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Al que le toca le toca

No es la primera vez que desde las páginas de nuestro medio abordo el tema de la entrega de banderas y estímulos a centros laborales del país, momen­to en que a la par del merecido reconocimiento al esfuerzo colectivo —generalmente luego de un año de trabajo— ocurren desaguisados que por frecuentes parecerían formar parte de un guion equivocado.

Hablo de emulación socialista, ese tre­mendo movimiento que otrora levantaba y guiaba multitudes de trabajadores, y que hoy asumo de nuevo con el sentido crítico que me provoca, entre otras cosas, el saber que reite­radamente se vulnera, a la vista de todos, la conocidísima frase de Al César lo que es del César.

No yerro si afirmo que la bandera de van­guardia nacional a un centro laboral pertenece al colectivo de trabajadores. ¿Y entonces, por qué de manera general el estandarte se dirige al director de la entidad y no al secretario ge­neral del buró o sección sindical?

La mayoría de las veces se anuncia el nom­bre del directivo para recibir el estímulo moral. Y este, quizás para minimizar la pifia, llama al sindicalista, lo coge de la mano y juntos reciben la bandera en medio del aplauso de todos los presentes.

Quizás sea solo un detalle, pero el asunto tie­ne un peso fundamental, pues pone de manifiesto un mal de fondo, a saber, que el sindicato no ocu­pa el lugar que le debe corresponder, ya sea por­que no se lo ha ganado o porque se le escamotea ese honor.

Si cada vez que se necesita financiamiento para algo, si cuando se organiza el acto de entrega de la ya mencionada bandera es la administración quien pone el dinero y “corta el bacalao”, si el di­rector actúa como dueño y señor, o si para casi to­das las cosas se considera que la principal figura en el centro es el director, entonces los demás, in­cluido el sindicato, dejan de ocupar el sitio que les compete y se convierte en elemento secundario, algo así como segundo de la administración.

Por el contrario, y también lo he visto, —aun­que mucho menos— cada vez que un buró o sec­ción sindical, y muy especialmente su máxima fi­gura, que es decir, su secretario general, cala con ética y firmeza en el accionar de sus afiliados, se erige sin sumisión ni falsos compromisos en su más firme representante y exige aquello que le toca, entonces no ocurren desatinos como el que obliga a este comentario.

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