La exposición —organizada por Janette Brossard, presidenta de la Asociación de Artistas Visuales de la UNEAC, junto a la especialista Ana Beatriz Almeida— reunió a 19 figuras clave del arte cubano contemporáneo. El concepto era tan sencillo como ambicioso: partir de piezas musicales de jazzistas cubanos presentes en el festival y convertirlas en imágenes.
El título lo dice todo. “Blow” (soplar, tocar con energía) remite a la esencia del jazz: la explosión sonora, la improvisación, el aliento del músico. “Flow” (fluir) alude al trazo libre del artista visual, a esa corriente creativa que no conoce ataduras. El resultado fue un diálogo inédito entre compositores y pinceles, entre partituras y pigmentos.
Binomios creativos: del pentagrama al lienzo
La curaduría emparejó a creadores visuales con obras musicales específicas. Algunos de los binomios más sugerentes fueron:
· José Omar Torres, a partir de Sueños del pequeño Quin, de Joaquín Betancourt.
· Diana Balboa, inspirada en Chucho’s blues m, de Pablo Menéndez.
· Manuel López Oliva recreando Capitalia, de William Roblejo.
· Ibrahim Miranda, respondiendo a Fórmula uno, de Orlando Valle “Maracas”.
· Eduardo Roca “Choco”, partiendo de una improvisación desde la tradición de Compay Segundo.
· Julia Valdez, traduciendo Iyaoromi del grupo Síntesis.
· Lisette Solórzano, interpretando Despedida del mar de Arturo O’Farrill.
La lista completa incluye además a Frank Martínez, Zaida del Río, Andy Rivero, Carlos del Toro, Enrique Baster, Adrián Socorro, Alejandro Lescay, Ramiro Zardoyas, Ángel Ramírez, Harold López y Reinaldo Cid, entre otros. En el apartado musical, figuran nombres como Germán Velazco, Eduardo Sandoval, Jorge Luis Pacheco, Hernán López-Nussa, Harold López-Nussa, Bobby Carcassés, Janio Abreu, Roberto Fonseca, Nachito Herrera, César López y Alejandro Falcón.
El jazz se ve, la plástica suena
La inauguración en la sala Villena de la UNEAC tuvo un broche de oro: un concierto con tres de los músicos involucrados en el proyecto: William Roblejo, Rodrigo Sosa y Pablo Menéndez. De este modo, la exposición cerró el círculo: las artes plásticas que nacieron del jazz regresaron a la música en vivo.
“Desde la explosión sonora del jazz, donde la improvisación es esencial, hasta el fluir de la imagen con absoluta libertad de creación”, explicaron las curadoras, “presentamos esta muestra con el afán de propiciar diálogos estéticos multidisciplinarios y construir fructíferas alianzas de lo mejor de la cultura cubana”.
En los últimos años, las artes visuales han ganado terreno en el Jazz Plaza. No solo a través de los carteles que definen la identidad del festival —obra de relevantes artistas cubanos—, sino también con exposiciones que, como esta, ocupan espacios emblemáticos como el lobby de la Avellaneda.
En el Día Internacional del Jazz, la lección de “Entre Blow y Flow” es clara: el jazz no tiene fronteras entre los sentidos. Lo que nace como un acorde puede terminar como una mancha de color. Y lo que se pinta con libertad puede, al final, volver a sonar.