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¡Basta ya!

Necesitaba escapar, incluso esfumarse. ¿Podría? Aquello se había convertido en su obsesión. Sobre la marcha, ¿qué marcha?, quizás calvario o infierno, dejó de comer y dormir. Sólo podía pensar en cómo buscar una salida.

 

Foto: Tomado de Cadena SER

 

Se miró en el espejo del cuarto. Los moretones de la última paliza plantaban bandera sobre su rostro y brazos. Incluso el estómago le dolía. ¿Le habría pegado ahí también? Respiró profundo buscando anestesiar los recuerdos. Él no estaba en casa. Más tarde regresaría en busca de su presa favorita, ella.

Se sentó en el borde de la cama. Lloró y se preguntó cómo era posible que siguiera viva. Era más que venas, carne, huesos y corazón. La vida era sólo un soplo de aire. Necesitaba respirarla a plenitud y sin miedos.

Herida se tendió en la cama. El cansancio aderezado con miedos la sumió en sueños. Desfiló entre amores y comprensión, incluso ante metas donde su vientre abonaba el futuro. Sonrió.

Despertó. Miró a su alrededor. Comprobó que no había paz ni hermosos jardines. Redescubrió que la maldad la asolaba. Estaba en la misma casa, en el mismo cuarto donde recibía más dolores que descanso.

Levantó los brazos al techo y lo asumió como cielo. Respiró hondo y se sintió feliz de saberse viva. Comprendió que nada más necesitaba para ser libre que dejarlo, levantar vuelo. Con el tiempo, quizás un mejor nido. Recogió algunas cosas y se marchó. Cerrando las puertas de aquella casa de horrores descubrió, al fin, la libertad.

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