide en pérdi­das. La cifra oficial de fa­llecidos ya asciende a 920. Los cuerpos se acumulan en las aceras; los servicios funerarios han colapsado y el dolor no cede. En una es­quina, una imagen desgarra el alma de los presentes: el cuerpo inmóvil de una mu­jer embarazada a término, cubierto apenas por una sá­bana blanca. No logró salir de su edificio a tiempo.

Sin embargo, las cifras de muertes podrían haber sido aún más abrumadoras de no ser por esas madres que fueron el muro de contención de sus hijos, mientras los edi­ficios se venían abajo.

Todo un país está cons­ternado por la historia de Andrea, esposa del conocido futbolista local Héctor Bello. Cuando las paredes de su hogar comenzaron a ceder a las 6:05 de la tarde, ella no buscó la salida; buscó a su hija de dos años. Andrea se convirtió en una bóveda de carne y hueso. El edifi­cio colapsó, pero su cuer­po absorbió el impacto del concreto. Horas después, los socorristas sacaron de entre los escombros a la pequeña, viva y milagrosamente ile­sa. Andrea entregó su vida a cambio de la de su hija.

El heroísmo materno no es una metáfora; es una realidad en esta tragedia. Un bebé de tan solo 18 días de nacido sobrevivió un día entero bajo toneladas de es­combros. Cuando los bom­beros lograron rescatarlo, el país entero contuvo la res­piración. Noventa minutos más tarde, exhumaron de la oscuridad a su madre. Ella, herida y asfixiada, había sido el pulmón exterior de su criatura, manteniéndola a salvo de la nube de polvo.

En el octavo piso de otra estructura colapsa­da, los equipos de rescate alcanzaron a una niña pe­queña. Al tenerla en brazos, un rescatista le preguntó con voz quebrada si estaba sola. “No, con mi mamá”, respondió. Al indagar dón­de estaba ella, la niña sen­tenció: “Está morida”. Su madre la había protegido hasta el último segundo de conciencia.

Para los que quedan, el trauma es una herida abierta. Mateo, un niño res­catado de las ruinas, repite a los psicólogos una frase que congela la sangre: “Mi mamá dejó de respirar a las 7:30 de la noche. Cerró los ojos al lado mío”. Como él, cientos de infantes deam­bulan hoy en la orfandad, sobrevivientes gracias a que sus madres decidieron ser sus escudos.

La tragedia venezola­na también tiene eco inter­nacional. En los listados no oficiales de desesperación que circulan en redes, se re­porta la desaparición de más de 29 ciudadanos cubanos. Entre ellos, los hermanos Vanessa y Dayan Martínez, cuyo rastro se perdió en la devastada costa de La Guai­ra. Familias enteras al otro lado del mar, especialmente las madres, miran el teléfo­no esperando el milagro que no llega.

Pero en medio de este panorama de morgues im­provisadas y llanto, como el de aquella otra madre que camina descalza sobre las ruinas gritando por su hijo Jorge, atrapado bajo el peso de lo que fue su hogar, la vida insiste.

Hace unas horas, un vi­deo grabado con un teléfo­no celular se viralizó entre los rescatistas. En medio de un campamento impro­visado, rodeada de polvo y escombros, una mujer dio a luz asistida por los brazos solidarios de otras mujeres. El llanto del recién nacido, fuerte, agudo y desafian­te, rompió el silencio de la muerte. Es la vida abriéndo­se paso a empujones.

Es imposible no pen­sar en estos momentos en la canción de Silvio Rodrí­guez que hoy se vuelve pro­fecía y bálsamo en estas ho­ras de absoluta oscuridad: “Venezuela está pariendo un corazón”.

Al final del día, cuando el sol se oculta y las répli­cas vuelven a estremecer las carpas de los refugiados, uno comprende que la diferencia entre los vivos y los muertos tras estos terremotos es un asunto de azar. Unos tuvie­ron suerte, otros no.

Antes de cerrar los ojos esta noche, vuelvo a mar­car el número de Cuba. Escucho su voz. Soy de las afortunadas. Hoy puedo decirle que estoy a salvo, mientras camino sobre el suelo de un país donde las madres siguen sosteniendo la vida.

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