Mil y un pensamientos estremecieron a la doctora Alena Bardají Nicot cuando a inicios de año supo de la Orden Ejecutiva del presidente norteamericano con la cual se sancionaba el suministro de combustible a la Mayor de las Antillas
¿Qué sería del nieto que tiene a su cuidado?
Luis Antonio González Rodríguez, de 10 años de edad, está diagnosticado con hipoacusia, y de lunes a viernes viajaba en el ómnibus destinado al traslado de los niños de la escuela especial Eduardo Mesa Llul (para sordos e hipoacúsicos), ubicada en el poblado de Boniato, en la ciudad de Santiago de Cuba, a unos 20 kilómetros de donde residen Alena y Luisito.
Cortar el suministro de combustible a Cuba impactaba de manera directa en él, y en otros tantos escolares de ese centro de la Educación Especial: no más ómnibus para su traslado seguro desde sus casas hacia la institución educativa, viceversa.
Significaba dejar de asistir a clases, retrasar el aprendizaje, frenar el desarrollo del lenguaje oral y de señas, impedir su educación integral.
Por lo menos eso pensó en un principio la abuela de Luis Antonio, hasta que fue citada a la reunión de padres donde explicaron la estrategia adoptada para minimizar los impactos de una orden dictada desde la Casa Blanca.
«Todos los alumnos fueron reubicados en escuelas cercanas a sus domicilios, y lo mismo pasó con el claustro docente.
«A Luisito le correspondió la primaria Santiago Callejas, en el Consejo Popular Altamira, junto a cuatro compañeritos más. Ya no tiene que madrugar para llegar puntal, basta caminar unas cinco cuadras y estamos ahí, con la buena fortuna, además, de que su propia maestra también reside cerca, y es quien le da clases».
A pocas semanas de que termine el curso escolar esta abuela santiaguera agradece y reconoce las alternativas puestas en práctica para no afectar el proceso de enseñanza-aprendizaje. Incluso se favorece la interacción con niños con niveles óptimos de audición, algo que a juicio de Alena también ha beneficiado a su nieto en el orden de la socialización.
«Gusta, gusta escuela», dice con peculiar tono Luisito, quien según refiere Alena, antes de entrar a la «Eduardo Mesa Llul», (hace dos cursos), sólo emitía sonidos inentendibles.
«Por supuesto, donde mejor estaría es en la institución especializada, allí existen las mejores condiciones, las necesarias para su formación, pero ante una realidad de crisis por el recrudecimiento del bloqueo la opción de reubicación es bien recibida».
La prótesis auditiva que le hicieron, el seguimiento especializado de la logofoniatra, la perseverancia de su maestra, los desvelos de la abuela, la estrategias de los directivos de su escuela… se convierten en corazas protectoras de Luis Antonio, un niño hipoacúsico cubano que no entiende de sanciones pero de alguna manera las carga sobre sí.