El pasado 31 de mayo más de 41 millones de colombianos fueron convocados a las urnas para elegir al presidente que asumirá tras concluir el mandato de Gustavo Petro. Ninguno de los candidatos obtuvo el 50 % más uno de los votos que exige la constitución para decretar al ganador, así que habrá balotaje y será el próximo 21 de junio.
En primera vuelta los candidatos más votados fueron Abelardo de la Espriella, que obtuvo aproximadamente el 44 % de votos; e Iván Cepeda, quien se alzó con el 41 por ciento. Este conteo ha sido cuestionado por organizaciones políticas, activistas, y hasta por el propio Petro.
Derecha vs. izquierda
Abelardo de la Espriella representa a la derecha conservadora colombiana que aún se pregunta cómo fue que un exguerrillero izquierdista llegó a Nariño y ha completado su mandato a pesar de las múltiples y diversas zancadillas que le han puesto en el camino.
Apodado El Tigre, es abogado penalista de formación y carece de experiencia en cargos oficiales públicos. Durante la campaña ha prometido “mano dura» contra los grupos armados y los narcotraficantes, para quienes construirá 10 megacárceles al estilo de la célebre Cecot, de El Salvador.
El hombre no disimula su cercanía al discurso del presidente Donald Trump ni a los intereses del gobierno de Estados Unidos, nación de la que es ciudadano. De La Espriella asegura que Washington es crucial en su lucha contra el crimen y el narcoterrorismo; y que comparten valores en torno a democracia, libertad y Estado de derecho.
Desde el punto de vista económico, habla de un «crackdown militar para impulsar la economía» e imponer una perspectiva proempresarial que atraerá inversionistas, dice
Trump, en su ya acostumbrada intromisión en comicios electorales ajenos (recordar Honduras y Argentina), declaró que De la Espriella es el líder «inteligente, fuerte y duro» que Colombia necesita para hacer frente a un «marxista radical de izquierda» como Iván Cepeda.
Cepeda, senador y activista de larga trayectoria, llegó a los comicios respaldado por Petro y por Pacto Histórico, alianza que en el 2022 llevó a la presidencia al primer presidente de izquierda en la historia de Colombia.
La trayectoria de Cepeda como defensor de los derechos humanos y víctima del conflicto armado que durante más de 7 décadas ha martirizado a la nación, lo convierten en heredero del actual mandatario y en interlocutor natural con esa base política que reclama diálogo y negociación como forma de enfrentar la violencia.
Según Cepeda, su gobierno se enfocará en dar continuidad a las reformas sociales de Petro y en la búsqueda de la anhelada paz total. Es crítico de Trump y de la Doctrina Monroe que este desengavetó para relacionarse con América Latina y el Caribe. Recientemente tachó de «intervencionista» el tono con que el mandatario estadounidense se ha referido a los comicios colombianos.
Guerra por la camiseta
En unos días comenzará la Copa Mundial de Futbol en Estados Unidos. Analistas han comentado que la tensa situación internacional ha restado importancia (y seguidores) al evento, pero la sentencia parece ajena a la dinámica colombiana que, a pesar de no llegar a la cita con el mejor equipo de su historia, tiene una hinchada entusiasta que aguarda expectante el primer partido, previsto contra Uzbekistán el 17 de junio, cuatro días antes de la segunda vuelta.
Tal como en su momento hicieron casi todos los equipos nacionales, el uniforme de Colombia, adoptado en 1985, incorporó en su diseño elementos de la bandera patria: pullover amarillo brillante, short azul y medias rojas. Eso y la cantidad de seguidores apasionados que tiene allí el futbol, han convertido a la camiseta en un símbolo, en sombrilla que ha cobijado la unidad nacional.
No parece casual que los comicios presidenciales colombianos se hayan hecho coincidir, cada cuatro años, con los días del Mundial de Futbol. No obstante, observadores aseguran que nunca antes fue tan evidente la pretensión de politizar la pasión colombiana por este deporte.
Habitualmente, en el contexto del Mundial, crece exponencialmente la venta de camisetas nacionales. La “amarilla” es parte notoria del fenómeno, con ella muchos hacen patente su apoyo al “once” nacional. En esta ocasión, la prenda quedó marcada por la decisión del candidato De la Espriella de convertirla en su “uniforme de campaña”. Y como si no bastara, instó a sus seguidores a vestirla, especialmente el 31 de mayo durante la votación.
Muchos levantaron la voz en señal de protesta. Una votante confesó que usar la camiseta podría entenderse “como acoso o forma de intimidar a los que no están de acuerdo con uno, sea en las urnas o en la vida cotidiana”. Cepeda, por su parte, acusó a su oponente de buscar beneficios políticos a costa de un símbolo que pertenece a todos; mientras la Federación Colombiana de Fútbol emitió una declaración en la que lamenta “profundamente que la camiseta de la Selección Colombia, que simboliza la disciplina, el deporte, el trabajo en equipo y la capacidad de nuestros jugadores y jugadoras, sea malinterpretada o sea objeto de controversias ajenas a la gloria deportiva”.
El debate, que cuestiona el proceder populista del candidato De la Espriella, ha denominado “secuestro” al uso de la camiseta a favor de un grupo político, y denuncia el hecho como una burla a las leyes que prohíben el uso de ropa de campaña en los centros de votación.
El proceder es una “jugada de manual” de probada efectividad en las campañas de varios candidatos derechistas de la región, entre ellos el expresidente brasileño Jair Bolsonaro. En los comicios del 2018 (resultó ganador) y del 2022 (perdió frente a Lula Da Silva), el exmilitar convidó a sus seguidores a llevar la “verdiamarilla” que identifica al gigante suramericano. Fue así que la prenda perdió la neutralidad política que la distinguía y, en los momentos de mayor tensión política, muchos aficionados se negaron a usarla por miedo a que los confundieran con seguidores de Bolsonaro.
Y es que, tal como reconoció un hincha en Bogotá, una vez que un símbolo nacional como la camiseta de la selección nacional se asocia a la lucha política, algo sagrado deja de existir.
