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Una lágrima en la caña

Con el beso tempranero de su esposa como único resguardo, Jesús Orta se aventuró a la bruma de la mañana. «Un día más», se dijo, y su pecho de poeta aspiró profundo, con toda la fuerza de sus 25 años, el aire que aún olía a madrugada. Una brisa cansada arremolinaba, junto al contén de las aceras, el polvo y los papeles del reparto Juanelo, como huyendo del trasiego de la gente, en la busca cotidiana del sustento.

 

 

Foto: Archivo

 

Enero serpenteaba entre noticias de hambre, desalojos, latrocinio oficial y batallas sindicales. Enero había estrenado 1948 y ahora desbastaba su segunda mitad sin que nada cambiara la injusticia de Cuba. «¿Qué habrá de nuevo esta mañana?», se dijo Jesús Orta mientras oteaba en vano, en el entorno, la presencia de algún vendedor de periódicos.

Chasqueó con la lengua. Hubiera preferido ir leyendo el diario durante su viaje de costumbre en ómnibus hasta Monte y Prado, hasta la emisora CMQ-Radio, donde cada día improvisaba versos con las últimas noticias, para cantarlas luego en su programa «Décimas informativas».

Cerca de la parada, en la esquina de Miranda y la Calzada, se detuvo en la cefetería «El tuyo y mío», para su habitual desayuno de pan y de guarapo.

-Buenos días, Ñico -saludó Jesús Orta al dependiente.

-Buenos días, poeta, ¿cómo andas? -reciprocó el muchacho su gesto mañanero, al tiempo que le servía, diligente, el vaso lleno con el jugo de la caña.

-Bien, gracias, ¿y a ti cómo te va?

-Pues aquí me ves, poeta, sobreviviendo.

-Oye, Ñico, ¿no pudieras poner la radio un momentico, para oír las noticias de la Mil Diez? -le pidió Jesús Orta tras dar el primer sorbo a su guarapo.

-Sí, cómo no -asintió el joven, encendió el aparato y sintonizó la solicitada emisora de los comunistas, justo en el momento en que una voz brotaba enérgica:

«… Se trata de un crimen contra la clase obrera, ejecutado cobardemente por la espalda, en la estación ferroviaria de Manzanillo, contra un representante a la Cámara, el querido líder azucarero Jesús Menéndez. Pero el cuerpo ya inerte de Jesús seguirá convocando a los trabajadores de los cañaverales y los ingenios, y a todos los trabajadores del país, de todos los sectores, para nuevas batallas, como convoca hoy a rendirle el homenaje adolorido y combativo…»

Jesús Orta quedó en vilo, crispado el rostro, el vaso de guarapo sostenido por la mano rígida. Gotas puras escaparon de sus ojos, descendieron al mentón endurecido, y fueron a caer, como una ofrenda, en el jugo de la caña.

El joven dependiente lo miró sobrecogido:

-¿Era…era familiar tuyo?

-Y tuyo también, Ñico… Tuyo también, pero tú no lo sabes todavía -le respondió el poeta Jesús Orta, el Indio Naborí.

 

II

El aire denso y frío le abofetea el rostro.

A pesar de la velocidad del ómnibus, el aire denso y frío que entra por la ventana no le mueve un solo músculo del rostro, detenido en la insondable estación de los recuerdos.

El joven poeta Jesús Orta remonta su memoria. Se ve años atrás, ingresando al partido de los comunistas, frecuentando asambleas, mítines, encuentros en el campo o la ciudad, y el partido le encarga movilizar cantando a los obreros y a los campesinos, acompañar cantando a los dirigentes comunistas que esgrimen la verdad en la arenga encendida. Así, uniendo humildemente la décima vibrante al vibrante discurso de los líderes, comparte pronto el poeta la tribuna con Blas, con Juan, y con Romárico, José María, Lázaro… y también con Jesús.

Jesús Menéndez. Su solo nombre era un renuevo de esperanza en el batey de cada ingenio:

-¡Llegó Jesús, caballeros!

-¡Que se ajusten el cinto los patronos!

Jesús Menéndez. Su cuerpo, ese ébano hecho de hombre, todo músculo y nervio abrazado al obrero. Ébano majestuoso como guerrero de Africa que trocó escudo y lanza y pectoral y casco en una blanca y limpia guayabera, y una mano, contén de la injusticia, que si se abre no es para recibir sino para rechazar lo que le ofrece la vileza, y si se cierra es para proteger la mano hermana.

-¡Llegó Jesús, caballeros!

-¡Vamos a recibirlo todos juntos!

Jesús Menéndez. Los hombres del azúcar le saben esa luz en la palabra, ese trino en la voz que arrastra erres, ese dulzor de caña en la áspera garganta. Los hombres del azúcar sienten su hombro cuando el brazo no resiste ya la carga. Y por eso lo quieren a su frente, en lo alto de sus ojos, lo quieren a su espalda, y sentado entre ellos, íntimo y familiar, en las salas de sus casas.

