En la misma tierra sagrada donde el abrazo entre Fidel y Raúl en 1956 selló la continuidad de la gesta libertaria, cientos de trabajadores, campesinos y jóvenes se congregaron en Cinco Palmas para reafirmar, con la fuerza moral de la historia, su apoyo inquebrantable al General de Ejército Raúl Castro Ruz, frente a las injurias y acusaciones difamatorias vertidas recientemente por el gobierno de los Estados Unidos.
La cita, cargada de simbolismo y rebeldía, convirtió el mausoleo que guarda los restos del Comandante en Jefe en un hervidero de conciencia patriótica.
Hasta este rincón emblemático de la provincia de Granma llegaron 95 muchachos que desandaron la ruta de Las Coloradas a hasta ese paraje bajo el lema Raúl es Raúl. Se trata de la misma travesía que realizaran los líderes de la Revolución luego del desembarco del yate Granma.
En el acto, presidido por las principales autoridades del Partido Comunista de Cuba y el Gobierno en la provincia, se leyeron manifiestos que denunciaron las «maniobras imperiales que intentan desacreditar a nuestra dirección histórica» y subrayaron que el General de Ejército es y seguirá siendo uno de los principales baluartes de la unidad nacional.
El ambiente estuvo impregnado por la memoria viva. Justo aquí, el 18 de diciembre de 1956, Fidel, al reunirse con solo siete fusiles y un puñado de hombres tras la dispersión de Alegría de Pío, pronunció aquella profecía hecha certeza: «¡Ahora sí ganamos la guerra!».
Casi 70 años después de aquellos sucesos, la misma fe inquebrantable en la victoria ante la adversidad sirvió de escudo moral.
El acto de Cinco Palmas fue un ejercicio de memoria y fue la demostración de que la historia patria sigue siendo fuente inagotable de lucha.
Ante las voces hostiles del Norte, este pedazo de la Sierra Maestra respondió con la misma certeza del primer día: a la Revolución y a sus líderes se les defiende con la espada filosa del trabajo y la unidad indivisible.