El Teatro América, con sus butacas vacías al inicio, pronto se convirtió en un hervidero de emociones. No era una tarde cualquiera: celebrábamos la declaratoria del Son Cubano como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la Unesco. Las luces se atenuaron, y el escenario, antes mudo, despertó con el rasgueo de un tres y el golpe seco de un bongó.
Los músicos, con la maestría de quienes llevan el ritmo en la sangre, tejieron melodías que sonaban a raíz, de tierra roja y a recuerdos de viejos trovadores. Cada nota era un homenaje a ese género que nació en los campos y se adueñó del mundo. Pero la magia no se quedó en los instrumentos: llegaron los bailadores. Sus cuerpos se movían como si el tiempo se hubiera detenido, con pasos que contaban historias de amor, de desarraigo y de esperanza. Los pies marcaban el compás, las caderas dibujaban el ritmo, y las sonrisas, cómplices, reflejaban la dicha de ser parte de algo eterno.
En cada fotografía quise atrapar no solo la imagen, sino el latido de esa tarde. Capturé las manos del pianista, los pies de los bailadores, el sudor brillando en la frente del percusionista, el abrazo fugaz de una pareja al compás de un montuno. Y entendí que el Son no es solo música: es la memoria viva de un pueblo, la resistencia alegre de una cultura que se niega a desaparecer.
Esa tarde, el Teatro América fue más que un edificio: fue el corazón de Cuba latiendo al unísono, celebrando que su son, su esencia, había sido reconocida por el mundo. Y yo, detrás del lente, solo fui testigo de la eternidad hecha ritmo.