Un latido tras la puerta

Un latido tras la puerta

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Ilustración: Martirena

 

El hombre se detuvo ante el umbral. Su rostro estaba pálido de un susto repleto de ternura. Una sonrisa nerviosa, casi infantil, se le abrió bajo el negro bigote. La compañera le regaló una mirada compasiva y un guiño pícaro:

— Esperá aquí vos. Yo despierto a la Gaby.

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Cuando me fui a la montaña, la niña tenía dos años, y han pasado nueve desde entonces, hermano. Ella quedó en la ciudad con su mamá. Yo estaba en la Sierra de los Cuchumatanes, al norte de Guatemala, en el frente Ho Chi Minh. Desde allá logré mandarle, meses más tarde, un casette donde le decía que la extrañaba mucho, que la quería mucho, que no estaba junto a ella porque andaba trabajando para que todos los niños fuera felices, pero que pronto trataría de verla. La madre me contaba en sus cartas que la patoja le decía: “Mirá, mi papi está aquí adentro”, y señalaba la grabadora. Luego, como a los dos años, pude bajar a la ciudad y me aparecí en la casa sin aviso. La güirita no me conocía, ¿te imaginás? Y la madre la llamaba: “Mirá, tu papi salió de la grabadora y está aquí, ¿no le das un beso?” Y la patoja no hacía otra cosa que mirarme, como si estuviera buscando mi rostro en el archivo de sus sueños, hasta que echó a correr y se me abrazó como para que no me le fuera de su pecho, y ahí… pues nos pusimos a llorar los dos.

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La mujer cerró despacio la puerta tras de sí, tratando de no hacer ruido. Las niñas dormían plácidamente. Por entre las persianas de aquel apartamento de un reparto habanero, los primeros rayos del sol se filtraban con discreción, como si también quisieran proteger el sueño a las muchachas.

Un hilo de luz bañaba quedamente el rostro de una patoja de cabellos castaños, revueltos sobre la almohada.

La mujer se sentó suavemente junto a ella, al borde de la litera.

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A la madre la mataron. La ametralló el enemigo cuando cumplía una tarea, tiempo después de que yo me regresara a la montaña. Fue un golpe terrible, te imaginás. Al dolor por la pérdida de mi compañera se me sumó la angustia por la niña. Aunque estaba al cuidado de mi hermano, yo sabía que su vida peligraba. El enemigo se ensaña en los hijos de los guerrilleros. Si la detectaban, era seguro que la secuestraran, la desaparecieran, la asesinaran. Al fin, los compañeros de la capital se las arreglaron para sacarla del país, clandestinamente. Después, la enviaron a Cuba. Así he pasado estos siete años, hermano, con la tranquilidad de saberla segura, preparándose para servir a la patria nueva que le vamos haciendo, pero también con esta ansiedad por abrazarnos que me estalla en el pecho y que estalla en el suyo, como noto en sus cartas. Y yo, por mis tareas, sin poder bajar de la montaña.

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— Gaby —susurró la mujer.

La niña sintió una dulce y conocida voz lejana, sonrió en sueños y se volteó en el lecho.

— Gaby —repitió divertida la compañera.

La patoja abrió trabajosamente los ojos y reconoció la figura junto a ella. Se incorporó en la cama, borró con los nudillos la neblina que le empañaba la vista, y besó a la mujer en la mejilla.

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Una noche estaba de guardia, y vino un compañero. Traía al campamento noticias del llano, y nuevas orientaciones. Al pasar por mi lado me dio una foto donde se miraba a una niña grandecita. La estuve viendo, pero no le di mucha importancia. Al poco rato volvió el compañero, comprendió mi ingenua indiferencia y me dijo, casi alarmado: “¡Pero mirá, hermano, si es tu hija!” Y yo no lo podía creer: “¿Mi güira decís? ¡Pero no es posible! ¿En serio que es mi patoja? ¿Así de grande?” Yo no la reconocía, ¿te imaginás? Yo había dejado una güirita y esto era casi una muchacha. Esa noche lloré abrazado a mi fusil y a aquella foto.

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— Buenos días —dijo la niña. Ya despejada.

— Buenos días.

Gaby miró a la mujer, a la espera de algo más que un saludo mañanero. Ella le acarició los cabellos.

— Mañana cumplís once años. ¿Te acordabas vos?

— Sí —respondió la patoja, y dejó escapar un suspiro de añoranza.

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Un prisionero que le hicimos al enemigo, nos dijo en tono de burla: “¿Pero ustedes todavía piensan que van a ganar?” Y yo le dije: “El río siempre lleva al mar. Por larga y difícil que sea la lucha, el triunfo será nuestro, será del pueblo. Es posible que no lo veamos nosotros. Eso no importa. En ese caso, habremos servido de semilla a los que sigan nuestro camino. De todos modos, habrá árboles, y habrá frutos”… ¿Cómo decís? ¿Antes de irme a la montaña? Era médico. No, soy no, era médico. No quise serlo más y me hice guerrillero. No te podés imaginar qué inútil te sentís cuando le salvás la vida a un niño que te han traído casi muerto por el hambre, y a los pocos días te lo vuelven a traer en las mismas condiciones. Entonces comprendés que primero hay que salvarle la vida a Guatemala.

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— ¿Cuál sería para ti el mejor regalo de cumpleaños? —le preguntó la mujer con mal disimulada picardía.

El semblante de Gaby se alumbró de repente.

— ¡Que viniera mi papá!

— ¡Pues mirá, que precisamente ese es el regalo que tenés allá afuera!

Y despertaron todos en la casa al revuelo de la niña, a tiempo para verla correr, hecha un solo latido, hasta unirse al latido que le abría los brazos frente a la puerta abierta.

 

 

* De su libro de crónicas El tiempo es bueno para los nacimientos, publicado en 1996 por la Editorial Estudiantil Fénix, de la Universidad de San Carlos de Guatemala, en coedición con la Editora Abril, de Cuba. Años antes, este texto, Un latido tras la puerta, había recibido el Premio Abril de la casa editorial homónima.

 

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