
Mayo amaneció. Haber emprendido sus primeras horas con una celebración consciente del pueblo trabajador, de la familia cubana, de sus jóvenes y niños, fue el primer rayo de luz. Cientos, miles, millones salieron de sus casas movidos por muchos argumentos, aunque uno mayor convocaba sin tibieza: La Patria se defiende.
Y fue una decisión soberana, difícil e incomprensible para quienes nunca han calculado nuestra entereza. En medio de tantas limitaciones y carencias materiales, de una energía eléctrica que no alcanza para iluminarnos a todos de una vez, de tanta guerra e intoxicación por redes sociales, más de 5 millones de compatriotas decidieron compartir ese viernes lo más preciado que tiene el ser humano: ideas y sentimientos, por algo tan sagrado como la Patria.
Vimos niñas que hicieron su propio cartel y no durmieron en toda la madrugada; arrollamos con congas y canciones populares; custodiamos banderas gigantes, cual símbolo de resistencia; desfilamos o nos concentramos con colores que parecían más vivos que otras veces. Volvimos a reiterar que somos pueblo de paz, pero sin miedo ante amenazas de un gobierno, o mejor dicho, de un presidente enfermizo de protagonismo y locuras.
Ya lo había avizorado Fidel hace muchos años. «Lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es que estemos aquí, (…) es la dignidad, la entereza, el valor, la firmeza ideológica, el espíritu de sacrificio y el espíritu revolucionario del pueblo de Cuba… ¡y que hayamos hecho una Revolución socialista en las propias narices de Estados Unidos!”.
Por supuesto, la amenaza de este mayo del 2026 escala ya a niveles de prepotencia e irrespeto a los más elementales códigos internacionales. No solo nos bloquean financiera y económicamente, ahora también energéticamente. Hablan de guerra e intervención como piezas de un ajedrez que moverán a su antojo.
¡Cuidado, mucho cuidado!, aquí la decisión no es de jaque mate. Mayo amaneció. Y más de 6 millones firmamos por la paz, pero en la otra mano sigue listo el fusil.
