Lo vi que bajaba por 23, por la mismísima Rampa y saqué la grabadora de casetes que me habían dado una semana antes en la corresponsalía de radio de Centro Habana. No podía perder esa oportunidad. Era un lunes de octubre de 1988. La decisión era total. Todos los días uno no se encontraba con Eddy Martín y mucho menos hacerle una entrevista.

Por supuesto, mis conocimientos periodísticos eran nulos, solo me movía una vocación tremenda inculcada por Julián Iglesias, el periodista de Bohemia que vivía al lado de mi casa. Pensé cuatro preguntas y lo abordé con esa mezcla de joven atrevido amante a muerte del béisbol cubano. Me presenté muy rápido: Buenas tardes Eddy, ¿usted me pudiera responder tres preguntas para la corresponsalía radial de Centro Habana?.
Al escucharme lo primero que hizo fue sonreír. Supongo que un niño de 13 años pidiéndole eso al periodista, narrador y comentarista deportivo más importante de Cuba dejaba por dentro esa sensación de cariño y quizás hasta de dudas sobre el verdadero conocimiento deportivo que podía tener. Se detuvo frente a la entrada del Icrt por la calle 23, justo antes de subir las escaleras que conducían también a la derecha al restaurante El Mandarín.
Con esa amabilidad que conocí luego más a fondo como profesional, Eddy se acomodó el bolso y me devolvió en disparos certeros las tres preguntas que le hice, sin dejar de clavarme sus ojos expresivos y elocuentes en mi rostro, como para convencerme de cada una de sus palabras. Fue una lección increíble. Acceder a responder y responder con la mayor pasión.
La pregunta inicial fue una valoración del triunfo de Cuba en el campeonato mundial de Parma, Italia, que había terminado un mes antes y en el que Cuba brilló con los jonrones de Lourdes Gourriel un par de veces ante aquel equipo estadounidense que era una constelación de jugadores que luego triunfaron en Grandes Ligas. Eddy no solo me comentó de esas victorias, habló de cómo saltó en la cabina y hasta de cómo celebraron en el hotel junto a los peloteros una vez conquistada la Copa.
La segunda fue también otra enseñanza. Indagué por la salud del béisbol cubano para mantener esos resultados mundiales, sobre todo en las categorías infantiles y juveniles. Ahí se despachó de ideas y sugerencias de cuánto podía hacerse y hasta propuso que se podían transmitir las finales de los campeonatos en esas categorías por la TV. Cada vez que disfruto las Pequeñas Ligas por la tele recuerdo aquel vaticinio de Eddy. Pudiera pensarse en ponerle a esos torneos su nombre.
Y la tercera resultó la más común de todas las preguntas beisboleras, pero no podía irme sin saber el Todos Estrellas de todos los tiempos de un especialista como él. Volvió a sonreír y tras una primera evasión para no quedar mal con grandes peloteros, accedió a darme dos proposiciones, que hoy puedo recordar de memoria, aunque hay que tomar en cuenta que me lo dijo en 1988. Años más tarde hubiera incluido o cambiado algunos nombres con seguridad, pero estos fueron los que me dijo:
En la receptoría colocó a Lázaro Pérez y Pedro Medina; para el primer cojín se decidió por Antonio Muñoz y Agustín Marquetti; en segunda apostó por Félix Isassi y Alfonso Urquiola; en el campo corto me habló de Rodolfo Puente y Pedro Jova; en tercera puso a Pedro José Rodríguez «Cheíto» y se detuvo a decirme: «aquí le abro un hueco a ese fenómeno que es Omar Linares».
Para los jardines hizo un recorrido ilustre: Armando Capiró y Lourdes Gourriel en el izquierdo, Fermín Laffita y Víctor Mesa para el centro y Casanova y Wilfredo Sánchez en el derecho. Entre los lanzadores apretó el pensamiento y se decantó por Vinent y Rogelio García como derechos, en tanto Changa Mederos y Darcourt prefirió entre los zurdos.
Apagué mi grabadora y le agradecí por la exclusiva y su tiempo. Eso marcó un punto de giro en mi vida y en mi vocación. Años más tarde, en el 2003, le recordé aquella entrevista y cuánto había influido en mi. Eddy, con el mismo cariño y bondad de 1988, solo me dijo: «Pero ahora puedo contestarlas igual y comparas. Seguro te diría lo mismo, solo que con más experiencias y agregaría más nombres».
Valores como honestidad profesional, entrega sin límites al periodismo, ética y decencia en cada trabajo, respeto al aficionado, y la importancia de tener siempre una profunda preparación, me acompañan hasta hoy. Y eso se lo agradezco a Eddy Martín.
Un abrazo desde la eternidad.