Testamento

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Es 18 de mayo del 2026. Exac­tamente este mismo día, pero hace 131 años, José Martí escri­bía, en medio de la manigua, una carta que bien pudiera ser, como consideran algunos historiado­res, el testamento político más importante de nuestro Héroe Nacional. Sin embargo, lo más sorprendente de la coincidencia no es la fecha.

Obra de Dausell Valdés. S/T óleo sobre lienzo

El Apóstol dirige su misiva, incon­clusa por demás, a un hombre que considera casi un hermano, el abo­gado mexicano Manuel Mercado, aunque la clave para entender esa elección sigue estando en lo que significó ese país y todas las ense­ñanzas en materia política de Mer­cado. “…ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y mi orgullo y obligación…”, comien­za diciéndole.

Pero hay más detalles que unen, cual hilo de nuestro destino, aquel momento con el que vivimos hoy. El campamento de Dos Ríos abrigaba combatientes empeñados en no dejar caer las banderas de la inde­pendencia cubana. “Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —pues­to que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las An­tillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nues­tras tierras de América”, remarca­ba Martí en la epístola.

Y nada es casual en cada una de sus palabras. La alerta era certera y reservada, como si nos lo estu­viera diciendo al oído este 2026: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificulta­des demasiado recias para alcan­zar sobre ellas el fin…”.

México, los hermanos verdade­ros, el gesto del Gobierno Revolu­cionario de recibir hace unos días al director de la CIA y la claridad de que no se negocia la independen­cia son espejos o dardos martianos que nos siguen guiando.

Martí cayó en combate el 19 de mayo de 1895. Y su testamento lo había recogido sin mancha. “…Solo defenderé lo que tenga yo por ga­rantía o servicio de la revolución. Sé desaparecer. Pero no desapa­recería mi pensamiento…”.

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