Lo menos importante es la coincidencia del 14 de junio. Lo más valioso es la valentía, el ejemplo y la hidalguía que los hicieron líderes de sus tropas y que hoy todavía nos acompañan. Lo que nunca podrán arrebatar de Antonio Maceo y Ernesto Che Guevara es el amor verdadero a la patria y a la libertad, expresado con sus vidas hasta el último momento.
En tiempos de amenazas, cercos económicos y peligros reales del imperio más poderoso, la carta que dirigió el Titán de Bronce al general español Camilo Polavieja ilustra concepciones morales que nos dejó como herencia: “(…) jamás vacilaré porque mis actos son el resultado, el hecho vivo de mi pensamiento, y yo tengo el valor de lo que pienso, si lo que pienso forma parte de la doctrina moral de mi vida…”.
Y para sellar otra clase de ética y decisión “(…) no hallaré motivos para verme desligado para con la Humanidad. No es, pues, una política de odios la mía, es una política de amor; no es una política exclusiva, es una política fundada en la moral humana (…) no odio a nadie ni a nada, pero amo sobre todo la rectitud de los principios racionales de la vida”.
Tras el triunfo de la Revolución cubana, el Che nos daría lecciones de humildad y entrega al trabajo sin dejar de llamar a las cosas por su nombre. En sus palabras de entrega de premios a obreros destacados del Ministerio de Industrias, el 30 de abril de 1962, sentenció: “(…) quien hace la historia, quien la hace día a día mediante el trabajo y la lucha cotidiana, quien la firma y la convierte en realidad en los grandes momentos, es la clase trabajadora, son los obreros, son los campesinos, son ustedes, compañeros, los creadores de esta Revolución, los creadores y sostenedores de todo lo que tiene de bueno”.
Se acercan las sesiones finales del 22 Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba. Su herencia mayor está en lo que aún nos falta por hacer para seguir defendiendo esta soberanía. Que a nadie le quepa dudas.