Literalmente quedé obnubilado por la frase, sin saber qué pensar, qué decir, ni qué hacer, quedé como paralizado por aquellas tres palabras que adornaban una muy concurrida intersección de la capital habanera, allí donde confluyen en Diez de Octubre otros municipios capitalinos: Hablamos de Cerro, Habana Vieja y Centro Habana. Estamos en Agua Dulce. ¿Quién no la conoce?

“Se busca sexo”, tal era el título de lo escrito y adosado a un poste por cuyo frente cientos, quizás miles de personas, niños, jóvenes, adultos, transitan a diario. Quien escribió el mensaje —la que más abajo se cataloga como fémina— explica que tiene “un grupo de WhatsApp para personas con mente libre”.
Aporta un número de teléfono móvil. Nada tiene de ocurrente, aunque sí, y mucho, de desvalorización, falta de ética, y desventura mental y humana. Tanta que quizás por lo que se da en llamar vergüenza ajena, no expongo ahora la numeración.
Hay más. La que clama por sexo da a conocer algo que cataloga de importante: “no es por prostitución, sino por puro placer. Tengo 31 años, vivo en el Vedado. Contacten sin pena, dale morbo a tu mente”. Y para finalizar: “Solo para mayores de edad”.
Ahora, al escribir sobre el tema, pienso incluso en la posibilidad de que en un mundo en que cualquier cosa es posible a través de las redes sociales —incluso la eliminación de la lógica frontera entre el espacio público y el privado alguien haya tratado de hacerle daño a la propietaria del móvil, usurpado su número telefónico y lanzado al éter el mensaje que apareció en el cartel.
Sé que una crisis económica —y Cuba la vive— no solo impacta en las finanzas, precios, inflación y otros parámetros vinculados con la salud del bolsillo, sino que también se expresa en la espiritualidad y en el modo de enfrentar la vida. ¿Será este una forma digna de enfrentar los avatares de la vida? Pienso que no.
La prostitución y la venta del cuerpo de la mujer, se dice, constituye una actividad perpetua a lo largo del tiempo, la más antigua, aseguran muchos. Y aunque no sería osado vincular el asunto, lo cierto es que la citada exposición pública de la intimidad sexual es totalmente cuestionable.
¿Será efectivamente puro placer? ¿Hacia dónde derivaría la especie humana si cada cual llevara al escenario público sus apetencias y desafueros sexuales? Todo ello lo pienso al recordar la enorme cantidad de sitios evidentemente pornográficos, pero dotados de oficialidad, donde se magnifican prácticas sexuales inconcebibles para las grandes mayorías y diametralmente opuestas a las normas morales existentes. ¡Y ni remotamente soy un mojigato!
Qué sería de la especie humana si cualquier desenfreno o instinto perverso e inmoral tuviera tal escenificación en el espacio público. La intimidad personal no es para todos, sino algo muy discrecional de cada quien. Sin dudas, el fenómeno peligrosamente nos acercaría más de lo debido al reino animal.
No es que condenemos por sí la expresión sexual, ni al que tenga más o menos apetencia, o asuma la asexualidad como fórmula personal, pues hay muy diversas formas de expresar naturalmente el sexo, todas propias del ser humano. El problema lo percibo cuando una expresión íntima se convierte en mercancía, algo que subyace, aunque en el cartel de marras no se habla de dinero.
Cada quien vive su sexualidad como lo requiera su naturaleza humana. Pero el caso que nos ocupa es una expresión personal que no tiene ninguna razón para convertirse en pública, un escenario donde las reglas son otras.
El asunto parecería un streeptease social de las intimidades de las personas, aunque constituya un tema complejo en que no podrá faltar el razonamiento de las instituciones vinculadas y la opinión de la sociedad toda. Así y todo, el cartelito en Agua Dulce deja mucho que desear, y mucha desvalorización moral y humana.

