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“Lo que más me duele es la injusticia”

Por casualidad conocí a mi entrevistado. El cuestionario estaba señalado a una notaria muy destacada en el país, pero su viaje al ex­tranjero me obligó a buscar otro profesional que representara al sector. Abel Solá López, abogado penalista, fue el escogido y, en honor a la verdad, sus concepciones y humanidad col­maron mi avidez periodística.

Foto: Gabino Manguela Díaz

Alejadas de lo que ha sido su hábitat na­tural por más de 35 años —el bufete y la sala de un tribunal— sus respuestas no fueron para defender acusado alguno, más bien sirvieron para asentar mi visión de los valores que siem­pre deben primar al administrar justicia.

“Las principales cualidades de un abogado, de la especialidad que sea, son la ética, la mo­destia, saber que todos los casos son importan­tes. En mí influyó que lo que más me duele es la injusticia.

“Al cliente no se le engaña, hay que decirle claramente sus posibilidades. Y también al fa­miliar. Habitualmente actúo así, por eso en 35 años como jurista no he tenido problema algu­no por esa razón”.

 

De casta le viene al galgo

Tuvo la inestimable suerte de contar con un profesor de Derecho desde su nacimiento. “Mi padre —Luis Solá Villa— igualmente es abo­gado, especializado en Derecho Internacional Público; ganador del Premio Nacional Carlos Manuel de Céspedes y otras distinciones; ade­más fue decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. A pesar de sus casi 90 años, no dejamos de intercambiar. Por su ejemplo quise ser abogado”.

Graduado en 1991 de la Universidad de La Habana, siempre ejerció su profesión desde un bufete, donde asumía casos administrativos, ci­viles o de otro carácter. Incluso hoy, además de sus funciones como consultor, mantiene vínculo directo con el bufete colectivo en el que inició su vida de jurista.

“Entonces todo era en bicicleta; de mi ofici­na en Santa Fe —primer Consejo Popular que contó con un bufete— tenía que irme hasta el tribunal, a 100 y Albadó, a entrevistarme con un cliente, a cualquier lugar”.

Al hablar de su actual labor como defen­sor penalista, creí percibir que es de los que cree que la mejor escuela es la del día a día, el estudio permanente, el saber que “esto no es un juego de pelota, que el abogado no gana un juicio: usted defendió magistralmente, pero la conclusión no depende del abogado, lo decide el tribunal, que declara la responsabilidad penal de una persona.

“Claro, se siente satisfacción cuando en la sentencia se ven los argumentos que usted le planteó al juez, y se disfruta un resultado fa­vorable, especialmente si el cliente reconoce el trabajo que has hecho, el esfuerzo dedicado, in­dependientemente del veredicto.

“El abogado defiende a una persona contra la reacción penal que proviene, por supuesto, del Estado, la acusación que ejerce la Fiscalía, etc. Más allá de que usted sepa que cometió un delito, está en la obligación como profesional de defenderlo dentro de la ética, del respeto a la ley, y en lo fundamental, del respeto al cliente”, asegura.

“Usted asume ese trabajo de forma profe­sional y desde el punto de vista técnico busca y se prepara para ilustrar al tribunal sobre los elementos técnicos que sean beneficiosos a esa persona, independientemente del delito que haya cometido”.

A eso se añade, le digo, el sentimiento que le depara al defensor el delito imputado, a veces repugnante. “Y lo he hecho; hay que desdoblar­se, porque esa persona tiene un derecho consti­tucional a la defensa, aunque me cueste trabajo defenderlo”, refiere.

Ganador de la Toga de Honor, por mante­ner un comportamiento profesional, social y ético ejemplar por más de 20 años, y el Premio Nacional a la Excelencia Profesional, Abel es considerado en la Unión Nacional de Bufetes Colectivos entre los juristas más destacados de esa organización en todo el país.

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