De poemas y frases hermosas se llenan todos los Días de las Madres. Y eso es válido para el alma y los sentimientos. Pero si hablamos de las madres trabajadoras los poemas y las frases se quedan pequeños. Ellas son verdaderas heroínas en casa y en la lucha diaria por el transporte, la comida y sobre todo, en la educación de los hijos. ¿Acaso es posible resumir tanto?

A veces las comparamos con ese vendaval que se bebe de golpe la impaciencia y lo imposible. Y son innovadoras, vanguardias, dirigentes, deportistas, científicas, maestras, doctoras, militares y un sinnúmero de profesiones que han conquistado con su talento, dedicación, perseverancia y ejemplo.
Son horcones de familia, capaces de irradiar luces y poner orden donde otros solo ven oscuridad. Son las mejores administrando recursos con la organización y el control en cada mano sin temblores ni componendas. Son perfeccionistas con cada obra terminada al punto de ver detalles que nadie calculó. Y eso hace tanta falta como cumplir los planes de producción.
No se guardan para ellas algo que puedan compartir con sus hijos, sus nietos o esos amigos y vecinos que más lo merezcan. Se les puede admirar también desde esas horas robadas al sueño para atender un enfermo, tal y como amanecen haciendo guardias en hospitales, recogiendo café o tabaco, entrenando duro para la próxima competencia deportiva.
El abrazo que regalamos hoy en portada entre Yumileidi Cumbá y su hija no es solo la expresión materna de una campeona olímpica a su retoño más deseado. Es el refugio perfecto entre ternura y desenfreno. Es la consagración feliz a la crianza, la confianza en que será mejor que ella en el futuro y la certeza de que Cuba está en ellas para siempre.
A las madres trabajadoras cubanas habrá que compararlas todos los días con ese vendaval de besos, humedecidos y llenos de esas historias que ni poemas ni frases hermosas pueden describir.