-¡Llegó Jesús, caballeros!

-¡Prepara café, Esperanza!

 

III

Allá en las tierras rojas de La Habana había sido el encuentro.

Uno más, en uno de los tantos ingenios del país, en aquella campaña de asambleas en que iba Jesús explicando el diferencial azucarero y su pago a los obreros, la conquista arrancada a los magnates del azúcar que ahora defenderían los trabajadores.

Y con él, sumando a su mensaje la gracia de la música y el verso, siempre el joven poeta Jesús Orta y el laudista Alfredo Hernández.

Finalizado el mitin, vino el turbión alegre de los abrazos. Jesús Menéndez se vio de pronto envuelto en la habitual marejada de hombres nobles y humildes que querían hablarle, abrazarlo, estrecharle la mano o invitarlo a una taza de café en el hogar cercano.

-¡Eh, camaradas! -se elevó alguna voz sobre el bullicio- ¡El guateque de homenaje al camarada Jesús está esperando en San Nicolás! ¡Yo sé que todos quieren hablar con él, pero los compañeros de San Nicolás esperan por nosotros! ¡Están todos invitados!

Varias expresiones de asentimiento siguieron al llamado, y más de uno echó mano a su cabalgadura para seguir la comitiva de Jesús, que rescatado cariñosamente por los dirigentes sindicales del lugar atravesó el gentío y emprendió la marcha en un vehículo.

Media hora después, ya sentados a una mesa, al abrigo de una finca de San Nicolás de Bari:

-¡Bueno, caballeros, dejen ya respirar al compañero Jesús! -broméo uno de sus acompañantes locales- ¡Deben tenerlo mareado con tanta preguntadera!

Rieron todos. El hombre siguió en su broma:

-¡En todo el viaje no hemos hecho más que preguntarle y preguntarle!

Y esa tregua permitió a Jesús notar la ausencia:

-¡Eh! Esperen un momentico… ¿Y dónde están el poeta y su músico?

Un silencio penoso flotó sobre los hombres.

-Parece que se quedaron -atinó a decir uno.

-¿Pero ustedes no los trajeron? -indagó Jesús.

-Este… parece que no… ¿No vinieron en el carro de ustedes, Pancho?

-No, yo pensé que venían con ustedes.

-Bueno, está la guagua que pasa por el central. Segurito que ellos van a venir ahí -sugirió alguien.

-¡Ah, pero esa guagua se demora por lo menos un par de horas! -aseguró otro, consultando su reloj.

Jesús no esperó más.

-Vamos a buscarlos -dijo al chofer y echó a andar de prisa hacia el vehículo.

Al rato, el poeta y el músico vieron llegar el carro, y vieron a Jesús venir a ellos, con los brazos abiertos y su frecuente risa de paloma en vuelo:

-¿Pero cómo ustedes se me quedan aquí, caballeros? ¡Nosotros tres fuimos los que más trabajamos en esta asamblea y ustedes se me quedan aquí rezagados!

Y señalando con mirada pícara al laudista:

-¡Y con el hambre que parece que tiene este mulato! ¡Mira para eso! ¡Vamos, vamos, que sin nosotros tres no va a poder empezar la fiesta!

 

IV

El tren atravesaba velozmente la inmensidad cañera de Las Villas. En el vagón casi vacío, la brisa mañanera se confabulaba con el acompasado vaivén para acunarles el sueño a los pocos viajeros.

En apartado asiento, Jesús Menéndez comentaba con el joven poeta la última asamblea y preparaba la próxima. Pocos kilómetros faltaban para un nuevo encuentro con los trabajadores.

El tren fue disminuyendo su velocidad hasta detenerse, minutos más tarde, en una pequeña estación.

Un hombre de mediana estatura subió al vagón. Su aspecto en extremo humilde cobraba un aire definitivamente desmerecido a causa del turbio rostro, donde un párpado cerrado revelaba la ausencia de un ojo.

-Buenos días -saludó el recién llegado-. ¿Cómo estás, Jesús? -y le tendió la mano.

-Aquí, chico, en la lucha -le respondió Menéndez y le estrechó la diestra-. ¿Y a ti, cómo te va?

-De eso te quiero hablar, Jesús… ¿Pudieras atenderme unos minutos?

-Sí, chico, cómo no.

El joven poeta se incorporó y dejó libre el asiento junto al líder azucarero. El hombre se sentó. Jesús Orta fue a acomodarse a cierta distancia, donde el laudista Alfredo Hernández roncaba como un bendito.

