Decían las malas lenguas que su pecado era enérgico y contagioso. Que lo llenaba de palabrería y triste elocuencia. Para las hablas infernales su falta era oscura, casi epidémica, incluso sediciosa.
Un día lo encerraron, en un lugar rígido y tenebroso, donde los inadaptados eran castigados por carceleros de mirada inepta.
Con fiereza pretendieron arrancarle su exceso. Llegaban a pensar que le extirparían aquel mal, que no quedaría nada sucio en él.
Por las noches, en su camastro triste le rondaban miles de ideas en la cabeza. No era menos que los demás. Sólo debía callar, algunos pecados se disfrutaban mejor en silencio.
Con el tiempo descubrió ciertos alivios. Su desliz lo alimentada en mutismo. Renunció al sentirse mal. Los carceleros dejaron de verlo como algo peligroso, inclusive pensaron que les podría ser útil. Alguien menos en quien preocuparse. Un nuevo feligrés de su obtusa rectoría.
En su mutismo comenzó a escribir diarios mentales. Biografías donde percibía su encierro, comprendía que necesitaba continuar con su pecado.
Vivir entre malolientes colchonetas en el suelo, amenazas y falsas promesas no impidió que creciera su espacio de creación muda. Nadie se le acercaba, era un apestado y eso le gustaba. Experimentada una sensación especial. ¿Liberación? ¿Rescate?
Repasó a quienes le rodeaban en su encierro. Manchas casi humanas despojadas de todo hábito de ser. No se consideraba un erudito, menos aún un filósofo en plena revuelta intelectual. Reconocía en silencio que se había consumido, pero no había perdido interés por su pecado. A su manera, era invencible.
A los ojos de los carceleros todo parecía ir bien. Él no vivía obsesionado. Disfrutaba mentirles con líneas silenciosas, mas nunca inocentes.
Un día lo descubrieron. No por la lengua, sino a través de su mirada. Retadora y definitiva. Volvieron a juzgarlo a oscuras y aun así no se sintió humillado.
Le hablaron de vergüenza, de faltas y de una tristeza antigua que se entiende bien en lo oscuro. El golpe lo estremeció; sin embargo, donde los carceleros veían enfermedad él apreciaba la vital fuerza de ese pecado tan familiar y liberador.
Callado, releyó los cuadernos mentales que había escrito durante años de aquella deliciosa y prohibida adicción. En silencio decidió reescribir su historia para entenderla mejor. Sería un método tan profundo y eficaz que a los carceleros les resultaría imposible deshacer.
Su peculiar libro era infinito y estaba al alcance de cualquiera. El libre pensamiento no era pecado para enterrar entre barrotes y privaciones. Era la libertad suprema que debían defender y adorar todos los seres humanos.