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Crónica: La Habana, un suspiro detenido en el tiempo (Fotorreportaje)

Caminar por La Habana es como hojear un libro de historias vivas. Cada paso despierta un nuevo cuadro, una razón para alzar la cámara y robarle al tiempo un instante irrepetible. La ciudad respira lentamente, y yo, con mi lente, intento atrapar ese aliento.

Foto: Joaquín Hernández Mena

 

Foto: Joaquín Hernández Mena

 

Foto: Joaquín Hernández Mena

El primer relato lo escribió un coche tirado por caballo, su madera gastada brillando bajo el sol caribeño. El cochero, con su gorra desgastada, guiaba el ritmo con paciencia de siglos, mientras las ruedas crujían sobre el adoquín como un eco del pasado. A su lado, autos antiguos —esos cromados sueños de los años 50— circulaban con elegancia desafiante, como si el tiempo no hubiera pasado para ellos. Y entre ellos, silenciosos pero insistentes, los triciclos eléctricos avanzaban con un zumbido moderno, como abejas mecánicas cargando pasajeros entre el ayer y el hoy.

En una callejuela, una mujer tendía ropas en un balcón. Las sábanas blancas ondean como banderas de lo cotidiano, y sus manos, ágiles y seguras, daban vida a un ritual que ha sobrevivido a todas las modas. Más abajo, un hombre empujaba su bicicleta, la cadena oxidada sonando con cada paso, mientras la sombra de los balcones coloniales lo envolvía en franjas de luz y oscuridad.

Foto: Joaquín Hernández Mena

 

Foto: Joaquín Hernández Mena

 

Foto: Joaquín Hernández Mena

 

Foto: Joaquín Hernández Mena

Y allí, en lo alto, una bandera cubana se extendía en otro balcón, desafiando el viento. No era solo un símbolo, sino un testigo silencioso de risas, discusiones y canciones que han llenado esas calles por generaciones.

La Habana no se apresura. Se deja mirar, se deja fotografiar, pero nunca se deja atrapar del todo. Cada imagen es un suspiro, un «aquí estuve» grabado en luz y color. Yo, con mi cámara, solo era otro caminante intentando guardar un pedazo de su alma.

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