Desde la Tribuna Antimperialista, escenario de grandes momentos para la nación, se congregan cientos de amigos del mundo junto al pueblo cubano en este Día Internacional de los Trabajadores. A pocas horas de las siete, la claridad comienza a teñir la ciudad y, desde distintos barrios, se acercan los primeros habaneros para reafirmar que la patria se defiende, que la soberanía no se negocia. En esta gloriosa mañana de mayo, banderas de Cuba y de muchos países se alzan unidas, enalteciendo el orgullo de vivir en esta tierra. Pulóveres blancos, rojos y azules forman un mar de colores que ondea al compás de la patria. Es una mañana de alegría y de fiesta, porque aquí, como dijo Almeida, aquí no se rinde nadie.
Todavía la noche habanera no se había ido del todo, pero ya la Tribuna Antimperialista empezaba a desperezarse entre sombras. Las familias caminaban despacio por el malecón, los niños montados en los hombros de los padres, medio dormidos aún pero con la banderita ya agarrada en el puño. Los trabajadores, amigos todos se encontraban en las calles con un abraso fuerte y una botella de agua compartida; algunos venían de pasar la noche en sus centros como tradición compartida, y donde el dominó y la caldosa caliente habían hecho la espera más dulce.
El cielo era ese azul casi negro que empieza a desteñirse sobre las cabezas, como un pañuelo que pierde el tinte lavado por la brisa. Y entre la neblina suave y al ritmo de una conga lejana, La Habana amanecía convertida en una fiesta hecha de pasos, de sudor temprano y de esa alegría callada que solo entienden los que caminan juntos antes de que salga el sol.
Y cuando el sol pegaba en la espalda, la Tribuna se convertía en latido. Las consignas se mezclaban con las risas en un solo rumor profundo, y el mar, parecía aplaudir con sus olas contra el malecón. Los abrazos ya no eran de saludo, eran de hermanos que no se veían desde otros tiempos; las manos se buscaban, las cabezas se juntaban, y la bandera cubana ondeaba tan alta que parecía tocar las nubes de este Primero de Mayo.
Por un rato, no hubo precauciones ni distancias: solo esa certeza caliente de que, aunque la vida duela, juntos se puede más. Y cuando el mediodía empezó a devorar las sombras, la gente se fue despidiendo con la promesa de volver, las piernas temblorosas y el pecho inflado de esa alegría dura, la que no compra nadie, la que se gana caminando, sudando y compartiendo esos momentos.
(Noticia en construcción)