Desde su nueva posición, el poeta contempló el diálogo. El hombre hablaba cabizbajo y Menéndez lo escuchaba con atención. Casi no lo interrumpió en la media hora que duró el encuentro, al final del cual Jesús y el hombre se despidieron con un apretón de manos. El tren llegaba ya a la siguiente escala. El hombre descendió.

El poeta volvió junto a Jesús, y lo halló pensativo.

Otra vez el concierto metálico de las ruedas sobre la vía férrea anunciaba el renuevo de la marcha, cuando el líder obrero suspiró y salió de su mutismo:

-Para que tú veas cómo son las cosas, poeta. Este compañero entregó sus años jóvenes, la mejor etapa de su vida, a la lucha por el partido. Vivió momentos duros, sufrió persecución, hambre, desempleo, y en una bronca política perdió un ojo. Pero los auténticos le prometieron villas y castillos, y nos dio la espalda. Pasó el tiempo, y las promesas no se hicieron realidad. Y ahora está de nuevo sin trabajo, sin dinero para llevarle un bocado a su familia… y sin el partido.

-¿Y vino nada más para contarle eso? -le preguntó el poeta.

-A contármelo y a pedirme alguna ayuda económica.

-¿Y usted qué hizo?… Perdone la indiscreción.

-¿Qué voy a hacer, chico? Le di los veinte pesos que encontré en el bolsillo… Es verdad que ya no está con nosotros, que no supo cumplir a pie firme hasta el final… Para eso hay que tener una voluntad de hierro, y él no la tuvo…

Jesús Menéndez suspiró profundamente antes de terminar la idea:

-¿Pero quién le paga a ese hombre el ojo que perdió? ¿Quién le paga a ese hombre la juventud que le entregó al partido?

 

V

El aire denso y frío le abofeteaba el rostro a Jesús Orta. Sumergido como estaba en el recuerdo, lo sorprendió el bullicio de la calle Monte, a través de la ventanilla del ómnibus.

Descendió del vehículo y se encaminó de prisa a la emisora. En el propio pecho que dolía muy hondo por el crimen, por la pérdida física de aquel ébano hermano hecho de hombre, llevaba Jesús Orta un himno de combate.

Estaba decidido, contra todo riesgo. Él lo sabía bien: este sería su último programa en la emisora. Su espacio «Décimas informativas», tan escuchado de una punta a la otra del país, saldría al aire con su voz y sus versos una vez más, dentro de unos minutos, con su respuesta firme a la vileza, como le había enseñado Jesús Menéndez. Una vez más, y sería la última. Él recordaba bien la advertencia del contrato: «prohibición absoluta de opiniones políticas». Pero él diría su himno, aunque el despido inmediato fuera la primera consecuencia inevitable.

Llegó a CMQ-Radio y llamó aparte a su hermano de faena, el laudista Miguel Ojeda. Le confió su plan, y él estuvo de acuerdo. Minutos después ya estaban en cabina, el poeta con sus versos en la mano, y el músico, al pecho el instrumento.

Les hicieron la señal. El tema del programa salió al aire y la voz del locutor anunció, según costumbre, «acompañado por el laúd de Miguel Ojeda, canta sus versos el poeta Jesús Orta, el Indio Naborí».

Las familiares notas del punto campesino llenaron el recinto, y se multiplicaron en el éter hacia cientos de miles de radioyentes. Naborí aspiró hondo, con toda la fuerza de sus 25 años, y elevó sobre el laúd su denuncia hecha versos:

 

La sombra volvió al batey
por el sendero marchito
y parece un mudo grito
hasta el silencio del buey.
Una voz como de Hatuey
surge, grita, no desmaya,
viene desde ajena playa
la perfidia de una ola,
muere Jesús… ¡ay, qué sola
se quedó la guardarraya!


El dólar hizo explosiones
en un revólver malvado:
tres balas han apagado
la luz de los barracones.
Es que el terror con galones
resucita en el central
y otra vez el Ideal
atacado por la espalda
enrojece la esmeralda
dulce del cañaveral.


¡Oíd! Ha caído un cedro
talado por un gatillo:
Ahora sí que Manzanillo
midió el dolor de San Pedro.
La traición pensó en el medro
y el crimen le dio la cena
para que dorada hiena
sorda al grito del barranco
se lleve el azúcar blanco
pintado de sangre buena.


Pero Jesús, como Mella,
en un silencio elocuente,
es una roja simiente
que florecerá en estrella.
El crimen deja una huella
que como una voz reprocha,
mientras cruzamos la trocha
de una nueva rebeldía,
hasta que despunte el día
por el filo de la mocha.

 

 

Esta crónica fue publicada originalmente en la revista CubaAzúcar, julio-septiembre 2004, y recogida luego en el libro “Hasta siempre Naborí”, de Péglez, publicado por Ediciones David, de la CTC, 2007

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