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Todo fidelidad

 

Fragmentos de las palabras del General del Ejército Raúl Castro Ruz pronunciadas el 24 de febrero del 2018, al conmemorarse el aniversario 123 del reinicio de la Guerra Necesaria por la independencia nacional, fecha en que se le entregó el Título Honorífico de Héroe del Trabajo de la República de Cuba, a tres hombres imprescindibles de la Revolución cubana: José Ramón Machado Ventura y los Comandantes de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez y Guillermo García Frías

(…) Ramiro Valdés Menéndez se incorporó desde muy joven a la lu­cha revolucionaria. Participó en la Marcha de las Antorchas en enero de 1953 y en julio del propio año en el asalto al cuartel Moncada, donde resultó herido. Cumplió prisión en Isla de Pinos y exilio en México, in­tegrándose a la expedición del yate Granma.

Foto: Joaquín Hernández Mena

En la Sierra Maestra intervi­no en múltiples combates. Participó junto al Che en la invasión a Occi­dente como segundo jefe de la Co­lumna no. 8 Ciro Redondo.

Desde el triunfo revolucionario ha ocupado importantes cargos, en­tre los que destacan el de ministro del Interior en dos ocasiones y vice­presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, responsabilidad que hoy ocupa. Es miembro del Buró Po­lítico del Partido.

Pueden añadirse muchas cosas de cada uno de ellos en esta ocasión, pero en el caso de Ramiro siempre le he admirado que es el único de todos nosotros que, además de aquellos pasos unos meses antes del Monca­da en que bajo la dirección de Fidel desfilamos en la primera Marcha de las Antorchas —hizo recientemen­te 65 años—, fue herido en la toma de la posta principal del ataque al Moncada con un plomazo que le entró por el talón y se le alojó en la planta del pie. Cuando nos unimos o nos unieron en el Vivac de Santia­go de Cuba, me mostró la sangre de los calcetines, pero no sabía dónde estaba el plomo. Pasaron los años y empezó a cojear en la Sierra Maestra por un callo que tenía en la planta de un pie, y en más de una ocasión no pudo seguir la marcha junto con el grupo inicial de la guerra de libera­ción, hasta que un día, con su propio cuchillo de campaña, empezó a ras­parse el supuesto callo y le apareció el plomo del ataque al Moncada, dis­parado por un enemigo que cayendo mortalmente herido apretó el gatillo.

De todos se pueden hacer decenas o centenares de heroicas hazañas o de hechos importantes que, naturalmen­te, no se recogían ni en los pocos dia­rios de campaña que se escribieron. Además, en la guerra de liberación tuvo el mérito y el honor que no tuvi­mos los demás de ser el segundo jefe de la columna que dirigió el Che para llegar hasta Las Villas. (…)

 

Los silencios de Ramiro

Joel García

De todos los Comandantes de la Revolución, Ramiro Valdés Menéndez fue el más circuns­pecto, el menos mediático, el de la palabra precisa y la mirada más escrutadora. Quizás por eso pocos recuerden una entrevista en la que hablara de sí mismo. La concedida a la colega Arleen Rodríguez Derivet para la Mesa Redonda fue una excepción, “porque me la indicaron”. Así de hermético y discipli­nada, silenciosa y valiente fue su vida.

Lo dejó claro varias veces. Que si alguna cosa pretendía que se conociera de él no era por haberlo dicho, sino por hacerla. Ramiro cargaba en su aval de lucha todos los hechos posibles en que pudo estar un integrante de la Generación del Centenario. Es el único con tal honor. Y enu­merarlos parece fácil, pero vivirlos y sobre todo haber marcado una huella en cada uno de ellos es lo trascendente.

Bajó la escalinata en la primera marcha de las antorchas en enero de 1953. Entró en la vanguardia de los que intentaron tomar el cuartel Moncada seis meses más tarde y fue herido con un plomo en la planta del pie. Es­tuvo preso en lsla de Pinos, vino en el Gran­ma, peleó en la Sierra Maestra bajo el mando de Fidel, acompañó al Che como segundo de su columna en la invasión a occidente y en la toma de Santa Clara. Y vivió el triunfo de la Revolución convencido de que “en lo adelante todo sería más difícil”.

De una fidelidad extrema a Fidel, resultó el hombre de confianza para crear los órganos de la seguridad del Estado y dirigir luego el Mi­nisterio del Interior. Su carácter impenetrable y ese sentido del deber por encima de uniformes y cargos le hizo ganar el calificativo más admira­ble que pueda ganar un jefe: “Ese sí es de los du­ros, de los que todo el mundo respeta, incluidos los americanos”.

Ramiro en los últimos años dejó sus lecciones de guerrillero y ferviente conspirador en secto­res estratégicos como la industria electrónica y la energía eléctrica. Todo lo que significara ayudar y aportar al proceso revolucionario que él contribuyó a nacer y crecer lo asumió como la tarea de orden que necesitaba su presencia en primera fila. Tampoco olvidó a su Artemisa natal y a amigos que lo acompañaron desde el inicio hasta el Moncada.

Quiso la mala coincidencia que precisa­mente el Día de los Padres se despidiera de su familia, combatientes y una buena parte del pueblo que lo tenía como escudo. Los silencios de Ramiro nos harán falta para seguir defen­diendo este país. Y no por Héroe del Trabajo o Héroe de la República de Cuba, merecidos títulos entregados por su conducta y ejemplo. Nos hará falta por ese ser humano amante del béisbol y el boxeo, capaz de escribir la historia desde el diarismo y haber burlado la muerte con el valor de los grandes, de los duros de ver­dad.

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