A Ibis Villa Millán no le regalaron nada. Llegó a la CPA “Primer Soviet de América” en 2002 y, antes de que su voz se convirtiera en guía, sus manos fueron números. Como contadora principal por cuatro años y económica por ocho se aprendió la tierra desde los balances.
Cuando en 2015 fue nombrada presidenta, ya se había ganado el único título que importa en un colectivo donde más del 90 por ciento son hombres del campo: el respeto.
“No es fácil- confiesa sin adornos- pero siempre he tenido el acompañamiento y el seguimiento de cada uno de ellos, de otra manera no lo hubiésemos podido lograr”.
En esa frase no hay queja, lo que se refleja es el orgullo de quien ha transformado la cooperativa, de base cañera, al redimensionar los cultivos y procurar mejores salarios.
Diversificar producciones y sembrar posturas de frutales se une a otras acertadas decisiones como las de tender puentes sociales: pagar a los jubilados, asistir al hogar materno y al círculo infantil las que, lejos de ser accesorios en su concepto de dirección, se convierten en razón de ser.
Ibis no está sola. Lo dice con la certeza de quien ve crecer a otras mujeres sagaces en la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños municipal y provincial.
Sabe que cada paso que da en el surco o en una reunión del Consejo de Estado es un mensaje directo a la hija que la mira como a un ídolo.
«Mi mayor compromiso es con ella, formar a esa mujer para que el camino que tome también sea de compromiso y agradecimiento”. En ese legado íntimo se resume su épica.
Con medallas como la Antero Regalado y la Romárico Cordero en el pecho, esta mujer de 52 años demuestra que el verdadero heroísmo no está en alzar la voz, sino en sostenerla con una gestión que cuida, produce y no olvida que viene de un hogar humilde pero con enseñanzas de laboriosidad y patriotismo.
En la tierra que ocupa la CPA Primer Soviet de América la presidenta para accionar no pide permiso: inspira.