Hay discursos que se pierden en instantes y hay palabras que, al pronunciarse, se convierten en cimientos.
Las que el entonces líder del Ejército Rebelde, Fidel Castro, pronunció en Bayamo el 2 de enero de 1959, con la pólvora de la tiranía aún flotando en el aire y la emoción desbordada las calles, pertenecen a esa segunda estirpe.
Son palabras que, 67 años después, no han envejecido sino que se han renovado como la savia que sustenta el tronco de la Revolución.
Elogio a un pueblo que se sabía protagonista
Aquella noche, el Comandante en Jefe habló para mirar al pueblo “cara a cara” y ante esa presencia, lo primero que brotó fue la admiración.
Una y otra vez, Fidel elogió la madurez de un pueblo que, a pesar de haber recibido “un golpe, un empujón, una bofetada, un culatazo, un insulto”, no se había manchado con la venganza. Destacó su disciplina, su respeto a las órdenes revolucionarias, su capacidad de no arrastrar a los esbirros por las calles porque entendía que “las calles lo que hay es que limpiarlas de sangre”.
Esos halagos lejos de ser adornos retóricos eran el reconocimiento de la Revolución: “Un pueblo así merece ser libre, un pueblo así merece un destino mejor”, dijo ante una muchedumbre que en su mayoría era humilde, trabajadora, y que al día siguiente volvería a sus fábricas, a sus centrales y surcos.
Hoy, cuando nuestra sociedad resiste bloqueos, amenazas, huracanes y campañas de descrédito, aquel elogio nos recuerda que somos la misma estirpe digna que no se rinde.
La cuna que volvió a encenderse
No fue casual que aquel discurso fuera en Bayamo, la ciudad que en 1869 prefirió arder antes que entregarse. Fidel lo sabía.
En la plaza donde se reunió “la ciudad entera”, la historia sagrada de la patria se daba cita con el futuro.
La segunda villa cubana era el símbolo perfecto pues era una ciudad que aún escuchaba “los disparos de los enemigos agazapados” y que, sin embargo, abría sus brazos al destino.
Hablar en Bayamo era hablar desde la raíz. Y desde esa raíz, Fidel proyectó una estructura de justicia y orden que crecería para todos.
Si hay una idea que recorre el discurso como un río caudaloso, es la convicción de que la libertad no es un regalo, sino un derecho inalienable:
“Cuando un gobernante actúa honradamente, cuando está inspirado en buenas intenciones, no tiene por qué temer a ninguna libertad”, sentenció. Y acto seguido fue encadenando libertades como quien tiende puentes: libertad de prensa, libertad de reunión, libertad de elegir a los gobernantes.
Era la visión de un abogado que se había hecho guerrillero para devolverle al pueblo lo que la tiranía le había robado. Y era, sobre todo, un principio que nacía blindado: “mientras quede un revolucionario en pie, habrá libertad de prensa en Cuba”.
La patria que no se conforma con banderas
Sin embargo, el momento más íntimo y desgarrador del discurso llegó cuando Fidel confesó lo que pensaba mientras veía la multitud: “Detrás de cada rostro que se alegra, cuántas preocupaciones habrá”.
Esa frase estremece porque encierra la filosofía entera de una Revolución que no se conforma con cambiar banderas.
“La libertad no es todo. La libertad es la primera parte, la libertad para empezar a tener el derecho de luchar”, dijo. Y luego vino la definición de patria que tampoco se debe olvidar: “Patria no solo quiere decir un lugar donde uno pueda gritar, hablar y caminar sin que lo maten; patria es un lugar donde se puede vivir, donde se puede trabajar y ganar el sustento honradamente”.
Ese es el programa de justicia social que aún hoy nos guía y es la nación que garantiza el pan, la salud, la educación. La misma que seguimos construyendo en medio de dificultades.
Los servidores del pueblo frente a los calumniadores
Fidel también encendió una luz de alerta. Con una clarividencia que asombra, advirtió que no tardarían en aparecer “los insidiosos”, “los envidiosos”, los que intentarían “dividir a nuestro pueblo hoy reunido” y “sembrar la insidia y matar la fe”.
Pidió estar preparados para luchar contra eso, con la misma energía con que se había luchado para derrocar la dictadura.
Frente a ellos, el antídoto era tan sencillo como profundo: ser “servidores, y no quien trate de servirse del pueblo”. Los comandantes, los ministros, los soldados, todos debían ser “perfectos caballeros con el pueblo”. Esa vocación de servicio, esa humildad que renuncia a vanidades, es actualmente el escudo moral de la Revolución.
Seguimos luchando contra los calumniadores de oficio, los que desde dentro y desde fuera intentan quebrar la unidad. Pero como dijo Fidel aquella noche, “cuando no se vive más que para un solo propósito, no hay fuerza que pueda separar a un hombre de su pueblo”.
La vigencia de un alba
Han pasado más de seis décadas. Otros desafíos golpean nuestras puertas. Pero cualquier trabajador cubano, cualquier joven que se levanta de madrugada, cualquier campesino que mira al cielo esperando la lluvia, puede reconocerse en aquellas palabras de Bayamo, porque el discurso fue un punto de llegada y al propio tiempo un mapa de ruta.
La zafra que se avecinaba, las batallas por los salarios justos, la ofensiva contra el analfabetismo y la corrupción, la promesa de un Ejército modelo que fuera “garantía permanente de la paz y la libertad”… todo eso es la Cuba de hoy, una obra en permanente construcción.
Aquella noche, el intelectual Víctor Montero anunció sencillamente: “Y con ustedes, el Comandante en Jefe Fidel Castro”. No hizo falta más. Lo que vino después fue uno de los diálogos más hermoso que puede existir, el de un líder que no prometió más que trabajo y sacrificio, y un pueblo que le respondió con el aplauso unánime y la confianza plena.
Las ideas de Fidel expuestas en la cuna de la nacionalidad cubana, siguen iluminando el camino. Porque mientras haya un cubano o una cubana dispuestos a servir, mientras la libertad sea la primera trinchera y la justicia social el horizonte, Bayamo no habrá dejado de arder.